Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 24: Sombras en el despacho principal
^^^ (Narrado por Camila)^^^
Los años posteriores al nacimiento de mi hijo transcurrieron como un desfile interminable de sombras, marcados por el dolor sordo de verlo crecer llamando "papá" y "mamá" a quienes me habían arrebatado el derecho de ser su madre. Aquella tragedia silenciosa y el posterior proceso de recuperación me costaron un año entero de retraso en la carrera universitaria, un tiempo en el que mi vida pareció detenerse por completo entre las cuatro paredes de mi habitación y el eco de los pasillos de mi propia casa. Sin embargo, el mundo exterior no se detiene a esperarte, y la exigencia de mi padre por integrarme al emporio familiar llegó de manera implacable tan pronto logré retomar mis estudios.
—Ya has tenido suficiente tiempo para lamentarte por tus errores, Camila —me había dicho mi padre un lunes por la mañana, con esa voz fría y cortante que no admitía réplicas—. A partir de este mes te encargarás de la supervisión administrativa en la torre corporativa. Es hora de que empieces a justificar el apellido que llevas.
Así fue como, con el pecho apretado por una mezcla de pánico y resignación, crucé por primera vez las puertas del enorme vestíbulo del grupo Valdés. Mi retraso académico y el año perdido se sentían como un lastre invisible mientras caminaba hacia los elevadores privados que conducían al despacho principal de mi padre, donde comenzaría a trabajar codo a codo con la junta directiva.
El ambiente en el piso ejecutivo era exactamente como lo recordaba: una mezcla intimidante de caoba pulida, paneles de cristal impecable y un silencio sepulcral que olía a poder y dinero. Mi padre me había citado en su oficina para asignarme los primeros expedientes de auditoría interna y presentarme al equipo de finanzas que coordinaba las operaciones clave de la compañía.
—Los informes de la última reestructuración fiscal están sobre el escritorio principal —me indicó mi padre sin levantar la vista de los documentos que firmaba con su pluma dorada—. Necesito que te pongas al corriente con el nuevo jefe de departamento de finanzas. Es un joven brillante, un economista que ha escalado posiciones por mérito puro, y quiero que te sirva de ejemplo sobre cómo se trabaja en esta empresa sin excusas ni distracciones.
—Sí, papá. En un momento me pongo con ello —respondí con voz neutra, odiando el temblor casi imperceptible que amenazaba con delatar mis nervios.
Tomé una carpeta de la mesa auxiliar y salí del despacho principal con la intención de cruzar hacia el área de finanzas para solicitar los archivos pendientes. Los pasillos de los pisos ejecutivos eran kilométricos y silenciosos, alfombrados con tonos oscuros que ahogaban el sonido de los tacones. Giré en la esquina que conectaba la gerencia con los cubículos abiertos, con la vista fija en las hojas impresas, intentando mentalizarme para esta nueva etapa de mi vida corporativa.
Y entonces, al levantar la vista, el tiempo se derrumbó.
Caminando en dirección contraria, sosteniendo una tablet con una concentración férrea y vistiendo un traje gris impecable que le quedaba a la perfección, venía él.
Máximiliano.
El aire desapareció por completo de mis pulmones, haciéndome tropezar levemente contra el marco de la pared. Los años transcurridos lo habían transformado de manera definitiva; su mandíbula estaba más marcada, su postura reflejaba una seguridad arrolladora y esa mirada profunda e intensa que conocía tan bien se proyectaba ahora con una fría madurez. Él era el brillante economista del que mi padre me acababa de hablar. El hombre que trabajaba bajo nuestras órdenes, ignorando por completo que los hilos invisibles del destino acababan de colapsar en un mismo punto, y que a escasos metros de su oficina crecía, bajo el mismo techo familiar, el hijo cuya existencia él jamás había llegado a imaginar.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto