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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mañana que rechacé al monstruo.

Lo primero que Evelyn notó fue el olor.

Rosas frescas.

Cera de abejas.

Lavanda.

El perfume que su madre utilizaba para aromatizar las cortinas de su habitación cuando ella todavía era una muchacha soltera.

Abrió los ojos lentamente.

Un techo blanco con molduras doradas se extendía sobre su cabeza. Las cortinas color marfil dejaban pasar la luz de una mañana despejada y, junto a la ventana, descansaba un pequeño jarrón de porcelana con rosas recién cortadas.

Evelyn dejó de respirar.

Conocía aquella habitación.

Conocía cada detalle: la cómoda de nogal, el espejo ovalado, el sillón junto a la chimenea y el pequeño arañazo en la pata de la mesa que ella misma había causado a los quince años.

No podía ser.

Se incorporó de golpe.

El movimiento le provocó un mareo y tuvo que aferrarse a las sábanas. Sus manos estaban firmes, sin manchas, sin las venas prominentes que habían acompañado su vejez.

Se las llevó al rostro.

Su piel era tersa.

Sus dedos, delgados.

Su cabello, castaño y brillante, le caía sobre los hombros.

—No… —susurró.

Bajó de la cama y corrió hacia el espejo.

La muchacha que la observó desde el otro lado tenía los ojos verdes muy abiertos y las mejillas encendidas.

Era ella.

No la anciana que había muerto la noche anterior.

No la esposa olvidada que había pasado cincuenta y ocho años preguntándose en qué había fallado.

Era Lady Evelyn Ashbourne.

Dieciocho años.

La misma edad que tenía la mañana en que su padre anunció que el duque de Blackthorne deseaba conocerla formalmente.

Evelyn retrocedió hasta chocar contra la cómoda.

—Dios mío…

Recordaba todo.

Los nombres, las conversaciones, los acontecimientos, los rostros. Recordaba las pequeñas traiciones y los grandes escándalos de la corte. Recordaba incluso las palabras que Lucien le había susurrado durante su primera noche de bodas.

Serás la única mujer de mi vida.

La risa que escapó de sus labios fue breve y amarga.

—Qué mentiroso tan extraordinariamente convincente eras, Lucien.

Alguien llamó a la puerta.

Evelyn se volvió de inmediato.

—¿Mi señora? ¿Está despierta?

La voz le produjo una punzada en el pecho.

—¿Margaret?

La puerta se abrió y apareció una joven doncella de cabello oscuro, con un vestido sencillo y un delantal blanco.

No era la Margaret anciana que acababa de despedirla en su lecho de muerte.

Era Margaret treinta años más joven.

—Por fin está despierta, mi señora —dijo la muchacha—. Su madre lleva una hora preguntando por usted. El señor Ashbourne ha regresado de sus reuniones y desea verla antes del almuerzo.

Evelyn la contempló en silencio.

Margaret seguía viva.

Su padre seguía vivo.

Su madre seguía viva.

La emoción le apretó la garganta con tanta fuerza que, durante un instante, no pudo hablar.

—¿Qué día es hoy?

La doncella parpadeó.

—El doce de abril, mi señora.

Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El doce de abril.

El día en que su padre había recibido la propuesta formal de matrimonio de Adrian de Blackthorne.

El día que había cambiado su destino.

—¿Qué año? —preguntó, aferrándose al borde de la cómoda.

—El año setecientos doce del calendario real.

Evelyn cerró los ojos.

Había regresado cincuenta y ocho años atrás.

No había sido un sueño. No había sido una visión provocada por la muerte. No existía una explicación que pudiera comprender.

La vida le había concedido una segunda oportunidad.

Y ella no tenía intención de desperdiciarla.

—Margaret, necesito que me ayudes a vestirme.

—¿Para el desayuno?

—Para conocer a mi futuro esposo.

La doncella se quedó inmóvil.

—¿Su… futuro esposo?

Evelyn la miró a través del espejo.

Por primera vez en dos vidas, sonrió sin que aquella sonrisa escondiera tristeza.

—El duque de Blackthorne.

Margaret dejó caer el cepillo que sostenía.

—¡Pero, mi señora, usted dijo que preferiría ingresar en un convento antes que casarse con ese hombre!

—Lo recuerdo perfectamente.

—Y dijo que tenía la mirada de un asesino.

—También recuerdo eso.

—¡Y que parecía capaz de ordenar la ejecución de alguien antes del desayuno!

Evelyn tomó asiento frente al espejo.

—Entonces espero que haya desayunado antes de venir.

Margaret la miró como si su señora hubiera perdido la razón.

Evelyn no pudo evitar reír.

Aquello era extraño. Maravilloso y aterrador al mismo tiempo.

Por primera vez en décadas, el futuro no estaba escrito.

Y ella conocía suficientes secretos del pasado como para asegurarse de que nadie volviera a decidir por ella.

A las diez de la mañana, la residencia Ashbourne estaba sumida en un estado de agitación poco habitual.

Los sirvientes habían pulido la plata dos veces. El mayordomo supervisaba personalmente la disposición de las tazas de porcelana y la condesa de Ashbourne había ordenado cambiar las flores del salón tres veces porque, según ella, ninguna combinación parecía suficientemente digna.

Evelyn descendió por la escalera principal con un vestido azul pálido de mangas largas y delicados bordados plateados.

Había elegido aquel color porque recordaba que Adrian detestaba los perfumes excesivamente dulces y las mujeres vestidas para llamar la atención. No sabía si eso seguía siendo cierto, pero no pensaba presentarse ante él disfrazada de alguien que no era.

Su madre la esperaba al pie de la escalera.

Lady Catherine Ashbourne era una mujer elegante, de cabello castaño recogido en un moño y una mirada que podía resultar afectuosa o severa según las circunstancias.

—Evelyn, querida, ¿te encuentras bien?

—Perfectamente, madre.

Catherine la examinó con atención.

—Margaret me ha dicho que deseas conocer al duque.

—Así es.

—Anoche aseguraste que no aceptarías jamás una propuesta suya.

—Anoche era una joven de dieciocho años que no sabía nada de la vida.

Su madre frunció el ceño.

—Sigues teniendo dieciocho años.

Si supieras, madre.

Evelyn sintió un nudo en la garganta al contemplarla. Había olvidado cuánto deseaba volver a escuchar aquella voz. En su primera vida, su madre había muerto antes de cumplir los sesenta, y Evelyn nunca había conseguido superar la pérdida.

Se acercó y la abrazó.

Catherine quedó tan sorprendida que tardó unos segundos en devolverle el gesto.

—¿Qué ocurre, hija mía?

Evelyn apretó los ojos.

—Nada. Solo quería abrazarte.

—¿Has tenido una pesadilla?

—Algo parecido.

Se apartó antes de que su madre pudiera formular más preguntas.

No podía contarle la verdad. ¿Cómo explicarle que había vivido hasta los setenta y seis años y que había regresado con la memoria de una anciana atrapada en el cuerpo de su hija?

No. Guardaría aquel secreto.

Al menos por el momento.

—¿Dónde está padre? —preguntó.

—En el salón azul. El duque acaba de llegar.

El corazón de Evelyn dio un vuelco.

Había pasado décadas sin ver aquel rostro.

Décadas sin escuchar aquella voz.

Y, aunque apenas habían intercambiado unas palabras en su primera vida, recordaba al hombre que había rechazado con una claridad dolorosa.

—Entonces no debemos hacerlo esperar —dijo.

Y caminó hacia el salón.

El salón azul era la estancia más formal de la residencia Ashbourne.

Las paredes estaban cubiertas de seda azul oscuro, los retratos de los antepasados vigilaban desde sus marcos dorados y una chimenea de mármol ocupaba el centro de la pared principal. Junto a ella, de pie y con las manos cruzadas detrás de la espalda, se encontraba un hombre vestido completamente de negro.

Evelyn lo reconoció antes de verle el rostro.

Adrian de Blackthorne.

Era más alto de lo que recordaba. Sus hombros anchos tensaban la chaqueta de corte militar y una espada descansaba junto a su cadera. Llevaba el cabello negro peinado hacia atrás, aunque algunos mechones habían escapado sobre su frente.

Cuando su padre se volvió hacia la puerta, Adrian hizo lo mismo.

Y Evelyn volvió a ver sus ojos.

Grises.

Fríos como el cielo antes de una tormenta.

Durante su primera vida, había interpretado aquella mirada como una amenaza. Ahora, con la memoria de una mujer que había sobrevivido a décadas de decepciones, comprendía que no todas las personas que sonreían eran amables ni todos los que guardaban silencio eran crueles.

El duque inclinó ligeramente la cabeza.

—Lady Evelyn.

Su voz era grave, profunda y tan serena que resultaba intimidante.

Evelyn hizo una reverencia.

—Su Gracia.

Adrian la observó durante un instante demasiado largo.

—Me alegra comprobar que ha decidido honrarnos con su presencia.

Su padre carraspeó.

—Evelyn, Su Gracia ha venido a discutir los términos de una posible alianza entre nuestras casas.

—Lo sé, padre.

—Y, como comprenderás, el acuerdo sería beneficioso para ambas familias. Blackthorne protegería nuestras propiedades fronterizas, mientras que los Ashbourne aportarían sus derechos comerciales y sus conexiones con la nobleza del sur.

Evelyn asintió.

Aquello era cierto. Su familia había perdido buena parte de su fortuna debido a una mala cosecha y a las deudas contraídas por su abuelo. Sin ayuda, acabarían vendiendo sus tierras en pocos años.

En su primera vida, había considerado aquella propuesta una condena.

Ahora comprendía que era una oportunidad.

Adrian tomó asiento después de que el conde se lo indicara. Evelyn se sentó frente a él.

—Su padre me ha informado de que usted tiene ciertas reservas respecto al matrimonio —dijo el duque.

Evelyn sostuvo su mirada.

—Las tenía.

—¿Y han desaparecido?

—He reconsiderado mis prioridades.

Una de las cejas oscuras de Adrian se alzó apenas.

—Qué extraordinaria transformación.

—A veces basta una noche para comprender que uno ha estado equivocado durante mucho tiempo.

El silencio se extendió por la estancia.

Evelyn se dio cuenta demasiado tarde de lo extrañas que debían de sonar aquellas palabras en boca de una muchacha de dieciocho años.

Su padre la miró con preocupación.

Adrian, en cambio, no apartó los ojos de ella.

—¿Me está diciendo que ha cambiado de opinión sobre mí, milady?

—Le estoy diciendo que estoy dispuesta a conocerlo antes de juzgarlo.

—¿Y qué le han contado sobre mí?

Evelyn podría haber enumerado los rumores.

Que el duque había sofocado una rebelión en sus territorios sin mostrar piedad. Que había desterrado a un barón que intentó apropiarse de las tierras de sus campesinos. Que sus enemigos desaparecían de la corte y que nadie se atrevía a desafiarlo dos veces.

También recordaba una historia que había escuchado décadas después: Adrian había dedicado una parte considerable de su fortuna a reconstruir aldeas destruidas por la guerra, pero había prohibido que su nombre apareciera en las donaciones.

El reino prefería llamarlo monstruo antes que admitir que un hombre podía ser temible y justo al mismo tiempo.

—Me han contado muchas cosas —respondió Evelyn—. Pero los rumores no son lo mismo que conocer a una persona.

Adrian apoyó lentamente un brazo sobre el sillón.

—Tenga cuidado, milady. La curiosidad es un hábito peligroso.

—Y los prejuicios son una forma bastante cómoda de ignorancia.

Su padre se atragantó con el té.

Evelyn permaneció inmóvil.

Magnífico. Llevas menos de cinco minutos y ya has insultado indirectamente al hombre más peligroso del reino.

Pero Adrian no pareció ofendido.

Por primera vez, algo cambió en su expresión.

No era una sonrisa. Ni siquiera podía asegurarse de que fuera diversión.

Sin embargo, sus ojos parecieron cobrar vida.

—¿Siempre habla con tanta libertad?

—Solo cuando considero que vale la pena hacerlo.

—¿Y considera que vale la pena hablar conmigo?

—De lo contrario, no habría venido.

El duque la estudió en silencio.

Evelyn conocía aquella clase de silencio. Había aprendido durante su matrimonio que los hombres podían utilizarlo como una amenaza, una forma de castigo o un intento de obligar a los demás a llenar el vacío con explicaciones.

Pero ella ya no tenía miedo de los silencios.

Había pasado demasiados años hablando para ser aceptada.

No volvería a hacerlo.

Adrian se levantó.

—Conde Ashbourne, si no tiene inconveniente, me gustaría conversar unos minutos con su hija en privado.

Su padre palideció ligeramente.

—Por supuesto, Su Gracia.

Catherine, que había permanecido junto a la ventana, miró a Evelyn con una expresión difícil de interpretar.

Cuando los padres abandonaron el salón, la puerta se cerró con un sonido suave.

Evelyn quedó a solas con el duque de Blackthorne.

Y entonces comprendió algo que no había recordado hasta ese momento.

En su primera vida, Adrian jamás había pedido quedarse a solas con ella.

Porque ella había rechazado su propuesta antes de darle la oportunidad de hacerlo.

—Voy a ser directo, milady —dijo él—. No soy un hombre afectuoso.

Evelyn levantó la mirada.

—Lo había imaginado.

—No tolero las mentiras, las intrigas domésticas ni las escenas destinadas a despertar compasión. Mi trabajo me obliga a ausentarme durante semanas. Mi residencia se encuentra lejos de la capital y mi territorio exige más de mí de lo que probablemente pueda comprender.

Hizo una pausa.

—Si acepta casarse conmigo, no le prometeré una vida de bailes, joyas y palabras bonitas.

Evelyn lo escuchó sin interrumpirlo.

—Tampoco le prometeré que seré un esposo fácil —continuó—. Soy exigente. Tengo enemigos. Y no permitiré que nadie utilice mi matrimonio para debilitar mi casa.

Ahí estaba.

La advertencia.

La oportunidad de retroceder.

En su primera vida, habría escuchado aquellas palabras y habría pensadoque el duque era incapaz de amar.

Ahora sabía que al menos estaba siendo honesto.

—¿Ha terminado? —preguntó.

Adrian la miró con evidente sorpresa.

—¿Perdón?

—Ha enumerado las razones por las que sería difícil casarse con usted. Quisiera saber si hay algo más que deba conocer antes de tomar una decisión.

El duque entrecerró los ojos.

—¿No tiene preguntas?

—Muchas.

—Adelante.

Evelyn respiró hondo.

—¿Pretende serme infiel?

La pregunta cayó entre ambos como una copa rota.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, parecía no disponer de una respuesta inmediata.

—No —dijo finalmente.

Evelyn sostuvo su mirada.

—¿Y espera que yo le sea fiel?

La expresión del duque se endureció.

—Por supuesto.

—Entonces me parece justo que exijamos lo mismo el uno del otro.

Adrian dio un paso hacia ella.

No fue un movimiento brusco, pero la diferencia de altura se hizo evidente. Evelyn tuvo que levantar ligeramente el mentón para seguir mirándolo.

—¿Está acostumbrada a negociar de esta manera, Lady Evelyn?

—No, Su Gracia. Estoy acostumbrada a que los hombres hagan promesas que nunca piensan cumplir.

Algo oscuro cruzó el rostro de Adrian.

—¿Quién le ha hecho promesas que no ha cumplido?

Evelyn sintió que el corazón se le detenía.

Lucien.

El nombre estuvo a punto de escapar de sus labios.

Pero Lucien todavía no le había hecho daño. En aquella vida, ni siquiera se habían comprometido.

—Nadie en particular —respondió—. He aprendido observando a los demás.

Adrian no pareció creerle.

Sin embargo, no insistió.

Se limitó a contemplarla con una intensidad que hizo que Evelyn fuera consciente de cada detalle: el aroma tenue de su ropa, el leve movimiento de sus dedos junto a la costura de su vestido y la forma en que la luz resaltaba una pequeña cicatriz sobre uno de sus nudillos.

—Supongamos que acepto sus condiciones —dijo él—. ¿Por qué debería elegirla a usted?

Evelyn sintió que aquella era la pregunta que había estado esperando.

Podría haber hablado de su belleza, de sus modales o de su capacidad para convertirse en una esposa discreta. Podría haberle ofrecido obediencia, como tantas jóvenes nobles hacían para asegurarse un buen matrimonio.

Pero no quería ser elegida por lo que podía soportar.

—No debería elegirme si busca una mujer que le dé siempre la razón —contestó—. Tampoco si desea una esposa que permanezca en silencio mientras usted decide cada aspecto de su vida.

—Tiene una opinión bastante elevada de sí misma.

—No. Tengo una opinión más justa de mí misma que la que tenía antes.

El duque permaneció en silencio.

Evelyn continuó:

—Si nos casamos, cumpliré con mis responsabilidades. Respetaré su título, su hogar y su posición. No utilizaré sus secretos para perjudicarlo ni permitiré que otros lo hagan si está en mi mano evitarlo. Pero no fingiré ser alguien que no soy para conseguir su aprobación.

Adrian bajó la mirada hacia ella.

—¿Y qué espera recibir a cambio?

Evelyn pensó en su primera vida.

En las noches esperando junto a una ventana.

En las cartas que había escrito a Lucien y que nunca recibieron respuesta.

En las veces que había fingido no escuchar las risas de su esposo con otras mujeres al otro lado de una puerta.

En todas las ocasiones en que había creído que pedir respeto era exigir demasiado.

—Respeto —respondió—. Honestidad. Y la libertad de ser yo misma dentro de mi propio hogar.

El duque no contestó de inmediato.

Después, lentamente, inclinó la cabeza.

—Son condiciones razonables.

Evelyn sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba.

No era amor. Ni siquiera confianza.

Era el alivio de descubrir que había dado el primer paso hacia una vida diferente.

Adrian se dirigió a la puerta, pero antes de abrirla se detuvo.

—Hay algo que no le he dicho, milady.

Evelyn volvió el rostro.

—¿Qué cosa?

El duque la miró por encima del hombro.

—Cuando recibí su primera respuesta, supuse que jamás desearía volver a verme.

Evelyn recordó la carta que había enviado en su primera vida. Las palabras crueles, escritas por una muchacha asustada que creía que el temor era una prueba suficiente para juzgar a un hombre.

Sintió una punzada de culpa, aunque Adrian no pudiera saber por qué.

—Era joven —dijo con suavidad—. Y no sabía nada de usted.

—¿Y ahora sabe algo?

Evelyn lo contempló.

—Sé que ha venido personalmente a hablar conmigo, aunque podría haber enviado a un secretario. Sé que no me ha mentido sobre sus intenciones y sé que no ha intentado convencerme con promesas que no puede garantizar.

Hizo una pausa.

—Es un comienzo.

Adrian permaneció inmóvil.

Durante un instante, su expresión perdió aquella dureza que parecía formar parte de su rostro.

Debajo de ella apareció algo más humano.

Algo cansado.

—Entonces espero estar a la altura de sus expectativas, Lady Evelyn.

Y salió de la habitación.

Evelyn se quedó sola, con el corazón latiéndole demasiado rápido.

No sabía si llegaría a amar a Adrian de Blackthorne.

No sabía si él sería capaz de amarla.

Pero, por primera vez en dos vidas, no había tomado una decisión por miedo.

Había elegido conocerlo.

Y eso bastaba.

Aquella misma tarde, mientras el conde Ashbourne redactaba una respuesta favorable a la propuesta matrimonial, Adrian regresó a su carruaje.

Su secretario personal, el señor Edmund Hale, lo esperaba junto a la puerta.

—¿Y bien, Su Gracia? —preguntó cuando el duque subió—. ¿Debo informar a su padre que el acuerdo continúa adelante?

Adrian se acomodó frente a él.

—Sí.

Edmund parpadeó.

—¿Sí, señor?

—¿He hablado en un idioma que no comprende?

—No, Su Gracia. Es solo que… perdone mi atrevimiento, pero esperaba que rechazara la propuesta después de la negativa de Lady Evelyn.

Adrian volvió la mirada hacia la ventana.

La residencia Ashbourne comenzaba a desaparecer detrás de los árboles.

—Yo también.

—¿Y qué ha cambiado?

El duque guardó silencio durante varios segundos.

Recordó los ojos verdes de la joven. La manera en que había hablado sin bajar la cabeza. La pregunta sobre la fidelidad, pronunciada con una seriedad que no correspondía a una muchacha que todavía no había conocido las crueldades de un matrimonio.

Y recordó algo más.

Cuando ella había hablado de respeto, su voz había temblado apenas.

No de miedo.

De tristeza.

Adrian conocía aquella clase de tristeza.

La había visto en los ojos de los soldados que regresaban de la guerra y en el rostro de su madre durante los últimos meses de su vida.

Era la tristeza de quienes habían esperado demasiado de otras personas.

—Lady Evelyn Ashbourne es diferente de lo que imaginaba —dijo finalmente.

Edmund sonrió con cautela.

—¿Y eso es algo bueno?

Adrian volvió a mirarlo.

—Todavía no lo sé.

Se acomodó los guantes negros y cerró los ojos un instante.

Había acudido a aquella residencia dispuesto a negociar una alianza política. Nada más.

Sin embargo, por primera vez en muchos años, se descubrió deseando que llegara pronto el día en que volvería a ver a una mujer.

Y aquello le desagradó profundamente.

Porque Adrian de Blackthorne había aprendido a controlar ejércitos, a derrotar enemigos y a sobrevivir a las intrigas de la corte.

Pero nunca había aprendido qué hacer cuando alguien despertaba su curiosidad.

Mucho menos cuando se trataba de su futura esposa.

_____________🌸

SugarBloom🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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