Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 10: INFRAGANTI
Me enteré por una foto.
No fue una foto hot. Fue peor. Fue una foto normal, de esas que duelen más.
Flor me la mandó un viernes a las once de la noche. Sin texto. Solo la foto.
Era del patio de la facultad. El mismo patio donde Valdez me había dicho que le gustaba. Donde me había pedido el café.
Martín estaba sentado en el banco de siempre, con su termo abollado. Al lado, una chica. Veintidós, veintitrés como mucho. De la comisión de la tarde, la reconocí. Mora. La que había entrado este año, la que siempre se sentaba en primera fila. La que me había pedido apuntes una vez por Instagram y yo se los pasé.
Martín se reía. Ella también. Y ella tenía la mano apoyada sobre la rodilla de él. Y él no la sacaba.
Flor abajo escribió: Amiga, no te quería preocupar pero hace dos semanas que los ven juntos. Dicen que ella se queda después de hora para "consultas". Perdón.
Sentí que el estómago se me caía a los pies. No por celos. Por la escena. Era exactamente la misma escena que habíamos vivido nosotros. El mismo banco. El mismo termo. El mismo profesor bueno que se queda después de hora.
Le escribí a Martín. Directo.
Yo: ¿Estás con Mora?
Martín: ¿Qué? ¿Quién te dijo eso? Elena, es una alumna. Viene a consultas.
Yo: ¿A las 10 de la noche en el patio?
Martín: No es lo que pensás. Estábamos hablando de su caso. Como hacíamos con vos.
Yo: Como hacías conmigo.
No me contestó más. Me dejó en visto.
A las once y media, me compré un pasaje. El último micro de Retiro a Rosario. Cuatro horas. Cuatro horas mirando la ruta, sin llorar, con la foto abierta en el celular.
Llegué a Rosario a las cuatro de la mañana. No fui a mi departamento viejo. Fui directo a la facultad. Sabía que él a veces se quedaba a dormir en su oficina cuando tenía que corregir mucho. Decía que era más tranquilo.
La puerta de la facultad estaba entreabierta. La del personal de limpieza.
Subí las escaleras de dos en dos. No hice ruido. Llegué al pasillo de Procesal. Su oficina tenía la luz prendida.
La puerta estaba entornada.
Y los vi.
No estaban teniendo sexo. No voy a escribir una escena morbosa porque no la hubo y no me interesa. Estaban abrazados. Ella en remera, él sin camisa, tapados con una campera en el sillón chiquito de su oficina. Dormidos. O medio dormidos. Con dos vasos de vino en el escritorio y mis libros todavía en su biblioteca.
Ella me vio primero. Abrió los ojos y pegó un grito chiquito.
Martín se despertó de golpe.
"Elena".
No grité. No tiré nada. No hice la escena que había ensayado en el micro.
Lo miré. Solo lo miré.
"¿Era acá también donde me ibas a firmar la libreta después, Martín? ¿En este mismo sillón?".
"Elena, por favor, dejame explicarte..."
"No hay nada que explicar. Es exactamente lo que pensaba. Y es exactamente lo que vos me dijiste que nunca ibas a hacer. ¿Te acordás lo que me dijiste en el patio? 'Si me parece inapropiado, me lo dice y yo me alejo'. Bueno, me parece inapropiado que estés cogiendo con una alumna de 22 años en la misma oficina donde me decías que yo era valiente".
Mora se vistió rápido, llorando, y salió corriendo. No era su culpa. Era una piba de 22 que se había creído el mismo cuento que yo.
Me quedé sola con él. Él se puso la camisa, con vergüenza.
"Elena, yo te amo. Esto fue una estupidez. Fue una noche. Ella me buscó, yo..."
"Vos sos el profesor, Martín. Vos sos el grande. Vos sos el que tiene que decir que no. Como hiciste conmigo. ¿Te acordás? Vos esperaste a que yo no fuera más tu alumna. Con ella no esperaste ni dos meses".
"Tenés razón. Tenés razón en todo".
Saqué de mi mochila la libreta. La que él me había firmado hacía seis meses. La que tenía su notita a lápiz.
Se la puse en el escritorio.
"Guardala. Para que te acuerdes de cómo eras cuando yo te admiraba".
Me di vuelta y me fui. Bajé las escaleras sin correr. Cuando salí a la calle, eran las cuatro y media de la mañana y Rosario estaba vacía.
Llamé a Luz.
"¿Dónde estás?", me dijo, con voz de dormida.
"En la puerta de la facu. ¿Me venís a buscar?".
"¿Qué pasó?".
"Pasó que al final, los que sobran teníamos razón. Acá nadie te salva. Te salvás sola".
Lloré recién cuando Luz me abrazó. Lloré fuerte, en la vereda, con el frío de julio.
No por Martín. Ya no.
Lloré por mí. Por la Elena de 19 que había creído que necesitaba que un profesor la defienda para valer.
Esa Elena esa madrugada se murió.
La que volvió a Buenos Aires en el micro de las seis de la mañana ya era otra.