Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Minutos antes del toque de queda
—¿Qué hora es?
Alma levantó la vista del cuaderno.
La biblioteca estaba prácticamente vacía.
La lluvia golpeaba los ventanales con fuerza y el silencio solo era interrumpido por el pasar de las páginas.
Miró el reloj de pared.
Las 22:17.
Se quedó congelada.
—No…
El toque de queda era a las diez y media.
Le quedaban apenas trece minutos para llegar a la residencia.
Comenzó a guardar los apuntes a toda velocidad.
Cuadernos.
Lápices.
Carpeta.
Cuando estaba por cerrar la mochila, vio un grueso libro de Historia apoyado sobre la mesa.
Lo había tomado prestado esa tarde.
Debía devolverlo antes de que cerrara la biblioteca.
—Cinco minutos… solo serán cinco minutos.
Tomó el libro y salió casi corriendo entre las estanterías.
La señora Evans ya estaba apagando algunas luces.
—¿Señorita Rivera?
—¡Perdón! Me olvidé de devolver esto.
La bibliotecaria sonrió con paciencia.
—Menos mal que lo recordó. Mañana habría tenido una multa.
Alma dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias.
Firmó rápidamente la devolución y salió disparada hacia el pasillo.
Las enormes puertas de la biblioteca se cerraron detrás de ella con un golpe seco.
22:24.
—Voy bien…
Echó a correr.
Los pasillos de Blackwood, que durante el día estaban llenos de estudiantes, ahora parecían interminables.
Las luces eran más tenues.
Las sombras se alargaban sobre el suelo de mármol.
El sonido de sus pasos rebotaba contra las paredes.
Dobló una esquina.
Después otra.
Hasta que se detuvo de golpe.
—Espera…
Frunció el ceño.
Ese pasillo no le resultaba familiar.
Miró a ambos lados.
Las paredes estaban cubiertas por antiguos retratos.
No recordaba haber pasado nunca por allí.
—Genial…
Había tomado un camino equivocado.
Intentó regresar sobre sus pasos.
Pero al llegar a la esquina descubrió otro corredor completamente distinto.
—No puede ser.
El corazón comenzó a acelerársele.
La academia era mucho más grande de lo que había imaginado.
Y con las prisas, se había perdido.
En ese momento…
Las luces parpadearon.
Una.
Dos veces.
Después volvieron a la normalidad.
Alma tragó saliva.
—No empieces a imaginar cosas…
Continuó caminando más despacio.
Fue entonces cuando escuchó un ruido.
Tac…
Como el golpe de unos zapatos sobre el suelo.
Se quedó inmóvil.
El sonido volvió a repetirse.
Tac… Tac…
Alguien estaba caminando.
Pero el pasillo estaba vacío.
—¿Hola?
Nadie respondió.
El ruido cesó de repente.
Alma respiró hondo.
Quizá era un profesor.
O un guardia.
Se obligó a seguir avanzando.
Entonces distinguió una puerta entreabierta al final del corredor.
Una luz tenue escapaba por la rendija.
Y una voz.
Muy baja.
No lograba entender las palabras.
Solo sabía que alguien hablaba del otro lado.
Sin pensar demasiado, dio un paso hacia la puerta.
Y luego otro.
Cuando estuvo a menos de un metro, la voz se volvió más clara.
—…no podemos permitir que vuelva a ocurrir…
Otra voz respondió.
—La nueva estudiante ya ha hecho demasiadas preguntas.
Alma sintió un escalofrío.
¿Hablaban de ella?
Contuvo la respiración y se acercó un poco más.
De pronto, una mano sujetó suavemente su muñeca.
Alma estuvo a punto de gritar.
Pero otra mano cubrió rápidamente su boca.
—Shh…
Aquella voz le resultó familiar.
Muy familiar.
Adrián.
Él negó con la cabeza, pidiéndole silencio.
Sus ojos grises estaban completamente serios.
Con un leve movimiento señaló la puerta.
Después, sin soltarle la muñeca, comenzó a alejarla del lugar con cuidado.
Alma quería protestar.
Quería saber qué estaba ocurriendo.
Pero la expresión de Adrián decía una sola cosa.
Si hacían el más mínimo ruido… los descubrirían.