EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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EL SECRETO DEL HOMBRE QUE ME SALVÓ
Adrián seguía mirando el teléfono.
La fotografía permanecía en la pantalla.
La ventana.
La habitación.
Ellos dos.
Alguien los había observado durante toda la noche.
Valeria se incorporó lentamente.
—Adrián...
Él no respondió.
—¿Qué significa ese mensaje?
Adrián bloqueó el teléfono.
—Nada.
Valeria frunció el ceño.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Entonces mírame.
Adrián levantó los ojos.
Valeria supo inmediatamente que algo estaba ocultando.
—¿Qué sabes?
—Todavía no lo sé.
—Pero tienes una idea.
Él respiró profundamente.
—Hay cosas sobre aquella noche que nunca te conté.
Valeria sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué cosas?
Adrián se levantó.
—Cuando tenía veintidós años, mi padre me pidió que fuera a la casa de Julián.
—La noche del accidente.
—Sí.
—¿Para salvarme?
—Para sacarte de allí.
Valeria bajó la mirada.
—Eso ya lo recuerdo.
Adrián se acercó a la ventana.
—Pero hay algo que nunca entendí.
—¿Qué?
—Cuando llegué, mi padre ya no estaba.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Alejandro?
—Sí.
—Pero yo lo recuerdo.
—Yo también.
Adrián se volvió hacia ella.
—Lo vi entrar contigo en la casa.
Valeria frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué dices que no estaba?
—Porque cuando llegué a la habitación siete, tú estabas sola.
Valeria sintió un escalofrío.
—Eso no puede ser.
—También había sangre.
Ella palideció.
—¿De quién?
Adrián negó.
—Nunca lo supe.
Gabriel, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto a la puerta, intervino.
—Yo sí.
Ambos se volvieron.
Adrián lo miró con desconfianza.
—Habla.
Gabriel sacó una fotografía de su bolsillo.
—La sangre era de Alejandro.
Valeria sintió que el aire se detenía.
Adrián tomó la fotografía.
Era una imagen tomada aquella misma noche.
Alejandro aparecía herido, apoyado contra un automóvil.
Pero estaba vivo.
—Entonces mi padre sobrevivió.
Gabriel asintió.
—Durante unas horas.
Adrián levantó la mirada.
—¿Dónde murió?
—No murió esa noche.
El silencio fue absoluto.
Valeria se acercó.
—Entonces...
Gabriel la miró.
—Alejandro desapareció después del accidente.
Adrián cerró los ojos.
Toda su vida había creído que su padre había muerto aquella noche.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
Gabriel respondió:
—Porque Alejandro dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
Gabriel miró a Valeria.
—Que nadie debía contarle a Adrián que seguía vivo.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Gabriel no respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:
—Porque alguien estaba intentando encontrarlo.
Adrián apretó la fotografía.
—¿Quién?
Gabriel lo miró directamente.
—El mismo hombre que ahora está buscando a Valeria.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Esteban?
Gabriel negó.
—Esteban trabaja para él.
Valeria sintió que el miedo regresaba.
—Entonces, ¿quién?
Gabriel sacó otra fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Un hombre aparecía de espaldas frente a la casa de Alejandro.
Valeria observó la imagen.
—No se le ve la cara.
—No hace falta.
Gabriel señaló la mano del hombre.
Llevaba un anillo.
Un anillo negro con un símbolo grabado.
Valeria tocó su colgante.
El mismo símbolo.
—Ese símbolo...
Adrián lo miró.
—Es el de mi padre.
Gabriel negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
—Es el símbolo de la organización que buscaba el libro.
Valeria sintió que el mundo comenzaba a girar.
—¿Mi padre pertenecía a esa organización?
—No.
—¿Alejandro?
—Tampoco.
Gabriel guardó silencio.
—Entonces, ¿por qué tenían el símbolo?
—Porque intentaron destruirla desde dentro.
Adrián dio un paso hacia él.
—¿Quiénes eran?
Gabriel lo miró fijamente.
—Personas con poder suficiente para controlar policías, empresas, jueces y funcionarios.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Y el libro contiene sus nombres?
—Sí.
Adrián miró la llave.
—Por eso lo quieren.
—No solamente por eso.
Gabriel señaló a Valeria.
—Porque ella recuerda algo que el libro no puede contar.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué recuerdo?
Gabriel la observó.
—Quién dio la orden aquella noche.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿La orden de qué?
Gabriel bajó la voz.
—De matar a Julián.
Valeria cerró los ojos.
La memoria volvió.
Una habitación.
Su padre discutiendo.
Alejandro herido.
Gabriel junto a la puerta.
Y una voz.
Una voz que ella conocía.
Pero que todavía no podía identificar.
—No...
Adrián la sostuvo.
—¿Qué pasa?
Valeria abrió los ojos.
—Lo recuerdo.
Gabriel se acercó.
—¿Qué?
Ella respiró con dificultad.
—La persona que dio la orden...
Adrián la miró.
—¿Quién fue?
Valeria levantó lentamente la mirada.
Y antes de pronunciar el nombre, alguien golpeó la puerta.
Una vez.
Dos veces.
Después una voz masculina habló desde el exterior.
—Valeria.
Ella quedó paralizada.
Porque reconoció aquella voz.
Era la misma voz que había escuchado en sus recuerdos.
La voz de la noche en que murió su padre.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y Valeria susurró:
—Es él.