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Donde Florece El Barro

Donde Florece El Barro

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor Campestre
Popularitas:853
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.

Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.

Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.

Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: Lila en el invernadero

Ese día no quería hablar con nadie. Era de esos días que te despiertas y ya sabes que va a ser malo. No por algo que pasó. Solo porque te despertaste y te acordaste de golpe.

Me acordé de Lila.

Lila era mi perra. No perra de raza cara. Quiltra negra con mancha blanca en pecho, que llegó a mi depto de Milán flaca, con sarna, que había encontrado en calle porque la botaron de un auto. Yo la recogí porque estaba drogado y pensé que si no la recogía me iba a sentir peor después.

La tuve tres años. Tres años en Milán conmigo. Dormía conmigo, comía conmigo, me esperaba cuando yo llegaba a las cinco de mañana todo doblado. Nunca me juzgó. Nunca.

Se murió hace un año. Enferma del hígado. Yo estaba de gira, en París, y mi roomie me llamó y me dijo está muy mal. Y yo dije llévala al vet y me quedé en París porque tenía desfile. Y cuando volví ya estaba muerta y enterrada y yo no la vi morir.

Desde entonces no había llorado por Lila. Ni una vez. Como si no mereciera llorar por ella porque no estuve cuando se murió.

Ese día me acordé de eso en mañana. Y me fui al invernadero igual. Porque si me quedaba en casa iba a pensar más.

Tomás estaba adentro, podando tomates. Me vio entrar y supo al tiro que algo pasaba. No me dijo nada. Me pasó un balde.

¿Me ayudas? Dijo nomás.

Sí, dije.

Nos pusimos a sacar hojas secas. En silencio. El invernadero olía a tomate y a tierra mojada de lluvia de ayer.

Después de un rato Tomás dijo sin mirarme:

¿Quieres contar?

¿Qué cosa?

Lo que sea que te tiene con cara de que te pegaron.

Me quedé callado. No quería contar. Nunca contaba de Lila porque me daba vergüenza. Vergüenza de que me importe más una perra que murió que gente que murió.

Tuve una perra, dije al final bajito.

¿Tuviste?

Sí. Se llamaba Lila.

¿Y qué pasó?

Se murió. Hace un año.

Tomás dejó de podar. Se sentó en suelo. Yo me senté también.

Cuéntame, dijo.

Y le conté. Le conté de Lila negra con mancha blanca, de cómo llegó flaca, de cómo dormía conmigo, de cómo me esperaba. De cómo se murió cuando yo estaba en París desfilando con zapatos que me dolían.

Le conté que no estuve cuando se murió. Que mi roomie la llevó al vet y yo dije llévala y seguí en fiesta.

Le conté que no lloré nunca porque sentía que no merecía llorar por ella.

Cuando terminé tenía voz ronca. No había llorado todavía. Solo hablaba apretado.

Tomás no dijo nada al tiro. Se quedó mirando tomates.

¿Sabes? Dijo después de un rato. Yo tuve un perro también. Se llamaba Cuchu. Se murió cuando mi papá me echó. No me dejaron despedirme. Mi papá lo regaló.

¿Y lloraste?

Sí. Mucho. Mi abuela me dijo que llorar por perro es llorar por parte de uno que se va. No es menos.

Me llegó. Llorar por parte de uno que se va.

¿Tú crees que merezco llorar por Lila? Pregunté. Como niño chico pidiendo permiso.

Sí, dijo Tomás. Mereces. Aunque no estuviste. Mereces porque la quisiste.

Y me puse a llorar. Ahí, en invernadero, entre tomates tibios que todavía no estaban listos, con olor a tierra. Lloré fuerte. Con ruido. Con moco. Como no lloraba desde que era chico.

No lloré bonito como en fotos. Lloré feo. Con cara arrugada, con hombros moviéndose.

Tomás no hizo nada raro. No me dijo no llores. No me abrazó al tiro. Se quedó al lado. Me pasó su gorro de lana para que me secara cara. Su gorro olía a él.

Lloré por Lila. Por no estar. Por irme a París. Por ser mal dueño. Por no merecer perro tan bueno.

Lloré por mi abuela también. Por no venir a verla antes. Por llegar cuando ya estaba muerta y casa olía a cerrado.

Lloré por mí. Por estar solo en Milán con gente que no me quería de verdad.

Lloré harto rato. No sé cuánto. El invernadero se nubló por mi respiración.

Cuando paré un poco, Tomás me abrazó. Me abrazó por lado, con brazo grande. No dijo nada. Solo me dejó apoyar cabeza en su hombro que olía a leña.

Gracias, dije con voz de pito.

¿por qué gracias?

Por dejarme llorar sin decirme que no llore.

Es que acá se llora, dijo. No se esconde. Si tienes pena se llora. Si tienes rabia se grita. Si tienes hambre se come.

Me reí entre moco y llanto. Sonó feo.

¿Y si tienes ganas de besar a alguien? Pregunté todavía con cabeza en su hombro.

Se besa, dijo bajito.

Y lo besé. Con cara mojada por llanto, con moco todavía, con ojos hinchados. Lo besé feo. Pero lo besé sin culpa. Por primera vez besé a alguien sin pensar si me veía bonito llorando.

Tomás me besó de vuelta. Con mano en mi nuca, con cuidado.

Después nos quedamos sentados en suelo. Yo con gorro de él en mano mojado por mis lágrimas.

¿Quieres que hagamos algo por Lila? Preguntó Tomás.

¿qué cosa?

No sé. Plantar algo. O ponerle nombre a una lechuga. Lo que quieras.

Me reí. Idea de ponerle nombre a lechuga me dio risa en medio de llanto.

Plantemos algo, dije. Un tomate. Que se llame Lila.

Ya, dijo Tomás. Plantemos tomate Lila.

Sacó una semilla de bolsillo. Siempre tiene semillas en bolsillo como si fueran monedas. Hizo hoyo en tierra con dedo. Puso semilla. Tapó.

Este es Lila, dijo. Va a ser tomate negro. Porque Lila era negra.

Negra con mancha blanca, corregí.

Ya, tomate negro con mancha blanca, dijo serio.

Nos reímos los dos. Con ojos hinchados yo, con tierra en manos él.

Esa tarde me fui a casa con gorro de Tomás puesto. Olía a él y a mis lágrimas secas.

Puse radio a pilas. Ya no agarraba cumbia. Agarraba pura estática. Pero la dejé prendida igual con shhhh de fondo.

Y pensé en Lila. En mi perra negra con mancha blanca que me quiso sin pedir nada. Y por primera vez pensé en ella sin culpa. Solo con pena linda.

Y me dormí con gorro de Tomás puesto, con olor a invernadero, habiendo llorado por primera vez sin esconderme en baño como hacía en Milán.

Porque acá se llora en invernadero entre tomates.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Muy buena narrativa y, buen contenido.
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Me gusta esta Novela, es diferente tiene un buen contenido urbano.☺️
Brisa Romero
/Sweat/
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