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Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Cinco años después, el magnate me quiere de vuelta

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Embarazo no planeado / Malentendidos / Dejar escapar al amor / Enfermizo / Completas
Popularitas:369.1k
Nilai: 4.6
nombre de autor: Galaxy

Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.

Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:

—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.

Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.

Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:

—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!

¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.

Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.

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Capítulo 21

Capítulo 21: La comida de reconocimiento

Los Fuentes no preguntaron. Decidieron.

Don Aurelio Fuentes y su esposa, Doña Marisol, eran los padres de Camila: dueños de una distribuidora farmacéutica próspera, gente de dinero viejo y de modales cálidos, de esa clase rara que tiene mucho y no necesita restregarlo. Habían visto a Valentina sostener a su hija sola, levantar a su comadre de cada caída, no doblarse ante los Salazar, y un día Doña Marisol simplemente declaró, en su cocina, que esa muchacha merecía una familia que la cuidara, y que ellos serían esa familia.

Y los Fuentes, cuando decidían algo, lo hacían con salón de eventos.

La comida de reconocimiento fue un domingo. No era una fiesta de etiqueta asfixiante; era un convivio grande, con mariachi, con mesas largas, con los amigos y socios de los Fuentes. Pero para Valentina, que en su vida había sido el centro de algo bonito, fue abrumador. Doña Marisol la recibió en la puerta, la tomó de las manos, y delante de todos anunció:

—A partir de hoy, Valentina es nuestra ahijada. Quien la respete a ella nos respeta a nosotros. Y quien la ofenda… ya saben cómo somos los Fuentes para los rencores. —Risas cálidas en el salón—. Hija, acércate.

Le pusieron en la muñeca una pulsera antigua, una reliquia de la familia que había sido de la madre de Don Aurelio.

—Esto se le da a las hijas de la casa —dijo el viejo, con los ojos húmedos, cerrándole el broche—. Y tú, desde hoy, eres una hija de esta casa.

A Valentina se le quebró algo por dentro, de lo bueno, de lo que no sabe una recibir. Llevaba toda la vida dando: cuidando a su madre enferma, a su hija sola, a su comadre, sin que nadie la cuidara a ella. Y ahora un señor de bigote cano y una señora de rebozo fino la reclamaban como hija delante de un salón entero, sin pedirle nada, sin contrato, sin condiciones. Tuvo que morderse el labio para no llorar como una niña. Pensó en Renata, en lo que habría dado su madre por verla así, rodeada, elegida. Pensó, sin querer, que esto —y no las rosas caras ni las casas con pérgola— era lo que de verdad le había faltado toda la vida: gente que se quedara.

—No sé qué hice para merecer esto —alcanzó a decir.

—Existir, mija. —Doña Marisol le acomodó un mechón, como hacen las madres—. A veces con eso basta. Deja de creer que todo lo bueno se paga. Hay cosas que se regalan.

Dulce, a su lado, aplaudía sin entender del todo, feliz de ver a su mamá feliz, y enseguida le preguntó a Don Aurelio si ahora él era su abuelo "de verdad", a lo que el viejo contestó que sí, que abuelo postizo pero de los buenos, y se la subió a las piernas. Camila lloraba y reía al mismo tiempo: "ya somos hermanas de a de veras, comadre".

Y entonces empezaron a llegar las flores.

Primero Cristóbal. Entró con un ramo enorme de azucenas blancas, elegante sin estridencia, y se las entregó a Valentina con una inclinación.

—Felicidades, maestra. Una familia que la elige es lo más bonito que le puede pasar a alguien. —Sonrió—. Las azucenas son por la música. Limpias, como cuando toca usted.

El salón entero tomó nota: el guapo de Monterrey cortejaba a la nueva ahijada de los Fuentes. Joana, invitada por amistades en común, lo registró desde su mesa con cara de vinagre y empezó a teclear en el teléfono.

Y cuando Valentina apenas acomodaba las azucenas, las puertas del salón se abrieron otra vez.

Entraron dos empleados cargando un arreglo descomunal: cien rosas. Pero no rojas. Azules. Cien rosas azules, de un azul imposible, irreal, que no existe en la naturaleza y que alguien había mandado teñir a propósito. Detrás de las rosas entró Maximiliano Argüello, de traje oscuro, sin prisa, dueño del aire de cualquier lugar al que llegaba.

El murmullo recorrió el salón. Todos sabían quién era. Pocos sabían qué hacía ahí.

—Argüello —saludó a los Fuentes con una cortesía impecable—. Vine a felicitar a su ahijada. —Hizo que dejaran las rosas frente a Valentina, junto a las modestas azucenas de Cristóbal, aplastándolas con el puro tamaño—. Cien rosas azules. ¿Sabes por qué azules? —Le habló solo a ella, pero con la voz suficiente para que se oyera—. Porque el azul es el color del deseo imposible. De lo que se quiere y no se puede tener. —Sus ojos rozaron a Cristóbal medio segundo—. Algunas cosas, por más que las riegue uno, no van a florecer nunca. Conviene saberlo a tiempo.

Era una doble flecha: a ella, recordándole lo suyo; a Cristóbal, advirtiéndole que perdía el tiempo. Valentina sintió el calor subirle a la cara, entre la furia y otra cosa que no quería nombrar.

Don Aurelio, que de tonto no tenía un pelo, observó la escena con los ojos entrecerrados: dos hombres poderosos llenando de flores a su ahijada el mismo día. Se inclinó hacia Doña Marisol y le murmuró algo que la hizo reír por lo bajo. Después le dijo a Valentina, en voz baja, paternal:

—Hija, no te dejes apantallar por flores caras. El que vale no es el que más gasta, es el que más se queda. Tú nada más fíjate en quién sigue ahí cuando ya no hay fiesta. —Le palmeó la mano—. Y mientras tanto, disfruta. Hoy es tu día, no el de ellos.

El consejo le aflojó los hombros. Tenía razón el viejo. Por un día, podía dejar que dos imperios se pelearan a su alrededor mientras ella comía pastel con su hija. Pero los dos imperios no pensaban dejarla en paz.

El mariachi arrancó un vals. Cristóbal, siempre un caballero, le tendió la mano a Valentina.

—¿Me concede la primera pieza? Como amigo. Sin segundas intenciones, lo juro. —Y, bajito, con humor—: aunque ese señor me fulmine con la mirada.

Valentina aceptó, por dignidad, por no dejarse arrinconar por las rosas azules de nadie. Bailaron una vuelta, dos, Cristóbal ligero y respetuoso, sosteniéndola a una distancia decente, contándole tonterías para hacerla reír y aflojarle la tensión de los hombros.

—No mire para allá, pero su magnate parece que va a mandar a alguien a apagarme las luces —le dijo Cristóbal, divertido—. Maestra, una pregunta de amigo. ¿Usted lo quiere a él?

—No sé de qué me habla —mintió Valentina.

—Claro que sabe. —Cristóbal sonrió sin rencor—. Mire, yo no vine a competir con nadie. Si su corazón ya tiene dueño, yo me hago a un lado con una sonrisa, le doy clases a Ceci y tan amigos. Pero si algún día no lo tiene… —giró suave—. nada más quiero que sepa que existe una manera tranquila de querer. Sin rosas teñidas ni amenazas al oído. Ya. No digo más.

Valentina no supo qué contestar, y la honestidad sencilla de ese hombre le dolió casi tanto como las flechas del otro.

No llegaron a la tercera vuelta.

No llegaron a la tercera vuelta.

Una mano se posó en el hombro de Cristóbal, firme.

—Permítame. —No era una pregunta. Maximiliano ya estaba ocupando el lugar, una mano en la cintura de Valentina, la otra tomando la suya, girándola lejos del otro hombre antes de que nadie alcanzara a protestar. Cristóbal, demasiado educado para hacer una escena en la fiesta de los Fuentes, cedió con una inclinación de cabeza y una sonrisa apretada.

Maximiliano la pegó a él más de lo que el vals pedía.

—Recuerda a quién perteneces —le dijo al oído, bajo, áspero—. Firmaste un papel. No bailas valses con maestros de piano de Monterrey.

Y ahí Valentina dejó de tener miedo.

—Yo no le pertenezco a usted, señor Argüello. —Lo miró a los ojos, sin perder el paso, sonriendo para la galería mientras le clavaba cada palabra—. Le firmé un contrato por la salud de mi hija. Compró mi tiempo, no mi persona. Y desde luego no compró el derecho a decidir con quién bailo en la fiesta de mi familia. —Apretó apenas los dedos sobre su hombro—. Sus rosas son preciosas. Pero el azul, ¿no me dijo?, es el color de lo que no se puede tener. Empiece usted por creérselo.

Algo relampagueó en los ojos de Maximiliano: rabia, sí, pero debajo, admiración, deseo, y ese desconcierto de hombre que descubre que la mujer que creyó comprar no se vende entera. No contestó. La sostuvo el resto de la pieza en silencio, demasiado cerca, con el corazón —ella lo sentía contra el suyo— latiéndole más rápido de lo que su cara de hielo permitía. Por un segundo, en mitad del salón, los dos se quedaron mirándose como si no hubiera nadie más, y a Valentina le costó un esfuerzo físico recordar que estaba enojada, que tenía que estar enojada, que dejar de estarlo era exactamente la trampa.

El vals terminó. Ella se separó con una reverencia perfecta y se fue a abrazar a su nueva madrina sin mirar atrás, aunque sintió la mirada de él clavada en la espalda todo el camino.

Maximiliano se quedó en medio de la pista, con cien rosas azules pudriéndose lentamente en una mesa y una mujer que acababa de ganarle delante de todos.

Sacó el teléfono. Escribió un mensaje. Lo mandó.

En la bolsa de Valentina, minutos después, vibró la pantalla.

"Esta noche en Casa de la Lluvia. Trae a Dulce. Tenemos que hablar. Y no es sobre el contrato."

Valentina leyó el mensaje dos veces. "Y no es sobre el contrato." Esas seis palabras la asustaron más que todas las rosas azules del mundo. Porque si no era sobre el contrato, entonces era sobre lo otro. Sobre lo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

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Bea Tastro
hay mucha incoherencia en unos capítulos Valentina y su papá eran muy cercanos , ella le decía papá ahora vuelven al distanciamiento inicial, el dejo a Renata embarazada ahora según ya Valentina tenía 4 años ??
Bea Tastro
Valentina creo que le quito el tetero al niño Jesús.
Silvina Claudia Rodrigo
Max cobarde mil veces cobarde ,te mereces todo lo q te pasa
Silvina Claudia Rodrigo
Es buen hombre Maxi ,la ama de verdad y la espera hace 5 años , Valentina también lo ama ,nunca dejó de quererlo ,que baje la guardia un poquito y se de la oportunidad de ser feliz junto a Max y la nena
Mártá Orti Bia
realmente parece una novela para niños o para retrasados mentales no tiene personalidad los protagonistas horribles a Dios
Edith Zenteno
el hizo un ADN ho no? cuando cogio un pelo de dulce en el auto ?
Edith Zenteno
no tengo claro el padre de Dulce es Max? pero se caso con Bruno?
Haydee Neyra
gracias hermosa historia
Cliente anónimo
La propia novela, me gustó
Mari Marisbah
las cuentas no cuadran el anillo de lo dió a los 17 años y después de 18 años se lo vuelve a dar y la niña tiene 6 años no cuadra
Alejandra Sanchez
excelente autora gracias
Mary Salazar
fascinante 👏👏👏👏👏👏
Mary Salazar
por qué tiene que ser así es injusto nunca por más que lucha todo llega a su fin y la felicidad de ella su dolor su orgullo /Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob//Sob/
Graciela Calcaterra
Yo no entiendo autora están en un país y en el otro capítulo están en otro,no hay coherencia.Estas alargando la novela con tonterías, en este tiempo ya no hay gente que se dejé humillar y manipular de esta manera.No leo más,te falta
mucho para atrapar a los lectores, coherencia por favor
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Tan triste saber que de todo este montaje diabólico, las únicas que sufrieron y pagaron deudas ajenas, fueron Renata y Valentina, porque Néstor, por muy agraviado que se sintiera, rehizo su vida al lado de quién destruyó la de la esposa, si analizamos bien , fue cómplice sumiso, juzgó y condenó, Maximiliano siempre ha sido aguevardo, le tocó casi ver morir a Valentina, para reaccionar, aunque a mí manera de pensar, hay heridas que aunque sanen, dejan cicatrices imborrables, recordatorios constantes, difícil vivir con eso. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Parece la historia de dos niños inmaduros y caprichosos. 🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Maximiliano es una peste, solo falta que con la suerte y la falta de carácter de Valentina, queden juntos. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Hombre estúpido, con una mamá podrida, hasta mejor que Valentina no le dijo lo de Dulce, porque la habría echado sola, quitándole a la niña. 🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Valentina, como que mató un perrito en otra vida, le pasa de todo lo malo. 🤔🤨🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Alma Zarate
muy hermosa novela 😍
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