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La Esclava Del Conquistador

La Esclava Del Conquistador

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

La esclava del conquistador

Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.

Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.

Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.

En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.

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El Banquete y la Sentencia

El resto de la noche se desarrolló con un ritmo cuidadosamente calculado. Medido. Ininterrumpido. Como si cada momento hubiera sido ensayado mucho antes de que nadie cruzara las puertas del salón. Las copas se alzaban una y otra vez. Las risas estallaban, contenidas y perfectas, nunca demasiado altas, nunca demasiado libres, moldeadas para encajar con lo que se esperaba de cada uno. Las palabras fluían pulidas, refinadas, dichas por bocas entrenadas desde generaciones para decir exactamente lo conveniente y nada más.

Bendiciones de prosperidad que nadie esperaba ver cumplidas. Promesas de lealtad que se desvanecerían con el primer cambio de viento. Elogios repetidos hasta el cansancio, como si la repetición sola pudiera convertir la lisonja en verdad. Pero nada de eso tenía peso real. Era todo apariencia, un teatro sostenido por la costumbre y el miedo a romper la armonía superficial.

El rey ocupaba el centro de todo, repartiendo recompensas con gestos grandiosos, como si no otorgara favores sino porciones del mundo mismo. Bolsas de oro que tintineaban al paso. Tierras señaladas en mapas con trazos amplios y seguros. Títulos que pesaban más que el poder real que conferían. Los generales inclinaban la cabeza con solemne gratitud, hombros erguidos, orgullosos de pertenecer a un bando que siempre ganaba.

Mila observaba desde su rincón, apartada del grupo principal, donde nadie reparaba en ella. Veía todo con una claridad que dolía: cada sonrisa forzada, cada mirada que se cruzaba por debajo, cada silencio que ocultaba algo distinto a lo que se decía en voz alta. Nadie era feliz. Nadie estaba en paz. Y sin embargo, todos actuaban como si la felicidad estuviera a punto de llegar.

«Están tan presos como yo», pensó, con una tristeza profunda y silenciosa. «Sus cadenas son de oro, pero pesan igual».

Nadie se acercó a ella. Nadie le habló. Era invisible, y por primera vez, agradeció esa invisibilidad. Podía observar sin ser vista, escuchar sin que le exigieran respuesta. Y lo que escuchaba, entre los brindis y las risas contenidas, eran susurros que no llegaban a formarse del todo: dudas sobre el príncipe que no estaba, sobre el hermano que había caído, sobre el precio de tanta victoria.

—Todo esto… —murmuró una dama cerca de ella, bajando la voz hasta que apenas era un hilo de sonido—… parece demasiado perfecto. Demasiado tranquilo.

—Cuanto más brillante es la llama —respondió su acompañante, sin dejar de sonreír—, más rápido se consume.

Mila guardó esas palabras. Las guardó como se guarda una llave, en lo más hondo de su memoria.

Khadir no participaba del banquete con el mismo entusiasmo que los demás. Estaba presente, sí, en su lugar de honor, pero su mirada viajaba por encima de las cabezas, como si buscara algo que no lograba encontrar. De vez en cuando, sus ojos se posaban en ella, breves y directos, y ella sentía el peso de esa atención como una mano sobre el hombro. No había reproche en su mirada, ni deseo evidente. Solo una pregunta que no se atrevía a formular.

«¿Por qué no me miras como a los demás?», parecía decir.

«Porque yo veo lo que ocultas», respondía ella en silencio.

La noche avanzaba lenta, interminable. Los platos se sucedían, los vinos se vaciaban, las historias de batalla se embellecían cada vez que alguien las contaba. Y Mila permanecía allí, inmóvil, sintiendo que el tiempo no pasaba: simplemente se acumulaba, pesado y estancado, sobre la sala.

Cuando el último brindis se alzó y los músicos empezaron a guardar sus instrumentos, la sensación de irrealidad no se disipó. La gente se retiró despacio, aún sonriendo, aún diciendo palabras corteses, pero con alivio en los pasos. Solo cuando las puertas se cerraron tras los últimos invitados, el salón dejó de fingir.

Khadir se quedó de pie, junto a la mesa aún llena de copas y restos de comida. No se volvió hacia ella de inmediato. Permaneció mirando las puertas, como si esperara que alguien volviera.

—Todos dicen que ganamos —dijo al fin, sin girarse. Su voz sonaba baja, extraña, sin la firmeza de antes—. Nadie me pregunta a qué precio.

Mila no respondió de inmediato. Dio un paso adelante, lo justo para que él supiera que seguía allí.

—Porque temen la respuesta —dijo ella, suave pero clara—. Y porque algunos no quieren saberla.

Él se giró entonces. La mirada que le dirigió no era la de un príncipe ni la de un conquistador. Era la de alguien que se siente solo en la cima de todo lo que ha construido.

—Tú sí lo sabes —dijo, acercándose un poco—. Tú lo ves todo.

—No todo —reconoció ella—. Pero veo que no eres tan invencible como quieres que crean.

Khadir bajó la mirada un instante, como si esas palabras le hubieran golpeado donde más dolía. Cuando la levantó de nuevo, algo había cambiado en sus ojos.

—Nadie me ha dicho algo así —susurró—. Nadie se atreve.

—Porque nadie te ve de verdad —respondió Mila—. Solo ven lo que temen. O lo que desean que seas.

Se quedaron en silencio, frente a frente, mientras las velas se consumían despacio. Era un momento frágil, peligroso, en el que todo parecía suspendido. Y entonces, Khadir dio un paso atrás, recomponiéndose, cerrando de nuevo la puerta que por un instante había dejado entreabierta.

—Ve a descansar —dijo, con voz recuperada, firme y distante otra vez—. Mañana será otro día.

Mila asintió y se retiró. Pero mientras caminaba hacia su habitación, sabía Algo con certeza: la guerra no era solo la que se libraba en los campos de batalla. La verdadera, la que nadie mencionaba en los brindis, empezaba ahora. Y ella estaba justo en medio.

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BERNARDINA PASTELIN
desgraciado viejo😡😡😡
EspirituCreativo: Tranquila lectora... Y si es un viejo calculador
total 1 replies
BERNARDINA PASTELIN
🤔🤔🤔🤔🤔 menciona que viene del futuro
EspirituCreativo: Si lectora viene del futuro, vivió un tiempo como princesa del reino y se adapto pero no perdió su ímpetu
total 1 replies
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