Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 11
...Santi....
La casa olía a polvo.
Siempre olía a polvo. A cortinas que nadie abría, a platos que nadie usaba. Doscientos metros cuadrados de silencio.
Mi padre llamaba los domingos. A veces. La conversación duraba tres minutos.
Mi madre se fue cuando yo tenía nueve. Una maleta junto a la puerta un martes por la mañana y el sonido de sus tacones alejándose por el pasillo. Yo estaba comiendo cereal. Froot Loops. Me acuerdo del color de la leche volviéndose rosa. Me acuerdo de que no levanté la cabeza hasta que el motor del taxi arrancó.
Después, nada. La señora del servicio dejaba comida en el refrigerador con etiquetas: Lunes. Martes. Miércoles. El jueves y el viernes me las arreglaba solo.
A los catorce conseguí trabajo en la cocina de un restaurante cerca del colegio. El chef tenía cicatrices de quemadura en los antebrazos y cero paciencia. Me enseñó a sostener un cuchillo, a picar cebolla sin llorar. Me gritaba. Me tiraba trapos a la cabeza. Era la primera persona en años que se tomaba la molestia de corregirme.
La cocina olía a ajo, a grasa, a cilantro quemado. Me encantaba, porque era lo contrario de mi casa.
Ahí la vi por primera vez. Entró con el uniforme del colegio, la mochila colgando de un hombro. Pidió arroz con pollo y se sentó sola junto a la ventana. Sacó un cuaderno y empezó a escribir mientras comía.
Yo tenía dieciséis años y no sabía qué era eso que me apretó el pecho.
Volvió al día siguiente. Y al otro. Siempre el mismo plato. Siempre sola. Empecé a servirle porciones más grandes sin que nadie se diera cuenta. Le ponía la pieza de pollo más jugosa. Ella nunca levantó la vista hacia la cocina.
En el colegio era peor. Dos salones adelante. La veía en el pasillo, en el patio. Cada vez que la veía, algo se me trababa en la garganta. Hice lo que hacen los imbéciles de dieciséis años que nunca han recibido afecto: la molesté.
Le escondí los cuadernos. Le dije cosas crueles. Una vez —y esto me persigue, me va a perseguir hasta que me muera— le arranqué la bufanda del cuello y la tiré en el balde de desperdicios. Una bufanda con bordado francés. Ella no lloró. Se quedó parada mirando el balde con los puños apretados.
Esa noche la saqué. La lavé cinco veces. La sequé a temperatura baja para no arruinar el bordado. Se la dejé en su escritorio antes de que llegara al día siguiente.
También fui yo el que le devolvió el monedero. El que le compraba útiles cuando la veía usando lápices mordidos. El que dejó un paraguas en su casillero un día de tormenta.
«Mientras exista alguien a quien quieras ver, nunca estarás solo.»
Dejé de sentir la casa vacía, porque cada mañana tenía un motivo para salir de ella.
Un día, en el pasillo del tercer piso, la escuché. Se recargó contra la pared, miró hacia el cielo por la ventana y dijo:
—Quiero volar.
Lo dijo así. Simple. Yo tenía diecisiete años. Al día siguiente busqué los requisitos para la academia de aviación.
Todo desde entonces. La academia, las horas de vuelo, la licencia, el traslado a su ciudad, el contrato con la aerolínea donde ella hacía prácticas. Todo fue ella.
Y cuando me ofrecieron el matrimonio —el arreglo frío, el acuerdo entre familias que ni siquiera la consultaron— dije que sí antes de que terminaran la frase.
Porque iba a estar cerca. Porque iba a poder cocinarle cada mañana si me dejaba. Porque si existía una sola posibilidad de que me viera —de que realmente me viera— iba a esperarla.
Llevo esperando diez años. Puedo esperar más.
...Santi....
El aceite chisporroteó cuando solté las rebanadas de pan francés. Canela, vainilla, ralladura de naranja. Doradas, nunca quemadas. Fresas en abanico, un hilo de miel de maple.
Café. Negro para mí. Para ella, con leche de avena y media cucharada de azúcar morena. Nunca me lo dijo.
Sus pasos en la escalera. Se detuvo en el umbral de la cocina. Pelo suelto, una camiseta que le quedaba grande, los ojos medio cerrados.
—¿Qué hora es? —murmuró.
—Las siete.
—¿Por qué huele tan bien?
No contesté. Puse el plato frente a ella. El café al lado.
Se sentó. Miró el plato. Me miró a mí.
—¿Cómo sabes que me gusta con naranja?
—Come.
Cortó un pedazo. Se lo llevó a la boca. Cerró los ojos un segundo, y yo me di la vuelta hacia la estufa para que no viera lo que eso me hizo.
...Nina....
Las tostadas estaban perfectas. El punto exacto de canela que me gusta. La leche de avena en el café. Cosas que nunca le dije a nadie.
Lo observé moverse por la cocina. Cocinaba como alguien que lleva años haciéndolo.
Mi teléfono vibró. Camila.
—¡Arriba! Video promocional. Aeropuerto, hangar cuatro, a las diez. Cámara buena, lente larga. Que Santiago se ponga el uniforme.
Colgó antes de que pudiera responder.
—La grabación —dije.
Santiago asintió sin darse vuelta.
...Nina....
El hangar cuatro olía a combustible y metal caliente.
Camila dirigía la grabación con su tablet. La tripulación caminaba en fila sobre la pista, el sol de las once rebotando contra el fuselaje de un 737.
Santiago iba al centro. Gorra de capitán, charreteras doradas. Yo filmaba con la Canon, lente de 70-200.
—¡Corte! —gritó Camila—. Nina, necesito una toma desde más adelante. Muévete hacia la izquierda, cerca del A320.
Me moví.
—Nina.
La voz vino de atrás. Regina. Uniforme impecable, sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Si te pones por allá —señaló hacia el frente del A320—, te queda la turbina de fondo. Increíble para el encuadre.
Parecía un buen ángulo. Caminé hacia la posición. La cámara contra el ojo, acercándome al morro del avión, ajustando el zoom.
No escuché la turbina. Pruebas de motor en tierra. El aire empezó a tirar de mi ropa. Un jalón suave primero, después más fuerte.
—¡FUERA DE AHÍ!
El grito cruzó toda la pista.
Vi a Santiago lanzarse. Las piernas comiendo metros, la gorra volando, el uniforme tensándose contra el cuerpo. Vi el pánico en su cara y entendí que algo estaba muy, muy mal.
Me golpeó de lleno.
Me aplastó contra su pecho, giró, me sacó del radio de succión en un movimiento que me levantó del suelo. Rodamos. El asfalto me raspó la rodilla. Y en el giro —la correa de mi cámara se tensó y la hebilla de acero le cruzó el antebrazo izquierdo como un cuchillo.
Se abrió la piel.
La sangre brotó inmediata. Roja. Espesa. Empapando la manga blanca del uniforme en segundos.
...y todo se detuvo. Yo me detuve.
Rojo. Rojo sobre blanco. Rojo extendiéndose.
«Mami.»
La cocina. Ocho años. Mi madre sentada en el piso con las muñecas abiertas. Sangre en las baldosas. Sangre en las manos que me habían mecido para dormir.
«Mami, levántate.»
Los bordes de mi visión se oscurecieron. Vi la boca de Santiago moverse pero no escuché nada.
Negro.
...Santi....
La atrapé con el brazo que todavía funcionaba.
Su cuerpo se desplomó como si le hubieran cortado los cables. La sostuve contra mi pecho con el brazo derecho. El izquierdo me colgaba, inútil, sangrando sobre el asfalto.
—¡Paramédicos! —grité—. ¡Ahora!
Camila llegó corriendo.
—Santi, tu brazo...
—A ella primero.
—Estás sangr—
—A ella. Primero.
Los paramédicos la subieron a una camilla. Le puse mi gorra debajo de la cabeza porque la almohada era demasiado delgada.
En la clínica me sentaron en una silla. La enfermera cortó la manga de mi uniforme. Cuatro puntos. La aguja entró y salió y yo no miré la sutura. Miré la cortina verde detrás de la cual estaba Nina.
—¿Ya despertó? —pregunté por tercera vez.
—Señor Reverte, si no deja de moverse le va a quedar una cicatriz.
—¿Ya despertó?
La cortina se abrió diez minutos después. Nina estaba sentada, pálida, un vaso de jugo entre las manos.
Sus ojos bajaron hacia mi brazo. La gasa. La mancha roja filtrándose.
Su mano se levantó hacia mí. Se detuvo a medio camino. Los dedos le temblaban. Apretó el puño y lo bajó.
Me jalé la manga, cubriendo la venda.
—No es nada.
—Te pusieron cuatro puntos.
—Tres.
—La enfermera dijo cuatro.
—No estaba contando.
Apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Regina me llevó hasta ahí —susurró—. Me dijo que ahí quedaba mejor la toma.
Mi mano derecha se cerró. Lento. Cada dedo contrayéndose hasta que los nudillos tronaron. Uno por uno.
Camila, detrás de nosotros, sacó su teléfono. Vi el nombre de Marcos en la pantalla.
...Nina....
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre empapando su manga. Y debajo, veía las muñecas de mi madre.
Me levanté. Las once de la noche. Subí las escaleras en calcetines. Su cuarto estaba al fondo del pasillo.
La luz se filtraba por debajo de la puerta.
Y el sonido del agua.
Me detuve. La regadera estaba abierta. Los puntos no podían mojarse. Se lo había dicho la enfermera. Se lo había dicho Camila. Se lo dije yo en el auto.
Toqué la puerta.
—Santiago, los puntos no se pueden mojar.
El agua siguió corriendo.
—Santiago.
Nada.
Giré la manija. Empujé. Su cuarto olía a él. Colonia, algo amaderado. La puerta del baño estaba entreabierta, el vapor saliendo como niebla.
El vidrio esmerilado dejaba ver su silueta. Parado bajo el chorro, la cabeza agachada, el brazo izquierdo contra el pecho. La gasa chorreaba hilos rosados por el desagüe.
—¿Eres idiota?
Abrí la puerta de la regadera. El vapor me golpeó la cara.
Santiago levantó la cabeza. El agua le corría por el pelo, la cara, los hombros. Tenía los ojos rojos. De cansancio. De algo que no supe nombrar.
—Sal de ahí.
—Nina. Estoy en la regadera.
—Sí, con cuatro puntos abiertos. Sal.
Cerró la llave. Salió. Toalla alrededor de la cintura, nada más. El agua escurriendo por los abdominales, la línea de las caderas. La herida del antebrazo roja, hinchada, los puntos irritados por el agua caliente.
El baño era pequeño. Retrocedí y mi espalda golpeó el lavabo. Él dio un paso y estuvimos demasiado cerca.
—Necesitas una venda nueva —dije. Mi voz salió demasiado baja.
—Hay gasas en el cajón de abajo.
Me agaché. Abrí el cajón. Gasas, cinta, antiséptico. Cuando me levanté él no se había movido.
—Dame el brazo.
Me lo dio.
Le quité la gasa mojada. Los puntos habían aguantado pero la piel alrededor estaba enrojecida. Apliqué antiséptico. Él no se movió. No hizo un sonido.
Le envolví el antebrazo con gasa nueva. Cinta. Mis dedos se demoraron más de lo necesario sobre su piel. Lo supe. Él lo supo.
Levanté la vista.
Me estaba mirando de una forma que me secó la boca. Su mano derecha —la que podía usar— se apoyó en el lavabo detrás de mí. Quedé atrapada entre el mármol y su cuerpo.
—Nina.
—¿Qué?
—Vete.
—¿Por qué?
—Porque si no te vas en los próximos tres segundos, no voy a poder dejarte ir.
No me fui.
La toalla resbaló. O él la soltó. O la gravedad decidió ponerse del lado de alguien. Su boca me encontró y el sonido que hice contra sus labios fue algo que nunca había escuchado salir de mí.
Con un solo brazo me levantó del suelo. Mi espalda contra los azulejos fríos. Su boca en mi cuello, mi clavícula, el hueco debajo de mi oreja. El agua de su cuerpo empapándome la camiseta hasta que dejó de importar.
—Los puntos —jadeé.
—Se aguantan.
—Santiago...
—Dilo otra vez.
Lo dije. Lo dije hasta que dejé de poder decirlo.
Con un solo brazo bueno, era así de intenso.
Con los dos, me habría destruido.
Me desperté en mi cuarto. En mi cama. Cobijas hasta la barbilla, la almohada acomodada exactamente como me gusta, un vaso de agua en el buró.
Él me había cargado de vuelta.
Junto al vaso, una nota. Su letra apretada, inclinada, casi ilegible:
«Dejé fruta en el refrigerador.»
Me tapé la cara con la almohada.
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