Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 11. EL BOTIN Y EL RASTRO DE SANGRE
El plazo de las cuarenta y ocho horas se extinguió bajo un cielo plomizo y espeso que amenazaba tormenta sobre el centro de la ciudad. Fiel a las instrucciones quirúrgicas que Gabriel había dictado en su última llamada extorsiva, Marcos Atelier cruzó el vestíbulo de la inmensa estación de trenes con el rostro esculpido en una rigidez de piedra y las manos heladas por la tensión. No había habido un encuentro cara a cara; el traidor, con la cobardía que guiaba cada uno de sus movimientos, había ordenado depositar las dos pesadas bolsas de lona negra con los cien millones de euros en efectivo en el interior de la taquilla número cuarenta y siete de la zona de consignas automáticas.
Marcos introdujo los fajos de billetes usados y sin marcar en el cubículo de metal frío, cerró la puerta de un golpe seco con su mano grande y de venas marcadas, y abandonó el recinto con una furia ultraprotectora quemándole las entrañas, dejando la llave en el casillero electrónico de la entrada.
Una hora más tarde, Gabriel llegó a la terminal de la estación. Vestía su chaqueta de cuero negro gastada, con la gorra sutilmente calada hasta las cejas y una mirada paranoica que escaneaba cada esquina de los andenes. Tenía el cuerpo temblando notablemente por el desespero; el recuerdo del cuerpo de Lucía volando por el aire tras el atropello de la madrugada le martilleaba la cabeza, pero la codicia de su carácter era mucho más fuerte que cualquier remordimiento. Creía que la joven estaba muerta en mitad del arcén de las afueras, y su única prioridad era trincar el dinero antes de que la policía le cerrara las salidas.
Abrió la taquilla de un tirón rápido, extrajo las dos maletas de lona con una fuerza ruda y hambrienta, y caminó a paso apresurado hacia el aparcamiento exterior, subiéndose de inmediato a su sedán viejo.
Lo que el piloto de la escudería vieja ignoraba era que, oculto entre la multitud de los andenes, el detective García no le había quitado los ojos de encima. En cuanto el motor gastado del coche de Gabriel petardeó en la calzada, García se subió a su propio vehículo encubierto, iniciando un seguimiento sigiloso, pausado y milimétrico por las avenidas de la ciudad. El investigador manejaba a una distancia prudencial, cruzando los semáforos en absoluto silencio, sin encender las sirenas para no alertar al extorsionador, registrando la ruta del traidor mientras las nubes de tormenta comenzaban a descargar las primeras gotas de agua sobre el asfalto.
Gabriel condujo de forma errática durante veinte minutos hasta adentrarse en la zona más restringida del puerto industrial. Detuvo el sedán viejo al borde del espigón secundario, donde las grúas de carga oxidadas proyectaban sombras alargadas sobre el agua grisácea del mar. Antes de que el detective García pudiera reaccionar, bloquearle el paso con su coche o pedir el despliegue de las patrullas de la policía judicial, Gabriel bajó del vehículo de un salto cargando el botín, corrió por la rampa de madera y subió a bordo de una lancha motora de gran potencia que lo aguardaba con el motor encendido al ralentí.
El piloto soltó amarras con un movimiento técnico y rápido, y la embarcación aceleró a fondo, levantando una densa cortina de espuma blanca en mitad de la niebla marina. Cuando García llegó a pie al borde del espigón con el arma reglamentaria en la mano, la lancha ya se alejaba a una velocidad descomunal en dirección a las aguas internacionales, logrando escapar en el último segundo. El traidor se les había escapado con los cien millones de euros de la familia.
Poco más tarde, mientras el detective García coordinaba el bloqueo marítimo de forma infructuosa y reportaba el descalabro de la persecución, el teléfono móvil privado de Marcos Atelier volvió a vibrar en la intimidad del despacho de la residencia. El joven directivo respondió de un salto, sintiendo que una descarga de pura adrenalina le recorría el pecho. Monique permanecía rota en una esquina del sofá, llorando de pura impotencia humana mientras se aferraba al brazo de Sara.
—Ya tengo los cien millones en mi poder, Atelier, así que el idilio se ha terminado —le siseó la voz áspera y de lo más cínica de Gabriel a través de una línea por satélite distorsionada—. Si queréis encontrar el cuerpo de vuestra preciosa Lucia, buscad en el casoplón abandonado que está en la cima de la colina de la carretera secundaria de las afueras. No volváis a buscar mi nombre en esta ciudad.
La comunicación se cortó de golpe. Marcos no perdió un solo segundo; subió a su deportivo negro junto a García y, escoltados por las patrullas policiales, salieron quemando rueda en dirección a las afueras, devorados por un desespero absoluto que les encogía el pecho.
Al llegar al casoplón perdido en mitad de la nada, la policía tiró la puerta principal abajo con un impacto seco. Marcos entró a zancadas por el pasillo de madera, registrando el salón de piedra, la cocina y los dormitorios del piso superior con una agitación demencial.
—¡Lucía! ¡Lucía! —exclamaba Marcos con un hilo de voz quebrado por la angustia.
Pero las estancias respiraban un vacío gélido. Solo encontraron las tazas de té en la encimera y las huellas del desespero de la madrugada. Lucía no estaba allí. La joven ejecutiva se había esfumado del nido del cautiverio.
Con el rostro pálido como el mármol y una impotencia que jamás había experimentado, Marcos ordenó el regreso de la comitiva por la calzada secundaria de asfalto agrietado. Avanzaban despacio, barriendo los arcenes con los focos de alta presión, cuando el detective García levantó la mano derecha, ordenando frenar en seco en mitad de la línea recta de la carretera desierta.
Marcos bajó del deportivo de un salto, sintiendo que un sudor helado le recorría la nuca. A la luz de los faros led, una inmensa y densa mancha de sangre seca marcaba el centro de la calzada, justo al lado de las rodadas de frenazo del sedán viejo de Gabriel. Al agacharse hacia la grava del arcén para inspeccionar el terreno, los dedos de Marcos tropezaron con un objeto semienterrado entre los matorrales secos.
Era el bolso de mano de Lucía.
Marcos lo apretó contra su pecho robusto, y un sollozo de pura desesperación le rompió la rigidez de sus facciones de piedra. El horror de comprender que su hermana pequeña había sido atropellada y abandonada en mitad de la noche desató el pánico definitivo en la familia. Brandon apretó los puños y Monique se desmoronó por completo en los brazos de Sara al recibir la noticia de los restos del accidente.
—¡Llamad a todos los centros sanitarios de la capital! —ordenó Marcos con un grito ronco que despertó el eco de las colinas—. ¡Quiero un rastreo inmediato en urgencias!
Durante las siguientes horas de la noche, la influencia de los Atelier y el poder legal removieron cada rincón de la sanidad pública y privada de la ciudad. El detective García revisó las listas de ingresos por accidentes de tráfico, las camillas de cuidados intensivos y las ambulancias de guardia, pero el nombre de Lucia no figuraba en ningún registro contable. No estaba en ninguno de los hospitales oficiales. Toda la familia quedó rota de desespero en mitad de la madrugada, atrapada en un abismo de absoluta ceguera, ignorando por completo que Lucía se encontraba a pocos kilómetros de allí, oculta en los quirófanos privados y clandestinos del sindicato criminal de Dante, blindada bajo las sombras de un hombre imponente que ya la había reclamado como su mayor y más peligrosa obsesión.