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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La puerta que no se atreve a cerrarse

La noche envolvió Cnosos despacio, como un manto pesado. Cuando las antorchas se apagaron en los corredores principales y el silencio se instaló en el palacio, Ariadna se puso en pie.

No encendió luces. No llamó a nadie. Tomó la linterna de aceite que guardaba desde niña, la envolvió en un trozo de lana oscura para que apenas brillara, y salió de su habitación. Caminaba pegada a las paredes, descalza, para que la piedra no delatara su paso. Conocía cada recodo, cada sombra, cada tabla que crujía. En otra vida, la inocente que fue antes bajaba con miedo. Ahora bajaba con rabia contenida y un propósito de hierro.

Las escaleras que llevaban abajo eran estrechas y frías. Bajó peldaño a peldaño, contándolos, como si contara los días que le quedaban. Ciento veinte peldaños. Los mismos que recorrió la otra vez, la primera vez que lo vio. Los mismos que subió llorando cuando no pudo salvarlo.

Al llegar al último, el aire cambió. Olía a humedad, a tierra vieja, a soledad. Avanzó por el pasillo sin antorchas, guiándose por la memoria. Y al final, allí estaba: la puerta de roble, gruesa, con el cerrojo oxidado que nadie se molestaba en cerrar del todo. Como si encerrarlo fuera suficiente y asegurar su prisión no importara.

Ariadna empujó despacio. La puerta chirrió levemente, un gemido que se perdió en la inmensidad de la cámara. Entró.

La luz de la linterna se derramó despacio por el suelo de piedra. Y lo vio.

Estaba de espaldas, junto a la rendija alta por donde se filtraba un pálido resplandor lunar. Inmenso, torpe, con los hombros caídos como si llevara sobre ellos todo el peso de la condena. No se movía. No sabía que alguien había entrado.

—Asterión —susurró ella.

Él se giró de golpe, sobresaltado. Sus manos grandes se alzaron instintivamente, no para atacar, sino para protegerse del golpe que creía inevitable. Cuando la vio, los ojos oscuros se le abrieron de par en par. La linterna tembló en las manos de ella.

—¿Tú…? —la voz le salió quebrada, baja—. Creí que te habías ido para siempre. Que te habían alejado para que me olvidaras.

Ariadna dejó la linterna sobre la piedra y corrió hacia él. Él no retrocedió. La recibió en sus brazos con un cuidado infinito, como si fuera de cristal, como si temiera que se desvaneciera si la abrazaba con fuerza.

—Jamás te olvidé —dijo ella, enterrando el rostro en su pecho, sintiendo el calor que la soledad no había logrado apagar—. No me fui por gusto. Me mandaron lejos para separarnos. Pero he vuelto.

Asterión la sostuvo un instante, respirando su aroma, como si quisiera grabarse el momento en la memoria. Luego la apartó lo justo para mirarla. Tenía la mirada llena de desconfianza y de esperanza a la vez.

—No deberías estar aquí —murmuró—. Si te descubren… tu padre dijo que algún día vendría alguien para acabar conmigo. Pensé que te habrías alegrado.

Ariadna apretó sus manos entre las suyas.

—¿Alegrarme? —repitió, y la rabia le brotó de pronto, ardiente—. ¿De qué? ¿De que te mataran como si fueras algo sucio? ¿De que todos celebraran tu muerte sin saber siquiera quién eras?

Lo miró a los ojos, con lágrimas que no eran de debilidad, sino de fuego.

—Escúchame bien, Asterión. Ya viví esto. Ya vi cómo terminaba. Ya estuve aquí, igual que ahora, y no supe protegerte. Entonces llegó un hombre llamado Teseo. Dijo que era un héroe. Yo… yo creí que podía confiar en él. Le di el hilo. Le mostré el camino. Y él…

Se le quebró la voz, pero tragó y siguió, firme.

—Él te mató. A sangre fría. Y luego se fue. Me dejó sola, con tu cuerpo, mientras todos gritaban su nombre como si hubiera salvado el mundo.

Asterión se quedó inmóvil. Sus dedos se cerraron suavemente sobre los de ella.

—Me… me mató —repitió, casi sin voz.

—Sí —dijo ella, con dureza—. Y esta vez no. No voy a cometer el mismo error. No voy a entregarle a nadie. No voy a esperar a que vengan a destruirte. He vuelto para cambiarlo todo.

Él bajó la cabeza, con una tristeza infinita.

—¿Cómo? Tu padre lo quiere. El pueblo lo espera. Teseo ya está aquí, ¿verdad? Nadie me sacará de este lugar. Nadie se atreverá.

Ariadna le acarició la mejilla, donde una pequeña cicatriz recorría su piel.

—Yo me atreveré. Conozco un camino que nadie más recuerda. Un pasaje que da a la costa, oculto entre rocas. Lo encontré de niña. No está en los mapas. Nadie lo vigila.

Lo miró fijamente, con determinación.

—Tengo tiempo. Tengo el conocimiento de lo que va a pasar. Y te tengo a ti. Eso es más de lo que tuve la otra vez.

Asterión la miró, y por primera vez, el miedo a la muerte se mezcló con algo más profundo: la certeza de que ella hablaba en serio.

—Arriesgarás todo —susurró—. Tu corona. Tu nombre. Tu vida.

—No tengo nada que valga la pena sin ti —respondió ella sin dudar—. No me importa el trono. No me importa lo que digan. Solo me importas tú.

Se separaron despacio. Ariadna recogió la linterna, pero antes de irse, le tomó la mano.

—Espérame. No te rindas. Voy a preparar todo. Pronto volveré. Y entonces saldremos juntos.

Asterión asintió, y en sus ojos brilló una luz que llevaba años apagada.

—Te esperaré —dijo—. Pase lo que pase. No me rendiré.

Ella salió despacio, cerrando la puerta tras de sí. Subió los peldaños con el corazón golpeándole fuerte. Al llegar al pasillo superior, escuchó risas y pasos que se acercaban. Se pegó a la sombra de una columna.

Pasaron dos guardias. Y entre ellos, caminando con la cabeza alta y una sonrisa de satisfacción, él.

Teseo.

Llevaba la espada al cinto, pulida, brillante como si ya estuviera manchada de gloria. Hablaba con arrogancia, y los guardias asentían, halagados. Ariadna lo miró pasar, fría como el mármol.

Que sonría, pensó. Que se crea dueño de todo. No sabe que su final también ha empezado a escribirse.

Cuando desaparecieron, ella siguió su camino hacia los aposentos. Cerró la puerta tras de sí y se sentó junto a la ventana, mirando la luna.

—Esta vez no ganas, Teseo —susurró a la noche—. Esta vez pierdes.

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