Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 23: Valentina
El parto duró nueve horas.
Lucía no lo recordaría todo después. Recordaría los dolores, fuertes, seguidos, como olas que no le daban tregua. Recordaría la mano de Alejandro, apretada contra la suya, sudada, firme. Recordaría la voz de la doctora, tranquila, diciendo que empuje, que ya casi está, que lo está haciendo muy bien. Recordaría a Sofía, en la sala de espera, con una enfermera, dibujando un sol amarillo en un papel.
Y luego recordaría el llanto.
Un llanto fuerte, claro, llenando la sala. La enfermera la puso sobre su pecho, pequeña, húmeda, caliente. Lucía la miró. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, llorando con todas sus fuerzas. Era suya. Era de ella. Después de dos vidas, después de todo el dolor, después de la traición y el miedo, esta niña era suya.
—Es una niña —dijo la doctora, sonriendo—. Pesa tres kilos doscientos. Muy sana.
Alejandro estaba de pie al lado de la camilla. Tenía la cara blanca. Tenía los ojos húmedos. No se había movido en toda la noche. No había soltado la mano de Lucía ni un minuto. Cuando vio a la niña, cuando la oyó llorar, se le rompió la voz.
—¿Puedo cogerla? —preguntó.
Lucía asintió. La enfermera se la pasó. Alejandro la recibió en brazos como si fuera de cristal. La miró. La niña abrió los ojos. Eran oscuros, grandes, iguales a los de él.
—Hola —le dijo, con la voz rota—. Hola, Valentina.
Habían acordado el nombre semanas atrás. Si era niña, Valentina. Si era niño, Sebastián. Era niña. Se llamaba Valentina.
Sofía entró en la habitación una hora después. Corrió hacia la cama, se subió de un salto, y miró a la bebé con los ojos muy abiertos.
—¿Es mi hermana? —preguntó.
—Sí, mi amor —dijo Lucía—. Es Valentina.
Sofía la tocó con un dedo, muy despacio, en la mejilla. Valentina se movió. Hizo un ruido pequeño. Sofía se echó a reír.
—Es chiquitita —dijo—. Yo la voy a cuidar. Yo la voy a proteger.
Lucía la abrazó con el brazo libre. Miró a Alejandro, que seguía sentado al lado de la cama, sin apartar la vista de Valentina. Miró por la ventana. El sol de la mañana entraba en la habitación. Afuera, el mundo seguía igual. Pero dentro, todo era diferente.
La prueba de ADN llegó una semana después.
No hacía falta. Los dos lo sabían. Los ojos de Valentina eran los de Alejandro. La forma de su nariz era la de Alejandro. Incluso el modo en que fruncía el ceño cuando tenía hambre era igual al de Alejandro cuando algo no le gustaba. Pero la hicieron igual. Para que constara. Para que no hubiera dudas. Para que Valentina tuviera un apellido, un padre, una familia.
El resultado llegó por correo. Alejandro lo abrió en la cocina de la granja, con Lucía al lado, con Valentina durmiendo en la cuna. Lo leyó. Se quedó quieto. Luego se rió. Una risa baja, aliviada.
—Es mía —dijo—. Es mi hija.
—Ya lo sabíamos —dijo Lucía, sonriendo.
—Sí —dijo él—. Pero ahora lo sabe todo el mundo.
Esa tarde, alguien llamó a la puerta.
Lucía estaba amamantando a Valentina. Alejandro fue a abrir. Cuando volvió a la cocina, tenía una expresión rara en la cara.
—¿Quién era? —preguntó Lucía.
—Tu padre —dijo Alejandro.
Lucía se quedó quieta. Valentina seguía mamando, tranquila. Sofía jugaba en el suelo con los bloques de madera.
—¿Qué quiere? —preguntó ella, con la voz más fría de lo que pretendía.
—Quiere verte —dijo Alejandro—. Dice que quiere conocer a su nieta. Dice que lo siente.
Lucía no dijo nada durante mucho rato. Miró por la ventana. Los campos. El gallinero. El árbol que su madre había plantado cuando Lucía era pequeña. Su padre no había venido a la granja en más de un año. No había llamado. No había preguntado por Sofía. Había elegido a Elena. Había elegido a Carlos. Había elegido el dinero antes que a su propia hija.
—Dile que pase —dijo por fin.
Alberto Fernández entró en la cocina. Estaba más viejo. Más delgado. Tenía el pelo más blanco. Llevaba una caja de galletas en la mano, como si eso fuera a arreglarlo todo. Se detuvo en el quicio de la puerta, sin atreverse a entrar del todo.
—Lucía —dijo, y la voz le tembló.
—Papá —dijo ella.
No le dijo que pasara. No le dijo que se sentara. Solo lo miró. Él la miró a ella. Miró a Valentina, en sus brazos. Miró a Sofía, que lo miraba con desconfianza. Miró a Alejandro, de pie al lado de la mesa, con los brazos cruzados.
—He venido a pedirte perdón —dijo Alberto—. He hecho mal. Te he fallado. He creído a Elena. He creído a Carlos. Te he dejado sola cuando más me necesitabas. No tengo excusa. Solo quería que supieras que lo siento. Que me arrepiento.
Lucía lo escuchó. No sentía rabia. No sentía alegría. Sentía algo parecido a la tristeza. Por el hombre que había sido su padre. Por los años que se habían perdido. Por la niña que ella había sido, esperando que su padre la defendiera, y que nunca lo hizo.
—Yo te perdono —dijo por fin—. Pero no olvido. No puedo olvidar. No puedo fingir que no pasó nada. No puedes volver a ser el papá que era antes. Ese se acabó. Pero puedes conocer a Valentina. Puedes venir a visitarla. Puedes ser abuelo. Si quieres.
Alberto se echó a llorar. No hablaba. Solo lloraba, de pie en la puerta de la cocina, con la caja de galletas en la mano. Alejandro se acercó y le ayudó a sentarse en una silla. Sofía se acercó despacio, lo miró, y luego le dio un bloque de madera.
—Este es para ti —dijo la niña.
Alberto la miró. La cogió. La abrazó. Sofía se dejó abrazar, un poco rara, pero no se escapó.
Lucía miró la escena. Su padre llorando con Sofía en brazos. Alejandro sentado al lado, dándole palmadas en la espalda. Valentina durmiendo en la suya. El sol de la tarde entrando por la ventana. El olor a café recién hecho. El ruido de las gallinas afuera.
Por primera vez en dos vidas, Lucía se sintió en paz.
No era una paz perfecta. Todavía había heridas. Todavía había miedo. Todavía había noches en que se despertaba sudando, soñando que volvía a envenenarla. Pero ahora, cuando se despertaba, Alejandro estaba a su lado. Ahora tenía dos hijas. Ahora tenía una casa, un negocio, una vida que ella misma había construido, con sus manos, con su esfuerzo, sin pedirle nada a nadie.
Valentina se movió. Abrió los ojos. Miró a su madre. Lucía le dio un beso en la frente.
—Te quiero —le susurró—. Te quiero más que a nada.
La bebé la miró. Luego cerró los ojos. Se durmió.
Afuuera, el sol se ponía detrás de los campos. La vida seguía. Y por primera vez, Lucía tenía ganas de vivirla.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨