Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 4: Sombras en el puerto y el estallido del azar
El clima en el puerto de Málaga era sofocante, marcado por un viento salobre que agitaba los barcos amarrados en los muelles. Valerio Giancarlo De Santis avanzaba flanqueado por cuatro escoltas armados y por Orestes, cuya mirada inquieta escudriñaba cada rincón del paseo marítimo. Valerio vestía un impecable traje oscuro sin corbata; su presencia imponente infundía un respeto inmediato a los comerciantes y marineros que abrían paso a su comitiva.
—El representante de la familia de Valencia nos aguarda en la terraza del restaurante del muelle tres, Capo —indicó Orestes, señalando un establecimiento elegante frente a la marina—. Todo el perímetro está asegurado por nuestra gente.
—Espero que esta reunión sea breve, Orestes —respondió Valerio con voz grave y distante—. No tengo intención de prolongar mi estancia en España más de lo estrictamente necesario.
—Comprendo perfectamente, Valerio. Sellaremos el acuerdo sobre el transporte marítimo, firmaremos los compromisos de distribución y podremos regresar a Sicilia en el jet privado esta misma noche.
En ese preciso instante, a escasos cincuenta metros de allí, la vida transcurría a un ritmo completamente distinto. Lysandra caminaba por el paseo del puerto llevando de la mano a Lyra, mientras Eren avanzaba un par de pasos adelante, fascinado por los enormes yates atracados. Lysandra vestía un sencillo vestido veraniego color verde oliva y llevaba el cabello recogido de forma descuidada, luciendo una belleza madura y serena.
—¡Mamá, mira ese barco tan grande! —exclamó Eren, deteniéndose junto a un puesto de helados y señalando la embarcación principal—. ¡Tiene una bandera con un águila plateada!
—Eren, no señale con el dedo, es de mala educación —lo corrigió Lysandra con una sonrisa paciente, acercándose a él junto con Lyra—. Es solo un yate privado, cariño.
—Parece un barco de reyes, mamá —intervino Lyra, tirando suavemente de la falda de su madre—. ¿Podemos comprar un helado de fresa antes de ir a la mercería?
Lysandra se agachó frente a sus hijos, acomodando con ternura el flequillo oscuro de Eren.
—Está bien, un helado para cada uno, pero prometan que no se despegarán de mi lado. Hay mucha gente hoy en el muelle.
—¡Lo prometemos! —respondieron los dos niños al unísono.
Mientras el heladero preparaba los conos, Eren divisó un pequeño balón de fútbol de juguete que rodó cerca de la entrada del restaurante. Sin pensar en la advertencia de su madre, el niño corrió un par de metros para recogerlo.
—¡Eren! ¡Vuelve aquí ahora mismo! —gritó Lysandra, sintiendo una punzada instantánea de alerta al ver a su hijo alejarse hacia la terraza.
En ese mismo segundo, Valerio salía del restaurante tras verificar que la mesa de reuniones estuviera lista. Al bajar el primer escalón de mármol, sintió un ligero impacto contra sus piernas. Un niño pequeño había tropezado con él al intentar agarrar la pelota.
—¡Cuidado, muchacho! —dijo uno de los guardaespaldas de Valerio, dando un paso al frente con severidad.
—Déjalo —ordenó Valerio con firmeza, deteniendo a su hombre con un gesto de la mano.
Valerio se inclinó para recoger la pelota y se la ofreció al pequeño. Sin embargo, en cuanto sus ojos azul grisáceo se encontraron con los del niño, el tiempo pareció detenerse bruscamente. El rostro de Eren, su mandíbula marcada, la forma de sus cejas y, sobre todo, la mirada desafiante y profunda que le devolvía el pequeño eran un espejo idéntico de su propia infancia.
Un choque helado recorrió la espina dorsal de Valerio. El corazón del temido Capo, endurecido por ocho años de odio y luto, dio un vuelco violento.
—¿Cómo te llamas, niño? —preguntó Valerio en un susurro ronco, casi sin aliento.
Eren lo miró sin parpadear, demostrando una audacia natural que dejó perplejos a los escoltas.
—Me llamo Eren —respondió el niño con orgullo—. Y esa pelota es mía.
—Eren... —repitió Valerio, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Aquel nombre, el mismo que él y Lysandra habían elegido en secreto años atrás para su hipotético primer hijo, resonó como un trueno en su memoria.
—¡Eren! —resonó una voz femenina a la distancia, llena de pánico y desesperación.
Lysandra corrió hacia ellos, apartando a la gente de un empujón. Al llegar al lugar y ver al hombre alto de traje oscuro inclinado frente a su hijo, su corazón se detuvo por completo. Cuando Valerio se puso de pie lentamente y se giró hacia ella, el mundo de ambos saltó por los aires.
Lysandra se congeló. Los ojos verde oliva de la mujer se encontraron con la mirada inquisitiva de Valerio. Los rasgos de la persona que él creía muerta en las profundidades del mar de Sicilia estaban allí, intactos, frente a él en medio del sol brillante de Málaga.
—¿Lysandra...? —pronunció Valerio, y su voz tembló por primera vez en ocho años, cargada de una mezcla de incredulidad, dolor y rabia contenida.
Orestes, que observaba la escena desde la puerta del restaurante, palideció de inmediato. Sus ojos avellana se llenaron de un terror absoluto al reconocer a la mujer que él mismo mandó a ejecutar.
—¡Imposible...! —murmuró Orestes para sí mismo, dando un paso atrás instintivamente.
Lysandra reaccionó con el puro instinto de supervivencia de una madre amenazada. Agarró bruscamente a Eren del brazo y lo atrajo hacia su pecho, mientras Lyra se escondía detrás de sus piernas con asustada curiosidad.
—¡Alejate de nosotros! —gritó Lysandra con la voz quebrada por el pánico y el odio—. ¡No te acerques!
Valerio dio un paso hacia ella, con las manos temblando ligeramente mientras sus ojos alternaban entre el rostro de Lysandra y los dos niños que se aferraban a ella: un niño con su propio rostro y una niña con los rizos cobrizos y ojos verdes de su madre.
—Estás viva... —susurró Valerio, sintiendo que la realidad se desmoronaba a su alrededor—. Todo este tiempo... estuviste viva... Y esos niños...
—¡Ellos no son nada tuyo! —interrumpió Lysandra, dando pasos hacia atrás mientras la multitud comenzaba a observarlos—. ¡Tú no tienes derecho a mirarnos! ¡Nos mandaste a matar! ¡Nos destruiste!
—¿Qué dices? —preguntó Valerio, frunciendo el ceño con una mezcla de desconcierto y furia—. ¡Tú me traicionaste con la policía! ¡Tú huiste!
—¡Mamá! ¿Quién es este señor tan feo? —preguntó Eren, colocándose valientemente delante de su madre y de su hermana, mirando con desafío al gigante de traje oscuro.
Valerio contempló la valentía del pequeño, sintiendo una puñada de revelación que le desgarró las entrañas. Miró a Orestes, cuya frente comenzaba a cubrirse de un sudor frío.
—Lysandra, no te muevas —ordenó Valerio con tono autoritario pero desesperado—. Tenemos que hablar. Ahora mismo.
—¡Jamás! —sentenció Lysandra.
Aprovechando que un grupo de turistas cruzaba la avenida del muelle, Lysandra tomó a los mellizos de las manos y echó a correr con todas sus fuerzas entre la multitud, desapareciendo en el entramado de calles de la ciudad.
—¡Lysandra! —gritó Valerio, intentando seguirla, pero los transeúntes le cerraron el paso.
Valerio se giró bruscamente hacia Orestes. La mirada del Capo ya no era de dolor, sino de una furia asesina que presagiaba una tormenta sangrienta.
—Orestes —dijo Valerio con una voz peligrosamente baja que hizo temblar al consigliere—. Me dijiste que los sicarios la vieron morir en el acantilado. Me dijiste que su cuerpo se lo tragó el mar.
—Valerio... te juro que los hombres confirmaron su muerte... no entiendo qué pasó... —tartamudeó Orestes, intentando mantener la compostura.
Valerio lo sujetó del cuello de la camisa de seda, acorralándolo contra la pared del restaurante frente a sus atónitos escoltas.
—Averigua dónde vive en esta ciudad en menos de una hora —amenazó Valerio, apretando el agarre hasta hacerle faltar el aire—. Si esa mujer y esos niños desaparecen de nuevo, te juro por la memoria de mi familia que serás tú quien termine en el fondo del océano.