Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 9
Capítulo 9: La verdadera prometida
Valeria Ríos llegó a Casa Lirio vestida de blanco.
No de novia.
De víctima.
Milena la vio bajar del auto en el patio frontal, con Patricia detrás y dos hombres Ríos cargando maletas. Valeria llevaba una mano sobre el vientre plano. El gesto era pequeño. Calculado. Hecho para que todos lo vieran.
Los guerreros de Luna de Hierro formaron media luna frente a la entrada.
Dante estaba en lo alto de las escaleras.
Milena a su derecha.
Lorena a su izquierda.
Eso ya era una guerra.
Patricia levantó la cara apenas vio a Milena.
—Ahí está la ladrona.
Milena no bajó las escaleras.
—Llegó temprano para alguien que me mandó a morir en su lugar.
Valeria soltó una risita débil.
Era hermosa de una forma útil. Cabello cuidado, piel sin marcas, ojos húmedos a voluntad. Olía a flores dulces, almizcle caro y una nota caliente debajo.
Algo caliente.
Algo de cachorro.
Milena apretó los dedos.
El olor estaba allí.
Pero no nacía de Valeria.
Se le pegaba encima.
—Alpha Dante —dijo Valeria, inclinando la cabeza con elegancia—. Perdón por llegar así. Mi madre cometió un error por miedo. Yo vengo a corregirlo.
Dante no respondió.
Valeria levantó los ojos hacia él.
—Yo soy su prometida.
Lorena observaba a Milena, no a Valeria.
El Consejo había salido detrás de ellos. Isadora quedó en la puerta, bastón en mano, oliendo el aire.
Patricia se adelantó.
—Mi hija fue prometida a Luna de Hierro. Esta mujer tomó su nombre, su lugar y su cama.
Milena bajó un escalón.
—Cuidado con la última palabra.
Patricia mostró los dientes.
—¿Te duele escucharlo?
—Me aburren las mentiras repetidas.
Valeria tocó el brazo de su madre.
—Mamá, no.
La voz le salió dulce.
Demasiado ensayada.
Milena olió miedo bajo el perfume de Patricia. Valeria no. Valeria olía a satisfacción.
Dante bajó un escalón.
Todo el patio bajó la cabeza.
Valeria no pudo evitar sonreír.
—Alpha, sé que mi ausencia lo ofendió. Vine a someterme al juicio de su manada.
—¿Dónde estabas hace tres noches? —preguntó Dante.
—Enferma.
—Mentira —dijo Milena.
Valeria la miró con pena falsa.
—Entiendo que tengas miedo, Milena. Mi madre debió protegerte de otra manera.
Milena soltó una risa.
—¿Protegerme?
—Eres familia.
—Soy la mujer que tiraron a la cama de un Alpha moribundo.
El patio se movió con murmullos.
Patricia endureció la boca.
—Te pagamos la cura de la vieja.
El gruñido salió de Dante antes de que Milena hablara.
Patricia palideció.
Valeria dio un paso atrás.
Milena sintió el juramento calentarse en la muñeca.
Dante no apartó los ojos de Patricia.
—Abuela Clara Cruz está bajo mi protección.
Patricia abrió la boca.
La cerró.
Valeria miró a Dante, luego a Milena. Algo duro pasó por sus ojos antes de volver a cubrirse con lágrimas.
—Siempre fuiste buena para dar lástima —dijo—. En la casa Ríos te escondías detrás de esa cara y de la enfermedad de tu abuela. Ahora haces lo mismo con el Alpha.
Milena bajó otro escalón.
—No me escondí. Ustedes me encerraban cuando llegaban visitas.
Algunos guerreros se miraron.
Patricia se puso roja.
—Porque eras inestable.
—Porque tenía cicatrices de plata y arruinaba tus comidas.
Valeria tensó la mano sobre el vientre.
—No cambies el tema.
—Tú lo cambiaste cuando fingiste ser madre.
Valeria cambió de estrategia.
Puso ambas manos en el vientre.
—No vine a pelear. Vine porque no puedo ocultarlo más.
El patio se quedó quieto.
Isadora entrecerró los ojos.
Valeria respiró hondo.
—Llevo un cachorro.
El silencio golpeó más fuerte que un grito.
Milena sintió que el suelo le desaparecía.
No por celos.
Eso quiso decirse.
No por celos.
Pero el pecho le ardió. La muñeca también. El olor de Dante cambió de golpe, duro, frío.
Lorena habló primero.
—¿De quién?
Valeria la miró ofendida.
—Del Alpha.
Algunos guerreros levantaron la cabeza.
Dante no.
Su voz salió baja.
—No.
Valeria parpadeó.
—Alpha...
—No.
La segunda vez fue peor.
Patricia avanzó.
—Dante Navarro, mi hija no merece esa humillación.
—Tu hija no huele a mí.
Milena respiró.
El patio también.
Valeria se puso blanca.
—El vínculo puede tardar en fijarse. Usted estaba enfermo. Estaba...
Dante bajó otro escalón.
—No toque mi enfermedad para cubrir su mentira.
El olor a cachorro subió desde Valeria.
Milena lo siguió con la nariz.
Venía de su cuello.
No de su sangre.
—Trae algo puesto —dijo Milena.
Valeria giró hacia ella.
—¿Perdón?
Milena bajó los últimos escalones. Los guerreros se tensaron, pero Dante no la detuvo.
—El olor no nace de tu vientre. Nace de aquí.
Señaló la garganta de Valeria.
Valeria se cubrió el cuello.
—No te acerques.
Milena sonrió sin ganas.
—Ahora tienes miedo de que una campesina te huela.
Patricia se interpuso.
—No permitiremos que esa mujer toque a mi hija.
Isadora golpeó el bastón.
—Nadie tocará a nadie sin orden de Consejo.
Lorena aprovechó.
—La acusación es grave. Si Valeria trae un cachorro Alpha, Milena Cruz no tiene lugar aquí.
Milena miró a Dante.
No quería hacerlo.
Lo hizo.
Dante ya la estaba mirando.
—Milena no se mueve —dijo él.
Valeria dejó caer una lágrima.
Perfecta.
—¿La eliges a ella antes de escucharme?
—Elijo mi nariz.
El patio explotó en murmullos.
Milena casi se rió.
No sonó romántico. Sonó mejor.
Dante bajó hasta quedar frente a Valeria. No la tocó. Solo inclinó la cabeza y respiró una vez cerca de su cuello.
Valeria tembló.
Dante se apartó con asco.
—Aceite de hembra preñada, sangre seca y perfume caro.
Patricia perdió color.
Valeria apretó las manos.
—No puede probarlo.
Lorena sonrió.
—Entonces se prueba.
Milena oyó el placer en esa frase.
Lorena quería prueba pública porque controlaba una parte del proceso. Milena no necesitaba saber cuál; le bastó el olor de su calma.
Milena miró a Dante.
—No en una sala preparada por los Ríos.
Valeria soltó una risa.
—Ahora tienes miedo de los sanadores.
—Tengo miedo de gente con motivos y frascos.
Isadora miró a Milena con una atención nueva.
—La objeción queda registrada.
Milena la miró.
Lorena no estaba defendiendo a Valeria. Estaba preparando una trampa.
Isadora habló:
—Mañana, Sanatorio Luna Clara. Diagnóstico de sanador y registro de sangre. Si hay cachorro Alpha, la manada lo sabrá.
Valeria levantó la barbilla.
—Acepto.
Demasiado rápido.
Milena olió la trampa antes de entenderla.
Dante también.
Patricia tomó la mano de su hija.
—Y si se demuestra, quiero a esta mujer fuera de la casa.
Dante dio un paso hacia Patricia.
—Si se demuestra que mintieron, no habrá frontera capaz de sacarlas de mi castigo.
Valeria sostuvo la mirada.
—Nos vemos mañana, Milena.
Milena no respondió.
Miró el cuello de Valeria.
Bajo el perfume y el olor falso de cachorro había otra nota.
Polvo seco.
Papel viejo.
Y una marca débil que no pertenecía a los Ríos.
La misma que había sentido en el informe sellado del Consejo.
Duarte.