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DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Fantasía épica / Aventura
Popularitas:412
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Café amargo

El amanecer en la mansión Hale no trajo luz, solo una claridad grisácea que hacía que los muebles de lujo parecieran lápidas en un cementerio de dinero. Bajé a la cocina antes de que Martha siquiera encendiera las hornallas. Necesitaba cafeína y un momento de silencio para procesar que, técnicamente, acababa de cometer el mayor fraude tecnológico del siglo veintiuno… o algo parecido, supongo.

—Señor Adrian... no ha dormido nada —dijo Martha, entrando con los ojos hinchados. El uniforme le quedaba grande, como si el estrés de la noche anterior hubiera encogido su voluntad.

—Dormir es para gente que no tiene la cabeza llena de grillos, Martha —le dediqué una sonrisa cansada mientras servía dos tazas de un café negro que parecía petróleo—. ¿Cómo está ella?

—No ha salido de su despacho en toda la noche. He oído cristales rotos. No me atrevo a entrar.

Asentí. Tomé las dos tazas y caminé hacia el ala oeste de la casa. El despacho de Victoria era una fortaleza de madera noble y cristales reforzados. Al llegar, me detuve. A través de la puerta entreabierta, el silencio era más aterrador que cualquier grito. Empujé suavemente con el pie.

El caos era absoluto. Los informes financieros que tanto le costó cuadrar estaban esparcidos como confeti tras un desastre natural. Un jarrón de la dinastía Ming —o algo igual de ridículamente caro— yacía hecho añicos contra la chimenea. Victoria estaba sentada en el suelo, de espaldas a la puerta, mirando hacia el ventanal que daba a los jardines donde yo, unas horas antes, había saboteado su vida… probablemente sin querer del todo.

—Vete, Adrian —dijo, sin girarse. Su voz estaba seca, despojada de esa autoridad de acero que tanto me irritaba y me fascinaba a la vez—. Ve a gastarte el dinero de Suiza. Ve a buscar a tus amigos de juerga. Ya no hay nada que proteger aquí.

—Traigo café —dije, esquivando un trozo de porcelana—. Dicen que el café amargo es bueno para los corazones rotos y las empresas confiscadas. Además, Martha está asustada y yo no sé dónde guardáis el azúcar… siempre lo cambian de sitio.

Me senté en el suelo, a un metro de ella, imitando su postura. Dejé su taza sobre una alfombra que probablemente valía más que mi vida anterior. Victoria giró la cabeza lentamente. Tenía ojeras profundas y el maquillaje corrido, pero seguía pareciendo una reina, incluso en el exilio de su propia ambición.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó, mirándome con una mezcla de odio y curiosidad—. Miller tiene el núcleo. El gobierno tiene las claves. En unas horas, la junta directiva me destituirá formalmente. Soy un cadáver corporativo, Adrian. Y tú... tú eres el parásito que se queda sin huésped.

—A lo mejor me gusta el olor a cenizas —respondí, tomando un sorbo de mi taza—. O a lo mejor es que el parásito ha decidido que el huésped es más interesante que la comida. Victoria, Miller tiene una caja de metal con cables. Eso es todo… creo.

Ella soltó una carcajada amarga, un sonido que me dolió en algún lugar que no sabía que tenía.

—"Una caja de metal". Adrian, Orion era el futuro del control de infraestructuras. Era la paz digital bajo mi mando. Ahora es un arma en manos de un burócrata como Miller. Mi padre murió creyendo que yo terminaría lo que él empezó. He fallado. He perdido la guerra antes de que empezara el primer asalto.

Me incliné hacia ella. Por un segundo, estuve a punto de decirle la verdad. Decirle que Miller se llevó un código que se autodestruirá en sus manos. Que el Patrón está analizando una cáscara vacía. Que yo soy el que tiene las riaves reales guardadas en un servidor fantasma. Pero si lo hacía, Victoria dejaría de sufrir, y si dejaba de sufrir, Miller vería que algo no cuadraba. Su dolor era el mejor camuflaje del mundo.

—A veces, perderlo todo es la única forma de ver quién está realmente en tu bando —dije, mi voz volviéndose peligrosamente seria—. Miller cree que ha ganado porque tiene el objeto. Pero no tiene el talento. No te tiene a ti. Y aunque no lo creas… tampoco me tiene a mí. O eso espero.

Victoria se quedó mirándome, con los ojos entrecerrados. Se acercó un poco, rompiendo esa barrera invisible que siempre manteníamos.

—Ayer en el comedor... dijiste que el mundo ya estaba roto —susurró, buscándome la mirada—. Y en la rueda de prensa, tus ojos... Adrian, ¿qué hiciste anoche mientras yo peleaba con esos agentes en el vestíbulo?

—Fui al baño. La comida de Martha me dio gases —mentí con una naturalidad que me dio miedo a mí mismo—. Y luego me asomé por la ventana para ver los coches negros. Eran muy elegantes, me gustaron las luces… parpadeaban bonito.

Ella me agarró de la muñeca. Su presión era fuerte, sus uñas se clavaron ligeramente en mi piel.

—Mientes. Siempre mientes. Pero por primera vez, siento que tus mentiras no son para dañarme.

El teléfono de Victoria, tirado en el escritorio, empezó a vibrar con una insistencia maníaca. Ella lo miró con asco, pero yo me levanté y se lo alcancé. En la pantalla aparecía el nombre de la jefa de prensa de Hale Tech.

—Contesta —dije—. Empieza la función… o algo así.

Victoria respiró hondo, se enderezó la camisa arrugada y activó el altavoz con un gesto mecánico.

—¿Sí?

—¡Victoria! ¡Tienes que ver las noticias! —la voz de la mujer estaba al borde de la histeria—. Miller acaba de dar una declaración preliminar desde el Pentágono. Dice que la transferencia del núcleo fue un éxito, pero... ¡algo ha pasado!

—¿Qué quieres decir con que "algo ha pasado"? —preguntó Victoria, frunciendo el ceño.

—Los sistemas de defensa de Miller se han bloqueado. Dicen que Orion ha detectado una "intrusión no autorizada" en los servidores del gobierno y ha activado un protocolo de cuarentena. ¡Están bloqueados de sus propios sistemas, Victoria! Y lo peor... están diciendo que tú les diste una versión corrupta a propósito. ¡Te acusan de sabotaje estatal!

Victoria palideció, pero yo no pude evitar que una chispa de satisfacción cruzara mis ojos… aunque la disimulé tosiendo levemente. El "parásito de fidelidad" estaba funcionando más rápido de lo que esperaba. Miller no solo no tenía Orion, sino que ahora tenía un incendio masivo en sus propios servidores de inteligencia.

—Yo no hice nada... —susurró Victoria, mirando el teléfono y luego a mí—. Yo les entregué el acceso total.

—Claro que sí, jefa —dije, levantándome y estirando los brazos—. Tú eres una ciudadana ejemplar. Miller es el que ha metido una tecnología experimental en sus servidores obsoletos sin saber cómo manejarla. Se llama incompetencia, y es el deporte nacional de este siglo… según lo que he visto.

Victoria cortó la llamada. Se puso en pie, su mente trabajando a mil kilómetros por hora. El brillo de la batalla estaba volviendo a sus ojos, sustituyendo a las lágrimas de hace un momento.

—Si el sistema se ha bloqueado, la Agencia vendrá a por mí en cuestión de horas —dijo, caminando de un lado a otro—. Me detendrán por sabotaje. Miller necesita un culpable para no parecer un imbécil.

—Entonces no estés aquí cuando lleguen —respondí—. Tenemos tres días antes de la fecha límite del Patrón. Miller está ocupado intentando que sus computadoras no exploten. Es el momento de desaparecer… antes de que se le ocurra pensar mejor.

—¿Desaparecer? ¿A dónde?

—A un sitio donde la Agencia no pueda rastrearnos y donde el Patrón no pueda enviarme más mensajes —sonreí, sacando mi propio teléfono y mostrándole una ubicación en el mapa—. Tengo una cabaña a nombre de un tal "Juan Pérez". Bueno, en realidad es de un viejo amigo de juergas de Adrian, pero el tipo me debe muchos favores de cuando le pagué una fianza en Las Vegas… creo que aún se acuerda.

Victoria me miró con desconfianza, pero ya no había rastro del desprecio de antes. Había una aceptación táctica.

—¿Me estás pidiendo que huya con mi marido idiota a una cabaña en medio de la nada mientras mi empresa se quema?

—Exactamente —asentí—. Además, Martha dice que el aire del campo es muy bueno para la piel. Y yo necesito enseñarte algo sobre Orion que no puedes ver desde este despacho… si es que sale bien.

Ella se detuvo frente a mí. Me puso una mano en el pecho, sintiendo los latidos de mi corazón. Estaban tranquilos. Demasiado tranquilos para un hombre que acababa de proponer una fuga federal.

—Si descubro que tú causaste ese bloqueo, Adrian... si descubro que estás jugando conmigo tanto como con Miller... —susurró, acercando su rostro al mío—. Yo misma me encargaré de que no necesites aire del campo nunca más.

—Lo sé, jefa —le guiñé un ojo—. Por eso me gustas tanto. Eres la única persona en este siglo que realmente me mantiene alerta… o al menos lo intenta.

Victoria soltó una risa corta, esta vez sin amargura.

—Prepara el coche. No el Bentley, el todoterreno viejo que está en el fondo del garaje. Salimos en diez minutos.

Caminé hacia la salida del despacho, sintiendo que el juego acababa de volverse real. Miller estaba herido, el Patrón estaba confundido y Victoria estaba empezando a confiar en el hombre equivocado por las razones correctas.

Sonreí.

—Interesante... —murmuré para mis adentros mientras bajaba las escaleras—. Parece que el capítulo de la cabaña va a ser el más divertido de todos… si no nos matan antes.

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