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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: La torre de dos cabezas

Catorce meses después, el perfil urbano de Milán tenía una nueva vértebra que desafiaba la niebla matutina.

A doscientos metros de altura sobre el suelo de Porta Nuova, la plataforma del último forjado de La Spira recibía los primeros rayos dorados del otoño. La estructura ascendía con una ferocidad orgánica que ya no pertenecía a los bocetos: la columna de hormigón blanco autolimpiante se retorcía hacia el cielo como una escultura viva, mientras la cinta de titanio cepillado envolvía el esqueleto en voladizos que parecían sostenerse en el aire por pura osadía.

En el borde del encofrado, con el viento alpino azotando las redes de seguridad, Valeria Vidal sostenía un juego de planos impermeabilizados contra el pecho. Llevaba su casco blanco de obra personalizado con una fina línea carmín en el lateral, una gabardina técnica ajustada a la cintura, pantalones oscuros de lana fría y botas de seguridad de cuero reforzado que pisaban el hormigón fresco con la autoridad de un general en su propia fortaleza.

A su espalda, el zumbido de la grúa pluma depositaba la última viga maestra de la cúspide.

—Tres milímetros de desviación angular en el anclaje del pararrayos, Vidal —resonó una voz de barítono profundo detrás de ella, arrastrando las palabras con esa cadencia perezosa que a ella le encendía la sangre desde el primer día.

Dante De Rossi se detuvo a su lado, apoyando una mano enguantada en el pasamanos provisional de acero. Llevaba su propio casco blanco con el logotipo unificado de Vidal & De Rossi Architects, chaleco reflectante negro sobre un jersey de cuello alto y unos prismáticos de medición láser colgando del hombro.

Valeria ni se inmutó. Levantó la barbilla sin desviar la vista del horizonte, donde las cúpulas del Duomo parecían miniaturas de juguete bajo el sol:

—No son tres milímetros, De Rossi. Es la compensación por la dilatación térmica del titanio al mediodía. Deberías saberlo, considerando que pasaste cuatro horas anoche revisando los coeficientes de torsión en la cama mientras pretendías darme un masaje en la espalda.

Dante soltó una carcajada ronca, limpia y baja. Se inclinó sobre ella, aprovechando que los operarios de la cuadrilla estaban ocupados al otro lado de la plataforma para pasarle un brazo ancho por la cintura, atrayéndola contra su costado con una fuerza tranquila:

—Ese masaje fue un acto de generosidad conyugal desinteresado. Y tus pies estaban congelados, como de costumbre.

—El termostato de la suite estaba en diecinueve grados porque alguien olvidó cerrar la ventilación del vestidor —repuso ella, girando apenas el rostro para buscar los ojos azules de él, que brillaban bajo la visera del casco con una devoción descarada—. Te dije que la guerra del clima no ha terminado.

—La guerra del clima es la única tradición que nos queda, esposa mía —murmuró Dante, bajando la cabeza para rozarle los labios con un beso breve, salado por el viento y caliente por el pulso acelerado de las alturas.

Abajo, a ras de suelo, el estrépito de los flashes y el murmullo de cincuenta periodistas acreditados aguardaban la rueda de prensa oficial de finalización de obra gruesa.

En la carpa de protocolo instalada junto a las vallas perimetrales, Bianca y Enzo coordinaban el despliegue de relaciones públicas con copas de champán en la mano. Bianca vestía un conjunto de dos piezas color esmeralda y llevaba colgada al hombro su inseparable libreta de contabilidad de apuestas, ahora encuadernada en cuero dorado; Enzo lucía un traje cruzado impecable y un cronómetro digital colgado al cuello.

—Doscientos euros a que Valeria le corrige el discurso a Dante frente a los micrófonos de la RAI —propuso Enzo, dando un sorbo a su copa con una sonrisa satisfecha.

—Acepto —respondió Bianca al instante, anotando la cifra con un lápiz—. Pero subo la apuesta a trescientos a que Dante la interrumpe para presumir que el hormigón fraguó dos días antes de lo previsto gracias a sus aditivos suizos.

A pocos metros de allí, sentados en dos sillones de mimbre bajo la carpa climatizada, Don Bernardo Vidal y Don Massimo De Rossi disfrutaban de sendos platos de jamón de Parma y una botella de Barolo reserva. Los dos patriarcas vestían idénticos sombreros de fieltro y chalecos de tweed, observando el rascacielos coronarse con la vanidad inflada de dos emperadores retirados.

—Mira esa columna vertebral, Bernardo —dijo Massimo, señalando la cúspide con el tenedor—. Esa es la genética De Rossi. Pura potencia bruta y solidez romana.

—Tu potencia bruta se habría caído como un castillo de naipes sin la cinta de titanio de mi hija, Massimo —contraatacó Bernardo sin pestañear, masticando con deleite—. Admite de una vez que el genio creativo de los Vidal le dio alas a tu pedazo de piedra.

—Nuestros hijos son unos ingratos, Bernardo. Ni una sola mención a los cerebros que planearon el contrato matrimonial en el folleto inaugural.

—Nos quitaron las tarjetas corporativas y nos prohibieron pisar la sede sin cita previa, Massimo —recordó Bernardo con una carcajada ronca—. Pero mira esa torre. Valieron la pena los tres mil euros de la multa de la lancha de Como.

A las dos de la madrugada, el ático de CityLife descansaba bajo la penumbra plateada de la luna.

El inmenso espacio diáfano conservaba su distribución de planta abierta, pero el campo de batalla de antaño se había transformado en un santuario compartido. Sobre la pared principal de hormigón visto, enmarcado en una caja de metacrilato transparente y retroiluminado con luces led tenues como si fuera una pieza de arte conceptual de la Bienal de Venecia, colgaba un fragmento arrugado de cinta de carrocero azul industrial. La placa de bronce debajo rezaba:

> «TRATADO DE CITYLIFE – ANULADO POR COLAPSO DE EGOS Y DERRIBO DE FRONTERAS».

>

En la gran mesa de roble macizo, despojada de divisiones territoriales, dos tazas de porcelana negra humeaban junto a la máquina de expreso.

Valeria estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una banqueta acolchada, vistiendo una camiseta holgada de Dante y con el cabello sujeto en una coleta floja. Con una regla de cálculo en una mano y una copa de vino tinto en la otra, revisaba los planos de iluminación nocturna para la inauguración formal de la torre.

Dante apareció detrás de ella, descalzo, en pantalones oscuros de lino, con la piel tibia tras una ducha nocturna. Se inclinó sobre su hombro, apoyando la barbilla en el hueco de su cuello, deslizando las manos grandes alrededor de su cintura hasta posarlas sobre el vientre plano de ella.

—Es la una y cincuenta y ocho, Vidal —susurró él, con los labios rozándole la piel sensible detrás de la oreja—. La jornada laboral terminó hace siete horas.

—La iluminación perimetral tiene una fuga lumínica en la terraza del piso cincuenta, De Rossi —respondió ella, inclinando la cabeza para darle mejor acceso a su cuello, dejando escapar un suspiro involuntario ante el calor de sus manos—. Si los focos deslumbran a los pájaros migratorios, los ecologistas van a encadenarse a tus vigas de hormigón el día de la gala.

—Los pájaros migratorios tienen un desvío de tres kilómetros hacia el parque Sempione —murmuró Dante, deslizando las manos bajo la camiseta de algodón para buscar el contacto directo con la piel suave de su cintura—. Deja los planos. Mañana mandamos a Enzo a calibrar los reflectores con un arnés a doscientos metros. Le vendrá bien un poco de aire fresco.

Valeria soltó una risa suave, dejando la regla sobre el papel con un chasquido tenue.

En ese instante, sobre la encimera de cuarzo de la cocina, la tableta digital de Valeria emitió un tintineo breve y cristalino.

Una notificación en pantalla parpadeó en medio de la penumbra:

> NOCTURNA

> Recordatorio de aniversario: Hace exactamente doce meses, «TintaBlanca» y «PlanoCero» coincidieron en la sala de insomnes por última vez.

>

Ambos se quedaron inmóviles. Sus miradas se desviaron hacia la luz azul del dispositivo.

Dante sonrió con esa media comisura ladeada, arrogante y profundamente tierna, que a ella le seguía acelerando el pulso como el primer día. La estrechó con más fuerza contra su pecho, enterrando el rostro en su melena castaña:

—¿Te acuerdas cuando jurabas que tu confidente nocturno era un alma poética y sensible que jamás se parecería al troglodita con el que te obligaron a vivir?

Valeria giró despacio el cuerpo dentro de sus brazos hasta quedar de frente a él. Apoyó las palmas de las manos contra el pecho firme de Dante, sintiendo el latido acompasado y seguro que gobernaba sus noches, y le clavó sus ojos castaños con una chispa de picardía invencible:

—Sigo pensando que PlanoCero tenía mucha mejor ortografía que tú cuando se trataba de admitir sus derrotas, querido.

Dante levantó una ceja, acortando el último centímetro de distancia entre sus bocas:

—PlanoCero se rindió la misma noche en que descubrió que su rival dormía al otro lado del pasillo. Pero el señor De Rossi todavía tiene una apuesta pendiente sobre quién diseña el pabellón de verano en Como.

—Esa apuesta la vas a perder antes del desayuno —susurró Valeria contra sus labios, enredando los dedos en la nuca del arquitecto y atrayéndolo hacia sí con una entrega que no dejaba espacio para la duda ni el orgullo.

—Pruébame, Vidal —gruñó él en medio de un beso hondo, limpio y abrasador que barrió los planos de la mesa y apagó las luces de la ciudad.

A las dos de la madrugada, sobre el cielo de Milán, la torre de titanio y hormigón se alzaba invulnerable hacia las estrellas: dos fuerzas opuestas entrelazadas en un abrazo eterno, demostrando al mundo que las mejores estructuras no se levantan para resistir al otro, sino para volar juntos sin miedo a la caída.

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Saira Macias
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