El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 20 — Aliados y Sombras
Los días siguientes a ese amanecer nuevo trajeron consigo una actividad frenética que transformó la fortaleza de arriba abajo. Ya no era un refugio silencioso, sino el centro neurálgico de una operación que redefiniría el poder en todo el país. Damon y Christine trabajaban codo con codo desde el amanecer hasta bien entrada la noche: revisaban informes, descifraban códigos, identificaban nombres, trazaban rutas seguras y descubrían conexiones que ni Damon sospechaba que existían. Lo que antes hacía solo, ahora lo hacía con ella, y cada acierto era doblemente celebrado, cada descubrimiento inquietante se convertía en un peso compartido que pesaba la mitad.
—Mira esto —dijo Damon una tarde, señalando una lista de nombres en una hoja manuscrita que acababa de llegar—Estos tres capos del sur. Aparecen en los registros de Marco, pero también figuran en las contribuciones que hacía tu madre al hospital infantil. Eso significa que los conocía. Quizá confiaba en ellos.
Christine se inclinó sobre el papel, el aliento se le detuvo al reconocer uno de los apellidos.
—Elías Varela —susurró, llevándose una mano a la boca—Era el mejor amigo de mi padre. Desapareció poco después de que él muriera. Mi madre decía que se había ido a vivir al extranjero.
—Parece que no se fue tan lejos —respondió Damon, con el ceño fruncido— Marco le debe dinero. Mucho dinero. Y las fechas coinciden con las amenazas que recibió tu madre. Creo que lo tiene retenido, obligándolo a trabajar para él. Si es así, no es solo un aliado potencial. Es la llave de todo lo que necesitamos probar.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Christine con firmeza, levantando la vista hacia él— Si está vivo, y sabe la verdad, puede dar testimonio. Puede destruir a Marco con sus propias pruebas.
Damon asintió, pero su expresión se mantuvo seria.
—Es peligroso. Marco lo mantiene escondido en una finca aislada, rodeada de bosque y con guardias las veinticuatro horas. Si enviamos demasiados hombres, damos la alarma. Si enviamos pocos, caen todos. Pero no podemos dejarlo ahí. No cuando tu madre confiaba en él. Eso basta para mí.
Esa noche, los planes se trazaron con precisión quirúrgica. Dividirían al grupo en tres equipos: uno distraería la atención principal; otro aseguraría la salida; y el tercero, el más pequeño, compuesto por Damon y sus dos hombres de máxima confianza, entraría a buscar a Elías. Christine se opuso en cuanto lo supo.
—¿Crees que te voy a dejar ir tú solo? —le dijo, cruzada de brazos, con esa mirada desafiante que ya amaba conocer—Sé quién es, sé cómo piensa. Si está herido o asustado, confiará más en mí que en nadie. Y soy médica, Damon. Si está enfermo, nadie lo estabilizará mejor que yo.
—Y si te lastiman—empezó él, con voz tensa.
—Entonces muero haciendo lo correcto —lo cortó ella, suave pero tajante—. Pero no voy a quedarme esperando sentada. No después de todo lo que hemos superado. Vengo contigo. O no vas tú tampoco. Sabes que puedo ser muy terca.
Damon soltó un suspiro pesado, pero la miró con un brillo de orgullo que iluminó su rostro cansado.
—Lo sé. Es una de las razones por las que te quiero. Está bien. Vienes conmigo. Pero bajo mi protección constante. No te alejas de mi lado ni un segundo. Y si yo digo retirada, corremos. Sin dudar. Sin mirar atrás. ¿Trato hecho?
Christine sonrió y le tomó la mano.
—Trato hecho.
Antes del amanecer, partieron. Tres coches oscuros, silenciosos, con las luces apagadas gran parte del camino. Christine iba junto a Damon en el vehículo delantero, el mapa en las manos y el corazón golpeándole contra las costillas con fuerza, pero no de miedo: de determinación. Cuando llegaron a las cercanías de la finca, el sol apenas empezaba a teñir de gris el horizonte. Desde el bosque, observaron la construcción: una casa grande de piedra, rodeada de muros altos y torres de vigilancia. Los guardias eran numerosos, pero su disposición revelaba algo importante: no esperaban un ataque. Esperaban una huida. Estaban vigilando hacia afuera, no hacia adentro.
—Lo tienen prisionero —susurró Christine, comprendiendo de inmediato—No es su cuartel. Es su cárcel.
—Exacto —confirmó Damon, apretando su hombro—Lo tenemos en desventaja. Pero el tiempo corre en contra nuestra. Si se enteran de que estamos aquí, lo matarán antes que dejar que hable.
Todo transcurrió en cuestión de minutos: explosiones controladas en la entrada principal, disparos al aire, caos calculado. Damon y Christine se deslizaron por un sendero lateral, hacia la parte trasera de la casa, donde una ventana del sótano estaba entreabierta, tal como indicaba el informe. Bajaron sin hacer ruido, iluminando el camino con linternas cubiertas, entre muros húmedos y estanterías polvorientas. Y al fondo, en la última celda, sentado en un catre de hierro, demacrado y con la mirada perdida, estaba él: Elías Varela.
Al ver a Christine, el hombre se incorporó de golpe, como si viera un fantasma.
—¿Christine…? —susurró con voz ronca y quebrada—.¿Cómo… cómo es posible? Te pareces tanto a tu madre.
—Vengo a sacarte de aquí, Elías —dijo ella, acercándose a la reja con lágrimas en los ojos— Vengo a llevarte a casa, y a hacer justicia. De una vez por todas.
Elías miró entonces a Damon, y en lugar de miedo, hubo reconocimiento.
—Eres el hijo de Alejandro —dijo, asintiendo lentamente—Tu padre me habló de ti antes de morir. Dijo que serías el único capaz de limpiar todo esto. Gracias por traerla. Gracias por cuidarla.
—No se lo agradezcas a mí —respondió Damon, abriendo la puerta—Ella vino por ti. Ahora vámonos. Antes de que las sombras se cierren de nuevo.
Pero cuando salieron al exterior, el caos había cambiado de bando. Las explosiones habían cesado. El silencio era absoluto. Demasiado absoluto. Damon se detuvo en seco, empujando a Christine detrás de él, y levantó la vista hacia la torre principal. Allí, en lo alto, recortado contra el cielo gris, estaba Marco. Mirándolos. Sonriendo.
—¡Bien jugado, sobrino! —su voz viajó por el aire con una claridad helada—Pero olvidaste una regla básica: cuando entras en la boca del lobo… ya eres su cena.
De pronto, luces potentes encendieron desde todas partes, cegándolos. Y el sonido de docenas de armas amartillándose llenó el bosque entero, estaban rodeados.
...Creían que iban a la cacería, sin saber que ellos eran la presa....
...CONTINUARÁ ...
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