10 años de trabajo. Un imperio millonario. Y solo 90 días de vida.
Para el mundo, yo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, hasta que un diagnóstico terminal lo cambió todo: me quedan tres meses.
Si voy a morir, romperé cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva.
Sin pensarlo dos veces, caminé directo al despacho de mi mayor rival en los negocios: el hombre más arrogante, insufrible y provocador que conozco. Esta vez no vine a hacer negocios... vine a vivir aunque sea una farsa.
¿Qué tan lejos llegarías si supieras que no tienes nada que perder?
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Capítulo XI Un contrato sellado con un beso
Punto de vista de Victoria
—Si muestro una sola grieta, me destruyen, Sebastián —confesé en un hilo de voz que se perdió en el murmullo del viento de la noche—. Mi familia, mis competidores... tú. Todos están esperando a que caiga.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una gravedad que nunca habíamos compartido. La calidez de su chaqueta sobre mis hombros y el aroma a madera y pimienta de su piel me envolvían por completo. Por primera vez en diez años, el peso del mundo no estaba sobre mi espalda; estaba frente a mí, mirándome con una intensidad que me oprimía el pecho.
—Yo no quiero verte caer, Victoria —dijo Sebastián. Su voz bajó a un susurro áspero, y sus ojos oscuros brillaron bajo la luz de la luna con una mezcla abrumadora de protección y deseo—. Quiero vencerte en tu mejor momento, no sobre tus cenizas. Déjame asumir la carga de Onetto mientras te recuperas. Confía en mí por una sola vez.
Lo miré en silencio. Él creía que esto era una batalla de negocios, un desgaste temporal, una tregua entre ejecutivos. No tenía idea de que mi tiempo se desintegraba en un reloj de arena invisible. No sabía que me quedaban tres meses.
Tres meses.
Las palabras del médico retumbaron en mi mente, pero esta vez no me trajeron miedo. Me trajeron una certeza feroz. Había pasado toda mi vida cumpliendo deberes, sosteniendo a una familia que solo me usaba y protegiendo un apellido a costa de mi propia felicidad. Si el final era inevitable, no me iría de este mundo habiendo sido solo una máquina de trabajar. Quería sentir.
Quería arder. Y la única llama que siempre había amenazado con consumirme estaba parado a centímetros de mí.
—No necesito tu ayuda corporativa, Alarcón —murmuré, dando un paso al frente para acortar la poca distancia que nos separaba.
Sebastián se tensó, sorprendido por mi cercanía, pero no se movió.
—¿Entonces qué es lo que necesitas, Victoria? —preguntó, con la respiración volviéndose agitada.
—Esto.
Antes de que pudiera procesarlo o levantar sus defensas habituales, llevé mi mano a su nuca, enredé los dedos en su cabello y tiré de él hacia mí, sellando mis labios contra los suyos.
El choque fue eléctrico. Fue un beso hambriento, desesperado, cargado de toda la rabia, el miedo y la pasión contenida durante tres años de rivalidad.
Sebastián soltó un aliento entrecortado contra mi boca antes de reaccionar: su mano libre rodeó firme mi cintura, pegando mi cuerpo al suyo con una fuerza posesiva que me quitó el aire. La urgencia con la que respondió me demostró que él deseaba este momento tanto como yo.
Por unos segundos, el dolor abdominal desapareció. El diagnóstico, el hospital y la sombra de la muerte se borraron del mapa. Solo existíamos el fuego de su boca, el calor de sus manos sujetándome para que no me cayera y la certeza desgarradora de que acababa de cruzar un punto de no retorno.
—¿Por qué? —preguntó él con la voz ronca, sin liberar mi cintura y con el pulso latiéndole a mil por hora.
—Estoy cansada de vivir por los demás, Alarcón. Es la primera vez en mi vida que me dejo llevar por un impulso —respondí, sintiendo mi propio pecho subir y bajar de forma agitada contra el suyo.
—Me encantan tus impulsos —susurró él, acunando mis mejillas entre sus manos y obligándome a sostenerle la mirada bajo la luz de la luna.
Me obligué a recuperar el aire y a erguir la espalda, imponiendo la frialdad que necesitaba para no desmoronarme frente a él.
—Esto será solo una transacción —aclaré, clavándole los ojos con una firmeza tajante—. Sé perfectamente que tú no te enamorarás de mí y yo tampoco lo haré de ti… los dos nos odiamos. Tómalo como un negocio. Un acuerdo privado sin ataduras, sin explicaciones y con fecha de caducidad.
Sebastián entrecerró los ojos. Por un segundo, la sorpresa en su rostro dio paso a esa sonrisa magnética y peligrosa que solía dedicarme en las salas de juntas cuando cerraba un trato difícil.
—Un negocio... —repitó en un murmullo bajo, acariciando con el pulgar la comisura de mis labios—. Eres implacable hasta para esto, Valenzuela. Acepto los términos. Pero déjame advertirte algo: en este contrato, yo no pienso perder.
Se inclinó de nuevo, capturando mis labios en un beso breve pero posesivo, sellando nuestro pacto en la penumbra del jardín mientras, a lo lejos, el ruido de la gala continuaba ajeno a la tormenta que acabábamos de desatar.