Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap5
Los dieciocho años llegaron sin pedir permiso y con ellos comenzaron a aparecer decisiones que ninguna de las tres podía seguir posponiendo.
Hasta entonces, la vida había parecido sencilla.
Había colegio, fiestas, escapadas, fotografías y promesas hechas con la seguridad de quien todavía cree que el futuro está demasiado lejos para preocuparse por él.
Pero crecer tenía una manera cruel de demostrar que nada permanecía igual.
Una tarde, las tres estaban reunidas en casa de Zamira.
Habían pedido comida y estaban sentadas en la terraza, hablando de cualquier cosa.
Olivia hablaba de una fiesta.
Haniel revisaba unas fotografías en su teléfono.
Zamira permanecía extrañamente callada.
—Estás rara —dijo Haniel sin levantar la mirada.
—No estoy rara.
—Sí estás rara —añadió Olivia—. Llevas veinte minutos mirando el mismo punto.
Zamira soltó una pequeña risa.
—Tengo algo que decirles.
Haniel finalmente dejó el teléfono.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué esa cara?
Zamira respiró profundamente.
—Me voy.
El silencio fue inmediato.
Olivia dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Te vas a dónde?
—Del país.
Haniel la miró fijamente.
Durante unos segundos pareció no haber entendido.
—¿Qué?
—Mis padres quieren que estudie en el extranjero.
—¿Cuándo?
—En unos meses.
Olivia se quedó completamente quieta.
—¿Y recién nos estás diciendo?
—Porque no estaba segura.
—¿De qué?
Zamira bajó la mirada.
—De querer hacerlo.
Haniel se levantó.
—No.
Zamira levantó la cabeza.
—¿No qué?
—No puedes irte.
—Haniel...
—No puedes simplemente decidir que vas a otro país y dejarnos aquí.
Zamira sonrió con tristeza.
—No es tan sencillo.
Y no lo era.
Sus padres llevaban meses hablándole del futuro.
La familia tenía una empresa importante y querían que Zamira estuviera preparada para formar parte de ella.
No bastaba con que heredara un apellido.
Querían que aprendiera.
Que estudiara administración, finanzas y negocios.
Que conociera otros mercados.
Que aprendiera idiomas.
Querían enviarla al extranjero para que regresara con una preparación que algún día le permitiera ocupar un puesto dentro de la empresa familiar.
Para sus padres, aquello era una oportunidad.
Para Zamira, era también una responsabilidad.
—Papá dice que algún día tendré que ocupar un puesto en la empresa —explicó—. Quiere que conozca cómo funcionan las cosas antes de entrar.
Olivia suspiró.
—¿Y tú quieres hacerlo?
Zamira tardó en responder.
—Sí.
Haniel cruzó los brazos.
—Entonces no entiendo por qué estás triste.
Zamira la miró.
—Porque también quiero quedarme.
Aquello fue suficiente para que Haniel bajara la mirada.
Esa noche, ninguna de las tres habló de la fiesta.
Ni de hombres.
Ni de vestidos.
Ni de fotografías.
Hablaron de Zamira.
De dónde viviría.
De cómo sería estudiar lejos.
De cuánto tiempo estaría fuera.
Y, sobre todo, de cómo cambiaría todo.
—Seguiremos hablando todos los días —prometió Olivia.
—Claro.
—Videollamadas.
—Claro.
—Y cuando vuelvas, vamos a salir como antes.
Zamira sonrió.
—Como antes.
Haniel permaneció callada.
Ella sabía que las promesas eran bonitas.
Pero también sabía que el tiempo tenía la costumbre de romperlas.
Los siguientes meses pasaron demasiado rápido.
Zamira comenzó a prepararse para el viaje.
Sus padres estaban orgullosos.
Su madre organizaba documentos.
Su padre hablaba constantemente de la universidad y de la empresa.
Todo estaba perfectamente planeado.
Excepto una cosa.
Ninguno de ellos sabía que Zamira tenía miedo.
No de estudiar.
No del país nuevo.
No de estar sola.
Tenía miedo de perder aquello que había construido con Olivia y Haniel.
Una noche, Haniel fue a verla.
Encontró varias cajas sobre el suelo.
—¿Ya empezaste?
—Sí.
Haniel tomó una fotografía.
Era una foto de las tres.
Las tres tenían el cabello despeinado por el viento y estaban riéndose.
—Éramos unas niñas.
—Todavía lo somos.
(Haniel sonrió.)
—No por mucho tiempo.
Zamira la miró.
—¿Tú vas a cambiar?
—Todo el mundo cambia.
—Tú más que nadie.
(Haniel dejó la fotografía.)
—¿Eso es malo?
—No necesariamente.
(Zamira hizo una pausa.)
—Solo espero que cuando regrese todavía pueda reconocerte.
Haniel sonrió.
—Siempre vas a reconocerme.
Pero ninguna de las dos sabía si eso sería cierto.
El día de la despedida llegó.
Olivia lloró desde antes de llegar al aeropuerto.
—No voy a llorar —había prometido.
Lloró.
Mucho.
Zamira intentó mantenerse fuerte.
Haniel fue la única que no derramó una lágrima.
O eso parecía.
—Cuídate —le dijo a Zamira.
—Tú también.
—Y no te olvides de nosotras.
Zamira sonrió.
—Imposible.
Se abrazaron.
Primero Olivia.
Después Haniel.
Cuando se separaron, Zamira miró a sus dos amigas.
—Prométanme algo.
—Lo que sea —respondió Olivia.
—No dejen de vivir.
Haniel sonrió.
—Eso jamás.
Zamira tomó su equipaje.
Caminó unos pasos.
Después se detuvo y volvió la mirada.
Las tres se observaron durante unos segundos.
Entonces Zamira desapareció entre la gente.
Haniel permaneció inmóvil.
Olivia lloraba a su lado.
—Se siente raro —murmuró.
Haniel asintió.
—Sí.
Por primera vez desde que se habían conocido, no estaban las tres.
Solo quedaban dos.
Esa misma noche, Haniel recibió un mensaje.
Era de Zamira.
Llegué bien. Las quiero.
Haniel sonrió y respondió:
Nosotras también.
Apagó el teléfono.
Y cuando estaba a punto de dormir, recibió otro mensaje.
Esta vez de un número desconocido.
No tenía nombre.
Solo decía:
Cuida bien a tus amigas. No todos los que están cerca de ustedes son quienes dicen ser.
Haniel frunció el ceño.
Volvió a leerlo.
Una vez.
Dos veces.
Después escribió:
¿Quién eres?
No recibió respuesta.
Esperó unos minutos.
Nada.
Intentó llamar.
El número estaba apagado.
Haniel permaneció sentada en su cama, mirando la pantalla.
Podía ser una broma.
Alguien intentando asustarla.
O simplemente un mensaje equivocado.
Decidió ignorarlo, bloqueó el número y se acostó. Pero aquella noche tardó mucho en quedarse dormida.
Porque, aunque todavía no podía saberlo, aquel mensaje sería el primero de muchos.
Y mientras Zamira comenzaba una nueva vida al otro lado del mundo, Haniel estaba a punto de descubrir que crecer significaba algo más que cumplir años.
Significaba entrar en un mundo donde las personas podían sonreírte mientras escondían un cuchillo detrás de la espalda.
Un mundo donde el dinero podía comprar silencio.
Donde un apellido podía abrir cualquier puerta.
Y donde un secreto bien guardado podía valer más que una vida.
Haniel todavía no sabía quién había enviado aquel mensaje.
Pero una cosa sí sabía.
Alguien las estaba observando.