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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

3. La quinta persona.

No estaban intentando ocultar un asesinato.

Estaban intentando ocultar quién había sobrevivido.

Las palabras seguían dando vueltas en mi cabeza mientras observaba la fotografía que Mateo me había enviado. La imagen estaba algo borrosa, como si alguien la hubiera sacado a escondidas, pero todavía se distinguían cinco figuras frente al observatorio abandonado.

Mara Vidal estaba en el centro.

A su derecha, Gael Ferrer miraba directamente a la cámara con esa expresión seria que parecía haberse convertido en parte de su rostro. A su lado había un chico de cabello oscuro al que no reconocía. La cuarta persona era una muchacha de pelo largo, casi negro, que sonreía con una naturalidad que me resultaba inquietante.

Y la quinta figura…

La quinta figura estaba medio escondida detrás de los demás.

No podía distinguir su cara. Solo una parte del hombro, el contorno de la cabeza y algo brillante alrededor del cuello.

Un pequeño colgante con forma de estrella.

Amplié la imagen con los dedos, intentando encontrar algún detalle que me permitiera identificarla. La fotografía se pixeló hasta convertirse en un conjunto de manchas oscuras.

—Maldición —murmuré.

Volví a mirar el mensaje de Mateo.

La policía encontró esto en la mansión. Dicen que había algo escrito detrás.

Le respondí inmediatamente.

—¿Qué decía exactamente?

Los tres puntos aparecieron en la pantalla, desaparecieron y volvieron a aparecer.

Mateo estaba escribiendo.

Esperé.

Un minuto.

Dos.

Cuando finalmente llegó su respuesta, sentí que el estómago se me encogía.

«Éramos cinco. Uno de nosotros murió. Los demás aprendimos a mentir».

Leí la frase varias veces.

Éramos cinco.

Uno de nosotros murió.

Los demás aprendimos a mentir.

No era una nota escrita por alguien que hubiera encontrado una fotografía antigua. Era una confesión. O una amenaza. Quizá ambas cosas.

Y lo peor era que nadie parecía tener claro quién había escrito esas palabras.

Si uno de los cinco había muerto diez años atrás, ¿por qué alguien había colocado esa fotografía junto al lugar donde asesinaron a Olivia?

Me levanté de la cama y comencé a caminar por mi habitación. Afuera, el cielo de Santa Aurelia tenía ese color grisáceo que anunciaba una mañana fría. La lluvia de la noche anterior había dejado las calles húmedas y las ramas de los árboles golpeaban suavemente mi ventana.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

No deberías mirar fotografías que no te pertenecen.

Me quedé inmóvil.

Otro mensaje apareció inmediatamente después.

Especialmente si no sabes quién tomó la foto.

No respondí. Hice una captura de pantalla y guardé el número, aunque sabía perfectamente que podía ser descartable.

Después escribí una sola pregunta.

—¿Quién sos?

La respuesta llegó casi de inmediato.

Alguien que todavía recuerda lo que pasó.

Apreté el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Entonces decime qué pasó —susurré, aunque sabía que nadie podía oírme.

No llegó ninguna respuesta.

En cambio, apareció una última notificación.

Preguntale a tu madre por la noche del 17 de octubre.

Sentí que el aire de mi habitación se volvía más pesado.

Mi madre.

Otra vez mi madre.

Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó. Durante los últimos días había intentado convencerme de que su reacción al escuchar el nombre de Mara había sido una casualidad, una de esas incomodidades que los adultos arrastran desde su juventud y prefieren no explicar.

Pero las casualidades estaban empezando a acumularse.

Y yo nunca había sido buena ignorándolas.

Mi madre estaba en la cocina cuando bajé.

Preparaba café, todavía con el cabello recogido de cualquier manera y una camisa clara que usaba para estar en casa. La radio sonaba bajito sobre la mesada. Hablaban del asesinato de Olivia, de la investigación policial y de las preguntas que seguían sin respuesta.

Ella apagó la radio en cuanto me vio.

No hizo falta que dijera nada.

Ese gesto fue suficiente para confirmar que también estaba escuchando las noticias con atención.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Un poco.

—Tenés mala cara.

—Vos también.

Me miró con una expresión que no supe interpretar.

—Abril…

—¿Conocías a Mara Vidal?

La taza que sostenía chocó suavemente contra el plato.

No se le cayó. No gritó. Ni siquiera pareció sorprendida de que volviera a preguntárselo.

Simplemente dejó de moverse.

—Ya hablamos de eso.

—No. Vos dijiste que no querías hablar del tema. No es lo mismo.

Mi madre dejó la taza sobre la mesada y se volvió hacia mí.

—Hay cosas del pasado que no vale la pena remover.

—¿Como una chica que murió hace diez años?

—Abril, por favor.

—¿Y como otra chica que acaba de morir de la misma manera?

Su rostro perdió el poco color que tenía.

Ahí estaba otra vez.

Ese miedo.

No era tristeza por una antigua conocida ni incomodidad por una historia desagradable. Era algo más profundo, algo que parecía haber estado esperándola durante años y que finalmente había encontrado el camino de regreso.

—¿Qué sabés de Olivia? —preguntó.

La pregunta me tomó desprevenida.

No había preguntado qué me había contado Olivia. Tampoco había preguntado por qué estaba investigando.

Quería saber qué sabía yo de ella.

—No mucho —respondí, mintiendo—. ¿Por qué?

Mi madre bajó la mirada.

—Porque hay personas que pueden hacerte daño cuando creen que estás demasiado cerca de la verdad.

Me acerqué un paso.

—¿Quiénes?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás asustada?

Sus ojos se encontraron con los míos.

Por un segundo tuve la impresión de que iba a contarme todo. Que finalmente abriría esa puerta que llevaba años manteniendo cerrada y me permitiría ver qué había detrás.

Pero el momento pasó.

Mi madre tomó las llaves que estaban junto a la frutera.

—Tengo que salir.

—¿Ahora?

—Necesito hacer unas cosas.

—Mamá, ni siquiera desayunaste.

Se puso el abrigo sin contestar. Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.

—No vayas al observatorio otra vez.

Sentí un escalofrío.

No le había contado que había estado allí.

Mi madre debió de darse cuenta de lo que acababa de decir, porque apretó los labios y apartó la mirada.

—Es peligroso —añadió.

—¿Cómo sabés que fui?

—No importa.

—A mí sí.

Abrió la puerta.

—Prometeme que no vas a volver.

No se lo prometí.

Ella tampoco insistió.

Salió de casa y cerró la puerta con suavidad, dejándome sola en la cocina con una taza de café que ya empezaba a enfriarse.

Me quedé mirando la entrada durante varios segundos.

Después saqué el teléfono y abrí la fotografía que me había enviado el desconocido.

La muchacha de cabello oscuro seguía sonriendo desde el pasado.

Y la persona del colgante con forma de estrella continuaba oculta detrás de los demás.

Por primera vez, me pregunté si mi madre había estado allí aquella noche.

No tenía pruebas.

Solo una reacción, una advertencia y un miedo que no lograba explicar.

Pero, en una investigación donde todos parecían esconder algo, incluso una madre podía convertirse en una pregunta sin respuesta.

Mateo me esperaba frente a la biblioteca municipal.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de su campera y el cabello revuelto por el viento. Cuando me vio acercarme, levantó la cabeza y examinó mi rostro.

—Tenés cara de haber descubierto algo horrible.

—Todavía no sé si es horrible.

—Entonces tenés cara de haber descubierto algo que probablemente sea horrible.

—Mucho mejor.

Intenté sonreír, pero no me salió.

Mateo no insistió. Me conocía demasiado bien como para creer que una broma bastaría para hacerme olvidar lo que estaba pasando.

Entramos en la biblioteca y buscamos una mesa al fondo, lejos de las pocas personas que ocupaban la sala. Saqué el teléfono y le mostré los mensajes.

Su expresión cambió a medida que los leía.

—¿Tu mamá te dijo que no volvieras al observatorio?

Asentí.

—¿Le contaste que estuviste ahí?

—No.

Mateo volvió a mirar la pantalla.

—Entonces alguien la vio.

—O alguien se lo contó.

—¿Y quién podría haber sido?

No respondí.

Los dos pensamos en la misma persona.

Gael Ferrer.

No porque tuviéramos pruebas de que él estuviera detrás de los mensajes, sino porque aparecía una y otra vez en el centro de todo. Había conocido a Mara. Había conocido a Olivia. Su apellido estaba relacionado con la venta de las propiedades Valdés después de la muerte de Mara.

Y, además, había sido él quien me advirtió que dejara de investigar.

Demasiadas coincidencias para alguien que supuestamente no tenía nada que ocultar.

—Hay otra cosa —dijo Mateo.

Sacó una carpeta de su mochila y colocó una hoja impresa sobre la mesa.

—Mi hermana trabaja cerca del archivo municipal. Le pregunté si podía ayudarme a buscar información pública sobre el caso de Mara. Encontró una referencia a una declaración que nunca apareció en las notas de prensa.

Miré la hoja.

Era una copia de un registro antiguo, con letras desvaídas y una fecha escrita a mano.

19 de octubre, diez años atrás.

Debajo aparecía un nombre.

Inés Valdés.

—¿Quién es? —pregunté.

—No estoy seguro. El registro no tiene muchos detalles. Solo dice que fue entrevistada por la policía como testigo indirecta.

—¿Indirecta de qué?

Mateo señaló una línea al final del documento.

—De una discusión ocurrida la noche anterior a la desaparición de Mara.

Leí la frase dos veces.

Una discusión.

La noche del 16 de octubre.

El día anterior a la fecha en que Mara fue vista por última vez.

—¿Y por qué no aparece en el expediente que revisamos?

—Porque ese expediente no está completo.

Sentí que una pieza invisible acababa de encajar en algún lugar de mi cabeza.

—¿Inés Valdés es familiar de los dueños de la mansión?

—Eso parece. Pero hay algo más.

Mateo sacó otra hoja. Esta vez era una impresión de un artículo antiguo de un periódico local.

El titular estaba parcialmente cortado, pero todavía se podía leer:

La familia Valdés abandona Santa Aurelia tras la tragedia.

Debajo había una fotografía de una mujer de unos cuarenta años, con el cabello oscuro y una expresión seria.

La fecha del artículo era posterior a la muerte de Mara.

—¿Es ella? —pregunté.

—Es la única Inés Valdés que pude encontrar relacionada con la casa.

Observé la fotografía.

No la reconocía.

Sin embargo, algo en su expresión me produjo una incomodidad difícil de explicar. No era que pareciera culpable. Tampoco parecía especialmente triste.

Parecía estar escuchando algo.

Como si la cámara hubiera capturado el instante exacto en que alguien le hablaba desde fuera de la imagen.

—¿Qué pasó con ella? —pregunté.

Mateo negó con la cabeza.

—No encontré nada más. No hay entrevistas posteriores, ni noticias sobre dónde vive, ni siquiera una referencia clara a si sigue en Santa Aurelia.

—¿Y nadie se preguntó por qué desapareció?

—La gente se hizo muchas preguntas, Abril. Pero cuando una historia deja de aparecer en los diarios, la mayoría termina olvidándola.

Yo no quería olvidarla.

No podía.

Porque Mara llevaba diez años convertida en una respuesta demasiado cómoda: un accidente, una tragedia, una historia cerrada.

Y ahora Olivia estaba muerta.

Alguien estaba enviando fotografías.

Y mi madre sabía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Tenemos que encontrar a Inés Valdés —dije.

Mateo se reclinó en la silla.

—¿Y qué vas a hacer cuando la encuentres?

—Preguntarle qué vio.

—¿Y si no quiere hablar?

Guardé la hoja en la carpeta.

—Entonces voy a preguntarle por qué alguien está intentando que volvamos a mirar una fotografía de hace diez años.

Mateo me sostuvo la mirada durante unos segundos.

—A veces me preocupa que no sepas cuándo detenerte.

—A mí me preocupa que todos sepan algo que yo no.

No contestó.

Y, por primera vez desde que había comenzado todo, me pregunté si Mateo también estaba guardándose una parte de la historia.

No porque hubiera hecho algo que lo incriminara.

Sino porque llevaba demasiado tiempo ayudándome sin hacer preguntas sobre el precio que podía tener encontrar las respuestas.

A las cuatro de la tarde, Gael Ferrer me llamó.

No escribió un mensaje ni intentó explicarse por adelantado. Su nombre apareció en la pantalla y permaneció allí hasta que contesté.

—¿Qué querés? —pregunté.

—Hablar con vos.

—Qué casualidad. Yo también tengo varias preguntas.

—Lo sé.

Su voz sonaba tensa.

Miré a Mateo, que estaba sentado frente a mí. Él hizo un gesto para que activara el altavoz.

No lo hice.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—En mi casa.

—¿Y por qué me llamás?

Hubo un silencio breve.

—Porque alguien entró en la mía.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Esta mañana. No se llevaron dinero ni aparatos. Solo revisaron una caja que tenía guardada desde hace años.

—¿Qué había en la caja?

—Fotografías.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Las mismas fotografías que encontraron en la mansión Valdés?

—No lo sé. Cuando llegué, algunas habían desaparecido.

—¿Y por qué no fuiste a la policía?

Gael soltó una risa seca, sin humor.

—¿De verdad querés que te explique por qué no confío en que la policía encuentre a la persona que está haciendo esto?

—No. Quiero que me expliques por qué sabés tanto sobre Mara.

El silencio que siguió fue diferente.

Más largo.

Más pesado.

—Porque yo estaba allí —dijo finalmente.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Dónde?

—La noche en que murió Mara.

Por un instante, todo lo que había a mi alrededor pareció alejarse. La biblioteca, las voces de los lectores, el sonido de las páginas al pasar. Solo escuchaba su respiración al otro lado de la línea.

—En la fotografía del observatorio aparecés con ella —dije—. Eso no demuestra que estuvieras con ella cuando murió.

—No estaba en el observatorio esa noche.

—Entonces, ¿dónde estabas?

—En la mansión Valdés.

Mateo levantó la cabeza al escucharme repetir esas palabras en voz baja.

—¿Viste quién la mató? —pregunté.

Gael tardó en responder.

—No.

—¿Escuchaste algo?

—Sí.

—¿Qué?

Su respiración cambió.

—Una voz.

—¿De quién?

—No lo sé. No pude verla.

Apreté el teléfono contra mi oído.

—Gael, necesito que dejes de hablarme como si estuvieras resolviendo un acertijo. Olivia está muerta. Mara está muerta. Alguien me está enviando amenazas y mi madre sabe cosas que no quiere contarme. Si tenés información, este es el momento de decirla.

—No puedo.

La respuesta fue tan inmediata que me enfureció.

—¿No podés o no querés?

—Las dos cosas.

—Entonces no vuelvas a llamarme.

—Abril, esperá.

No le hice caso.

—¿Qué?

—La persona que entró en mi casa dejó algo.

—¿Qué cosa?

—Una fotografía.

Me quedé inmóvil.

—¿De quién?

—Tuya.

No pude hablar.

—Es una foto vieja —continuó—. Debés de tener unos seis o siete años. Estás en un parque, al lado de una mujer. No se le ve la cara porque está de espaldas.

Sentí que el pulso me golpeaba en las sienes.

Yo tenía fotografías de mi infancia, por supuesto. Álbumes enteros guardados en casa. Pero no recordaba ninguna imagen tomada en un parque con una mujer desconocida.

—¿Y qué tenía de extraño? —pregunté.

—En el reverso había una frase.

—¿Cuál?

Gael hizo una pausa.

—«Ella también estaba allí».

No dije nada.

No podía.

—¿Quién es la mujer de la fotografía? —pregunté finalmente.

—No lo sé.

—¿Y por qué creés que soy yo?

—Porque se parece a vos. Y porque tu nombre estaba escrito en el sobre.

Cerré los ojos.

Una parte de mí quería creer que todo aquello era una estrategia para asustarme. Una forma de desviar mi atención hacia mi familia y alejarla de él.

Pero otra parte, la que había aprendido a observar los silencios de mi madre y las medias verdades de los adultos, empezaba a sospechar algo peor.

Que mi historia había comenzado mucho antes de que Olivia muriera.

Y que quizá yo había sido parte de ella sin saberlo.

—Mandame una foto —le pedí.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque ya no la tengo.

—¿Qué significa eso?

—Cuando volví a revisar el sobre, había desaparecido.

Sentí una rabia tan repentina que tuve que levantarme de la silla.

—¿Me estás diciendo que alguien entró en tu casa, dejó una fotografía mía y después volvió para llevársela?

—Sí.

—¿Y esperás que te crea?

—No espero que me creas, Abril. Solo quiero que entiendas que quien está haciendo esto conoce nuestras vidas desde hace mucho tiempo.

Colgué.

No quería seguir escuchándolo.

No porque creyera que estaba mintiendo, sino porque empezaba a tener miedo de que estuviera diciendo la verdad.

Cuando salí de la biblioteca, el cielo se había oscurecido.

Mateo caminaba a mi lado sin hablar. Había escuchado buena parte de la conversación, y sabía que necesitaba ordenar lo que acabábamos de descubrir antes de que alguien volviera a enviarme otro mensaje.

—¿Le creés? —preguntó finalmente.

—No lo sé.

—Dijo que estaba en la mansión la noche en que murió Mara.

—Lo escuché.

—Eso significa que pudo haber visto algo.

—O que está intentando convencernos de que sabe más de lo que sabe.

Mateo asintió, aunque no parecía satisfecho.

Cruzamos la plaza. A esa hora, los negocios comenzaban a cerrar y algunas personas se apresuraban a regresar a sus casas. Santa Aurelia parecía la misma de siempre, con sus veredas húmedas y sus luces encendiéndose una por una.

Me costaba aceptar que alguien pudiera vivir tranquilamente en un lugar donde tantas personas compartían un secreto.

—Abril —dijo Mateo.

Me detuve.

—¿Qué?

—Si esto se vuelve peligroso, tenés que decírmelo.

—Te lo estoy diciendo.

—No. Me estás contando lo que descubrís. No es lo mismo.

Su expresión era seria.

—No quiero enterarme de que te pasó algo por un mensaje de un número desconocido.

La culpa me apretó el pecho.

Mateo había estado conmigo desde el principio. Había soportado mis preguntas, mis silencios y mis decisiones impulsivas sin pedirme nada a cambio.

—No voy a hacer nada sin avisarte —prometí.

No era una promesa que pudiera cumplir con absoluta seguridad.

Pero era lo único que podía ofrecerle.

Nos despedimos en la esquina de mi calle. Él siguió hacia su casa y yo caminé sola los últimos metros, con el teléfono apretado dentro del bolsillo de la campera.

Cuando llegué, encontré la puerta cerrada y las luces apagadas.

Mi madre todavía no había regresado.

Dejé las llaves sobre la mesa y fui directamente a su habitación.

No sabía exactamente qué buscaba. Tal vez una fotografía. Algún documento. Una carta que me permitiera demostrar que mis sospechas no eran absurdas.

Me sentía culpable por revisar sus cosas, pero el miedo había empezado a ser más fuerte que la culpa.

Abrí el primer cajón de la cómoda.

Había papeles, recibos viejos y un pequeño álbum de fotografías familiares.

Lo abrí.

Mi infancia pasó ante mis ojos en imágenes desordenadas: cumpleaños, vacaciones, tardes de verano y retratos en los que sonreía sin imaginar que algún día desconfiaría de mi propia historia.

Entonces encontré una fotografía que no recordaba haber visto.

Yo tendría unos seis años.

Estaba sentada sobre un banco de madera, en un parque que no reconocí. A mi lado había una mujer de espaldas, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros.

No podía verle el rostro.

Pero alrededor de su cuello brillaba un colgante con forma de estrella.

Sentí que el corazón se me detenía por un segundo.

Era el mismo símbolo.

El mismo que aparecía en la fotografía del observatorio.

Di vuelta la imagen.

En el reverso había una fecha escrita con tinta azul.

17 de octubre.

No había año.

Solo el día y el mes.

Debajo, alguien había escrito una frase con una letra pequeña y apretada.

No dejes que Abril recuerde.

Me senté en el borde de la cama.

La fotografía temblaba entre mis dedos.

No sabía quién era aquella mujer. No sabía qué había ocurrido el 17 de octubre ni por qué alguien había querido impedir que yo recordara algo.

Pero entendí que la advertencia no estaba dirigida a mi madre.

Estaba dirigida a mí.

Escuché un ruido en la entrada.

Guardé la fotografía rápidamente y cerré el álbum justo cuando oí las llaves girar en la cerradura.

Mi madre había regresado.

Me quedé inmóvil en el pasillo mientras sus pasos se acercaban.

Cuando apareció en la puerta de la habitación, llevaba el rostro pálido y los ojos enrojecidos, como si hubiera pasado las últimas horas llorando.

Me miró.

Después miró el álbum que yo sostenía entre las manos.

Y su expresión cambió por completo.

—¿Dónde encontraste eso? —preguntó.

No era una pregunta.

Era miedo.

Saqué lentamente la fotografía del bolsillo.

—¿Quién es ella, mamá?

Mi madre retrocedió un paso.

Durante unos segundos no dijo nada. Después se llevó una mano a la boca y negó con la cabeza, como si estuviera viendo algo imposible.

—No puede ser —susurró.

—¿Qué cosa?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Esa mujer…

La voz se le quebró.

Yo sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

—¿Quién es?

Mi madre levantó la mirada hacia mí.

Y entonces pronunció un nombre que nunca había escuchado antes.

—Inés Valdés.

La mujer que había desaparecido de Santa Aurelia después de la muerte de Mara.

La mujer que figuraba como testigo en un expediente incompleto.

La mujer que llevaba el mismo colgante que aparecía en la fotografía del observatorio.

—¿Qué tiene que ver conmigo? —pregunté.

Mi madre no respondió.

Miraba la fotografía como si contuviera algo mucho peor que un recuerdo.

Finalmente, susurró:

—Abril, tenés que escucharme con mucha atención. Si alguien te pregunta qué recordás de aquel día, no le digas la verdad.

Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.

—¿Qué día?

Mi madre cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, comprendí que llevaba diez años esperando que yo hiciera esa pregunta.

—El día que murió Mara.

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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