Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
NovelToon tiene autorización de Jaqueline Nicole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 2
Durante las dos semanas siguientes, el mundo de Lucía cambió de ritmo. O, al menos, la percepción que ella tenía del tiempo. Las horas en la oficina pasaban con una pesadez distinta, suspendidas entre hojas de cálculo interminables y tazas de café frío, únicamente soportables porque al final de la jornada existía la certeza de una pantalla encendida y un nombre: Mateo.
Al principio fueron llamadas nocturnas, conversaciones de tres o cuatro horas que se deshilachaban cerca de la madrugada. Hablaban de cosas sencillas, de recuerdos de la infancia, de lo ridículo que había sido su primer trabajo o de cómo a él le gustaba salir a caminar cuando llovía. Lucía descubrió que él tenía una risa contagiosa, de esas que retumban en el auricular y hacen que la cama se sienta un poco más acogedora.
Pero pronto las llamadas de la noche no bastaron. Comenzaron los mensajes al despertar, los audios a mitad de la tarde contando qué habían almorzado y las fotos espontáneas de lo que veían desde sus ventanas. Mateo tenía la capacidad de estar presente sin estar físicamente. Estaba en la notificación que sonaba mientras ella preparaba la cena, en la sugerencia de una canción para el trayecto en autobús, en la pregunta atenta sobre cómo le había ido en la reunión con su jefe.
Lucía empezó a notar algo extraño en sí misma. La apatía que la había acompañado durante meses se había evaporado, reemplazada por una electricidad constante. Si el teléfono vibraba, su corazón daba un vuelco involuntario. Si él tardaba unos minutos en responder, revisaba la conexión a internet.
—Estás en otra galaxia últimamente —le dijo una tarde su compañera de trabajo, mientras ordenaban unos papeles antes de marcar la salida.
Lucía parpadeó, sobresaltada, soltando el celular que sostenía disimuladamente debajo del escritorio.
—¿Qué? No, para nada. Estaba terminando un correo.
—Sí, claro. Y tienes una cara de felicidad que no puedes disimular —su compañera sonrió de lado, apoyando las manos en la cintura—. ¿Quién es? ¿Lo conozco?
—Nadie... Bueno, alguien a quien conocí hace poco. Hablamos bastante.
—¿Ya salieron?
La pregunta quedó flotando en el aire. Lucía sintió una pequeña punzada en el pecho.
—Todavía no. Salimos de trabajar muy tarde los dos. Pero hablamos todo el tiempo. Es casi como si nos conociéramos de siempre.
—Ten cuidado, Lucía. Las llamadas son lindas, pero a la gente se la conoce cara a cara. No te ilusiones solo con una voz.
Lucía sonrió por cortesía, pero por dentro descartó el consejo. ¿Qué sabía ella? No entendía la intimidad que habían construido a través de la distancia. Mateo la escuchaba como nadie la había escuchado en mucho tiempo. Él sabía exactamente qué decir para hacerla sentir especial, única.
Esa misma noche, Lucía llegó a su apartamento, se quitó los zapatos y dejó las llaves sobre la mesa de la entrada. Miró la pantalla del teléfono. Había un mensaje de él enviado hacía dos horas.
«Hoy tuve un día agotador en el trabajo. Me voy a acostar temprano. Mañana te hablo, un beso.»
Lucía se quedó de pie en medio de la cocina a oscuras. Una sombra de inquietud, diminuta pero punzante, le atravesó el estómago. Era una nota simple, perfectamente normal. Cualquiera podía estar cansado. Sin embargo, la falta de la llamada nocturna dejó un vacío desproporcionado en el ambiente.
Se sirvió un vaso de agua, intentando razonar lo que sentía. Era ridículo estar decepcionada. Apenas se conocían hacía un par de semanas.
Tomó el celular y escribió: «Descansa mucho. Hablamos mañana :)»
Dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Se acostó vestida con la misma ropa con la que había llegado de la calle, mirando la pantalla negra. Esperó diez minutos. Media hora. Una hora. El teléfono no volvió a encenderse.
Fue la primera noche en dos semanas en la que Lucía tardó horas en dormirse, sintiendo que la habitación estaba ridículamente en silencio, deseando con una desesperación incipiente que aquella voz volviera a llenar el vacío.