Durante siglos, los clanes de los vampiros y de los hombres lobo han vivido consumidos por el odio.
Todos creen que el antiguo rey de los vampiros @s3s1nø a la esposa del Alfa durante una Noche de Luna Roja. Como venganza, el Alfa m@tø a la reina vampira un día después del nacimiento de su hija, Aylin.
Lo que nadie sabe es que aquella mu3rt3 fue una mentira.
La esposa del Alfa fingió su fallecimiento para escapar con el lobo del que realmente estaba enamorada, dejando atrás a un cachorro recién nacido
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EL ELEJIDO DE LA LUNA
La noche había caído una vez más sobre las montañas del Clan de los Hombres Lobo.
Una inmensa luna llena dominaba el cielo.
Su luz plateada bañaba los bosques, los ríos y la fortaleza del Alfa con un brillo casi mágico.
Desde hacía semanas, el ambiente en la manada era sombrío.
La alegría había desaparecido.
Los nacimientos seguían trayendo únicamente pequeños machos destinados a convertirse en Alfas.
Ni una sola omega.
Ni una sola futura Luna.
Los ancianos ya no hablaban de una simple coincidencia.
Todos estaban convencidos de que una maldición había caído sobre el clan después de la pérdida de Selene.
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En el gran patio de piedra, todos los miembros de la manada se encontraban reunidos.
Era la Ceremonia de la Luna Llena.
Una tradición que existía desde el nacimiento del primer Alfa.
En el centro del patio ardía una enorme hoguera.
Los ancianos entonaban un antiguo canto mientras los guerreros inclinaban la cabeza.
Las madres sostenían a sus cachorros entre los brazos.
El silencio era absoluto.
Kael llegó unos instantes después.
Vestía la capa ceremonial del Alfa.
En sus brazos llevaba al pequeño Lev.
El niño ya tenía poco más de un mes de vida en forma humana.
Sus ojos dorados observaban todo con curiosidad.
Aunque todavía era muy pequeño, parecía fascinado por la inmensa luna que brillaba sobre ellos.
La anciana sacerdotisa sonrió con dulzura.
—El heredero siente el llamado de la Diosa Luna.
Kael besó la frente de su hijo.
—Ojalá ella también pueda escuchar nuestras súplicas.
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La ceremonia comenzó.
Todos levantaron la vista hacia el cielo.
La sacerdotisa dio un paso al frente.
—Gran Diosa Luna...
Madre de nuestra manada...
Escucha a tus hijos.
Protege a nuestros cachorros.
Guía a nuestro Alfa.
Y no permitas que nuestro linaje desaparezca.
Las voces del clan repitieron la oración.
El viento comenzó a soplar.
Las llamas de la hoguera se movieron lentamente.
Entonces...
Algo cambió.
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La luna comenzó a brillar con una intensidad nunca antes vista.
Su luz descendió lentamente sobre la fortaleza.
Los guerreros levantaron la cabeza sorprendidos.
—¿Qué ocurre?
—Jamás había visto algo así...
La luz siguió descendiendo.
No iluminó toda la plaza.
No cayó sobre el Alfa.
Ni sobre la sacerdotisa.
Se dirigió directamente hacia el pequeño Lev.
Kael sintió cómo su hijo comenzaba a emitir un suave resplandor plateado.
—¿Lev...?
El niño abrió lentamente los ojos.
No lloraba.
No tenía miedo.
Simplemente observaba la luna.
Como si pudiera verla de una manera distinta al resto.
La luz envolvió por completo su pequeño cuerpo.
Toda la manada cayó de rodillas.
—¡La Diosa Luna!
—¡Es una señal!
—¡Nos está hablando!
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La sacerdotisa temblaba.
Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.
—Después de tanto tiempo...
Ha vuelto a manifestarse...
Kael permanecía inmóvil.
Nunca había presenciado algo semejante.
Lev levantó una pequeña mano hacia el cielo.
Y, en ese mismo instante...
Una voz antigua resonó en toda la fortaleza.
No era un grito.
No era un susurro.
Era una voz serena, poderosa y llena de autoridad.
Todos pudieron escucharla.
—Hijos de la Luna...
Los presentes inclinaron aún más la cabeza.
Nadie se atrevía a hablar.
La voz continuó.
—Vuestro dolor ha llegado hasta mí.
Algunas madres comenzaron a llorar.
Los ancianos cerraron los ojos con respeto.
Kael abrazó con fuerza a Lev.
La voz siguió resonando.
—El equilibrio ha sido roto.
Un profundo silencio invadió el patio.
Todos comprendieron aquellas palabras.
La maldición era real.
No era un simple rumor.
La Diosa Luna acababa de confirmarlo.
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La luz alrededor de Lev se hizo todavía más intensa.
El pequeño seguía completamente tranquilo.
Incluso sonreía.
Como si aquella presencia le transmitiera paz.
La voz volvió a hablar.
—El linaje de las Lunas no ha desaparecido para siempre.
Los presentes levantaron lentamente la cabeza.
Una chispa de esperanza apareció en sus rostros.
La anciana sacerdotisa juntó las manos.
—Gracias...
Gracias...
Entonces llegó la frase que nadie esperaba.
—Solo uno podrá devolver el equilibrio perdido.
La luz descendió completamente sobre el pequeño Lev.
Todos dirigieron la mirada hacia él.
Kael sintió que el corazón se detenía.
La voz declaró con firmeza.
—El heredero...
...será quien salve a su pueblo.
Un murmullo recorrió toda la plaza.
—¿Lev...?
—¿El pequeño Alfa?
—¿Cómo puede un cachorro salvarnos?
La voz permaneció unos segundos en silencio.
Después añadió.
—El camino aún no ha comenzado.
La sacerdotisa respiró con dificultad.
—¡Gran Diosa!
¡Dinos cómo!
¡Guíanos!
La luz de la luna pareció estremecerse.
Pero la respuesta fue distinta a la que todos esperaban.
—El destino debe ser descubierto...
...no revelado.
Los ancianos intercambiaron miradas preocupadas.
Kael dio un paso al frente.
—¡Si mi hijo puede salvar al clan, dígame qué debo hacer!
No obtuvo respuesta.
La voz parecía desvanecerse poco a poco.
Antes de desaparecer por completo, pronunció sus últimas palabras.
—Proteged al heredero.
Su vida decidirá el futuro de la manada.
Y el silencio volvió.
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La luz que envolvía a Lev desapareció lentamente.
El pequeño bostezó.
Como si nada hubiera ocurrido.
Apoyó su cabecita sobre el hombro de Kael.
Y cerró los ojos.
Se había quedado dormido.
El Alfa permanecía inmóvil.
No sabía qué pensar.
Todos los miembros del clan seguían arrodillados.
Nadie hablaba.
Nadie se movía.
La anciana sacerdotisa fue la primera en romper el silencio.
Sus ojos brillaban por las lágrimas.
—La Diosa Luna jamás se manifiesta sin un motivo.
Uno de los consejeros preguntó con voz temblorosa.
—¿Entonces... el heredero realmente puede romper la maldición?
La sacerdotisa asintió lentamente.
—Eso fue lo que escuchamos.
Pero no explicó cómo.
Otro anciano suspiró.
—Eso significa que tendremos que esperar.
—O descubrir el camino por nosotros mismos.
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Kael observó al pequeño Lev.
El niño dormía profundamente.
Inocente.
Ajeno al peso que acababa de caer sobre sus pequeños hombros.
El Alfa acarició su cabello negro.
—¿Cómo vas a salvarnos...?
Eres solo un cachorro.
La sacerdotisa se acercó.
—Tal vez hoy no lo entendamos.
Pero la Diosa Luna nunca se equivoca.
Si eligió al heredero...
Es porque ya conoce el destino que le espera.
Kael volvió a mirar el cielo.
La luna había recuperado su brillo habitual.
La manifestación había terminado.
Pero sus palabras permanecerían grabadas para siempre en la memoria del clan.
Esa noche...
Por primera vez desde la pérdida de Selene...
La desesperación dio paso a una pequeña esperanza.
Una esperanza depositada en un niño que apenas comenzaba a descubrir el mundo.
Y sin saberlo...
Muy lejos de allí...
En el Reino Nocturno...
La pequeña Aylin dormía plácidamente en su cuna.
Ajena a que el destino ya había comenzado a entrelazar su vida con la del cachorro elegido por la Diosa Luna.
Aunque todavía faltaban muchos años para que ambos se conocieran, el camino que algún día rompería la maldición acababa de empezar bajo la luz de la luna.