Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 17: La sombra del verdugo
El caldo humeante descansaba en un cuenco de porcelana blanca sobre la mesa de acero. Tenía un aroma limpio a jengibre, verduras frescas y hierbas de montaña, pero a Valeria el estómago se le cerró en cuanto el vapor le rozó la nariz.
—Come —ordenó Damian.
Estaba sentado frente a ella en el borde del sofá, con la camisa abierta dos botones más y los codos apoyados en las rodillas. La miraba como si temiera que fuera a disolverse si apartaba los ojos un segundo. No había rastro del tiburón corporativo que media hora antes había hecho trizas una orden de extradición; había una terquedad silenciosa, casi obsesiva, en la forma en que empujaba la cuchara de plata hacia su mano.
—No tengo hambre, Valmont —dijo ella, recostando la cabeza contra el respaldo de cuero y cerrando los ojos para aplacar el latido sordo que aún le martilleaba detrás de las sienes.
—No te pregunté si tenías hambre. Te dije que comas —la voz de él era baja, pero cargada de una firmeza innegociable. Damian tomó la cuchara, levantó una porción del caldo tibio y se la acercó a los labios—. Llevas más de veinticuatro horas esquivando balas, corriendo por la nieve con un vestido de satén y perdiendo sangre por un rasguño. Tu cuerpo necesita combustible.
Valeria abrió un ojo, mirándolo con su habitual mezcla de cansancio e ironía.
—¿Ahora también eres enfermero a domicilio? Si Jean-Paul te viera dándome de comer en la boca con una cuchara de plata, sufriría un colapso cardíaco definitivo.
—Jean-Paul puede quebrar y tirarse al lago si quiere —respondió Damian sin inmutarse, rozándole el labio inferior con el metal tibio—. Abre la boca, Valeria. O te voy a obligar a tragarlo como si fueras un recluta indisciplinado.
Valeria bufó entre dientes, pero aceptó el caldo. El sabor era suave, reconfortante, y aplacó de inmediato la náusea ácida que le había revuelto las entrañas momentos antes. Damian le administró tres cucharadas más con una paciencia desconcertante, limpiándole una gota rebelde de la comisura con la yema del pulgar con una caricia tan lenta y devota que a ella se le erizó la piel del cuello.
—¿Mejor? —preguntó él en un susurro.
—Suficiente —dijo ella, apartándole la muñeca suavemente—. Mi presión ya está estable. No te acostumbres a tratarme como si estuviera hecha de cristal soplado; te recuerdo que hace unas horas te salvé el pellejo con un cambio de vías.
Damian dejó el cuenco sobre la mesa y soltó una media sonrisa, de esas que no llegaban a iluminarle los ojos ámbar pero que suavizaban la dureza pétrea de su mandíbula.
—El cristal no dispara a matar en una caseta helada, señorita Taylor. Sé perfectamente de qué estás hecha.
Se puso de pie, estirando su metro noventa con una pesadez engañosa. Su teléfono satelital vibró dos veces en el bolsillo del pantalón: una señal corta y muda. Damian no miró la pantalla; sabía exactamente qué significaba el aviso. Kassian había terminado de triangular la posición de los hombres que Julian Callahan había enviado a Ginebra.
—Tengo que bajar —dijo él, volviendo a colocarse la chaqueta del traje con movimientos pausados—. Quédate en el ático. Tienes el código de acceso a la despensa, la ducha con hidromasaje y ropa limpia en el vestidor norte. Si necesitas algo, usa el interfono rojo; la línea está aislada de la red municipal.
Valeria se enderezó en el sofá, frunciendo el ceño con desconfianza.
—¿Adónde vas?
—A ocuparme de los detalles diplomáticos que tu hermano dejó en la recepción del cantón.
—Damian —ella se levantó, plantándose frente a él antes de que alcanzara el umbral del vestíbulo—. Te dije que Julian no envía policías comunes. Si compró a dos federales para traer una orden falsa, esos hombres no van a dejarse intimidar por un par de abogados suizos con corbatas caras. Van armados y tienen órdenes de disparar si alguien intenta bloquearlos.
Damian la miró desde arriba. Sus ojos se oscurecieron de golpe, adquiriendo esa temperatura bajo cero que solo aparecía cuando la fachada del magnate caía y dejaba al descubierto al líder del Cónclave de Hierro.
—Nadie entra a mi territorio a secuestrar a mi gente, Valeria. Y mucho menos a ti. Descansa. Volveré antes de que termine la tarde.
Se inclinó con una rapidez que no le dio tiempo a reaccionar, le atrapó la nuca con los dedos y le plantó un beso ardiente, posesivo y rotundo en los labios, dejándola sin aire antes de girarse y desaparecer por las puertas del ascensor privado.
El silencio en el ático se volvió sofocante a los diez minutos.
Valeria caminó por el salón inmenso, sintiendo el crujido suave de la madera bajo sus calcetines. Miró por los ventanales: la niebla sobre el lago Lemán era tan espesa que las farolas de los muelles parecían luciérnagas ahogadas en leche. El edificio entero zumbaba con una quietud artificial, la calma pesada que precede a las tormentas de artillería.
No podía quedarse allí encerrada, esperando a que dos monstruos se disputaran su cadáver como si fuera una concesión portuaria en disputa.
Se dirigió al despacho lateral del ático. La puerta no tenía cerradura física, sino un teclado biométrico; sin embargo, para su sorpresa, el sensor reconoció el calor de su mano y se abrió con un pitido verde. Damian no había bloqueado el acceso para ella. O confiaba en ella de una manera estúpida, o estaba tan seguro de su poder que no le importaba lo que pudiera encontrar.
La habitación era sobria: una mesa de nogal macizo, estanterías repletas de tratados marítimos en varios idiomas y una consola de seguridad empotrada con seis monitores táctiles.
Valeria se sentó frente a la pantalla principal. Sus dedos se movieron con la agilidad nata de quien pasó media juventud burlando los cortafuegos de los muelles de Boston. Accedió al circuito cerrado de televisión interno, saltando los filtros de privacidad mediante el protocolo de mantenimiento que había descubierto meses atrás en los servidores de la empresa.
Las cámaras del sótano tres —el nivel blindado que figuraba en los planos oficiales como «almacén de archivos históricos»— estaban activas.
Valeria contuvo la respiración.
La imagen en blanco y negro mostraba una estancia amplia, con paredes de hormigón crudo, suelo de drenaje industrial y lámparas fluorescentes desnudas que parpadeaban con un zumbido visible. En el centro de la sala, atados a dos sillas metálicas atornilladas al suelo, había dos hombres con trajes oscuros arrugados y los rostros cubiertos de moretones frescos. Los dos agentes que Julian había enviado con la orden de extradición.
Frente a ellos estaban Kassian y dos hombres con pasamontañas negros, sosteniendo fusiles con cañones cortos apuntando al suelo.
Y a un lado, apoyado contra una mesa de metal donde descansaban dos pasaportes estadounidenses y las placas policiales confiscadas, estaba Damian.
Se había quitado la chaqueta y la corbata de nuevo. Llevaba las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos y unos guantes de tiro de cuero negro bien ajustados a las manos. Sostenía un cigarrillo encendido en la mano izquierda, observando a los dos prisioneros con una frialdad tan absoluta, tan desprovista de cualquier atisbo de humanidad, que a Valeria se le heló la sangre en las venas.
El sistema de audio del circuito cerrado emitió un chasquido sordo cuando Valeria subió el volumen de los altavoces de la consola.
—...no tienen jurisdicción aquí, Valmont —decía uno de los hombres atados, escupiendo saliva sanguinolenta sobre el hormigón—. Somos agentes federales de los Estados Unidos. Si no nos presentamos en el consulado a las seis, el departamento de estado va a intervenir.
Damian dio una calada larga al cigarrillo. Exhaló el humo denso hacia el techo con una lentitud exasperante antes de hablar. Su voz sonó a través de los altavoces con una nitidez escalofriante:
—El departamento de estado cree que ustedes dos están en una misión encubierta en Marsella siguiendo la pista de un cartel corso —dijo Damian, con un tono neutro, casi aburrido—. Kassian alteró sus registros de vuelo hace dos horas a través de la oficina consular en Berna. Para Washington, ustedes cruzaron la frontera francesa al mediodía.
El segundo prisionero, más joven y con una brecha sangrante en la ceja, intentó removerse en la silla.
—Julian Callahan nos pagó cien mil dólares a cada uno por subir a esa mujer al avión —soltó el joven con voz rota por el pánico—. Solo teníamos que entregarla en el muelle de Boston. No sabemos nada más, se lo juro.
Damian dio dos pasos hacia el muchacho. Tiró la colilla al suelo y la aplastó con la suela de su zapato lustrado. Con un movimiento rápido y despiadado, extendió la mano enguantada y le atrapó la garganta, cerrando los dedos con una presión milimétrica que hizo que el agente se arqueara en la silla, ahogándose en silencio mientras sus ojos se salían de las órbitas.
—Valeria Callahan ya no existe —susurró Damian, inclinándose sobre el rostro aterrorizado del hombre hasta que sus bocas casi se tocaron—. Y si vuelves a pronunciar su nombre en este continente, me aseguraré de que cada miembro de tu familia en Boston descubra lo que le sucede a la gente que acepta sobornos de mafiosos de segunda categoría.
Soltó la garganta del hombre, dejándolo toser con estertores agónicos. Se giró hacia Kassian sin mirarlos de nuevo.
—Rómpanles los dedos índices para que no vuelvan a disparar un arma reglamentaria —ordenó Damian con la misma indiferencia con la que habría pedido un café en una reunión de finanzas—. Súbanlos a un contenedor de carga con destino a Amberes y déjenlos en el muelle con sus billetes de vuelta a Estados Unidos. Y envíenle un mensaje a Julian Callahan con la valija diplomática: si vuelve a mirar hacia Suiza, el Cónclave de Hierro financiará a las familias italianas de Nueva York para que borren el apellido Callahan del mapa antes de que termine el invierno.
Kassian asintió con una reverencia seca y dio un paso hacia las sillas con una barra metálica en la mano.
Valeria apagó la pantalla de golpe.
La estancia quedó sumida en una penumbra repentina, rota solo por el parpadeo de las luces de emergencia. Se quedó inmóvil en la silla ergonómica, con las manos apoyadas en el regazo, temblando con una violencia que no pudo controlar.
La náusea regresó, pero esta vez no era biológica. Era el sabor metálico del horror moral.
Durante un año había intentado convencerse de que Damian Valmont era solo un empresario oscuro con métodos cuestionables, un hombre arrogante con secretos peligrosos que ella podía domar a base de auditorías y miradas desafiantes. Se había dejado engañar por el calor de su piel, por la ternura inesperada con la que le había rozado la mejilla al alba en Zúrich, por la ferocidad con la que la había poseído en la mesa del tren mientras le juraba que jamás la dejaría marchar.
Pero lo que acababa de ver en ese sótano no era un hombre enamorado defendiendo a su compañera.
Era un tirano. Un señor de la guerra que ordenaba mutilar hombres con la misma naturalidad con la que su propio padre mandaba a limpiar sangre en los muelles de Boston. Damian no era su salvador; era el reflejo exacto del infierno del que había huido durante seis años. Había cambiado las cadenas de hierro oxidado de los Callahan por los grilletes de oro blanco de los Valmont.
Una punzada aguda, ardiente y extraña le atravesó el bajo vientre, haciéndola doblarse sobre el escritorio mientras se apretaba el estómago con ambas manos. Respiró con dificultad, sintiendo que el corazón le latía a un ritmo desbocado, como un animal atrapado contra las cuerdas.
No puedo quedarme aquí.
El pensamiento brotó en su mente con la claridad cortante de un cristal roto. Si se quedaba, el monstruo que gobernaba esa torre terminaría devorando cada gramo de la persona que ella había luchado por ser. La convertiría en su reina de cenizas, en la cómplice silenciosa de un imperio manchado de pólvora y miembros rotos.
Valeria se levantó despacio. Se secó una gota de sudor frío de la frente, abrió el cajón inferior de su bolso y extrajo su libreta de contactos de emergencia: tres números de teléfono en Marsella y Génova que jamás habían pasado por un servidor digital.
Miró hacia la puerta del despacho, sabiendo que el tiempo corría en su contra. Damian subiría en cualquier momento con las manos limpias, la voz tranquila y esa sonrisa perversa que la había desarmado una y otra vez.
Tenía que planear su salida. Tenía que desaparecer de Ginebra antes de que los muros de la torre se cerraran para siempre a su alrededor.