Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 5
El salón de eventos brillaba bajo lámparas de cristal que derramaban luz dorada sobre cientos de personas vestidas con elegancia, conversando entre copas de vino y risas medidas. Ottavia caminaba del brazo de Nereo, con un vestido color verde esmeralda que le ceñía la figura, manteniendo la postura erguida y la sonrisa lista, aunque por dentro cada paso le costaba esfuerzo. Allí todos parecían felices, todos se saludaban como viejos amigos, y ella sabía que muchos de esos rostros amables ocultaban las mismas mentiras que ahora cargaba ella.
—Trata de relajarte —le dijo Nereo en voz baja, apretándole levemente el brazo—. Pareces tensa. Solo es una recepción de negocios, nada más.
—Estoy relajada —respondió ella con calma, sin dejar de sonreír—. Solo observo. Hay mucha gente importante aquí.
—Lo hay —convino él, y su mirada se dirigió hacia un grupo que se había formado cerca del ventanal—. Y precisamente ahí está quien quería evitar encontrarme hoy.
Ottavia siguió su mirada. Junto a la gran ventana que daba al jardín iluminado, rodeado de personas que le hablaban con respeto, estaba él. Lorenzo Salvetti. Alto, de porte imponente, con un traje oscuro que llevaba con naturalidad y una presencia que llenaba todo el espacio a su alrededor. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: oscuros, profundos, y con una mirada que no pasaba por alto ningún detalle.
—¿Él es Salvetti? —preguntó Ottavia casi en un susurro.
—El mismo —respondió Nereo con sequedad—. Y mira cómo lo rodean, como si fuera un rey. Pero no es más que un muchacho con dinero y demasiada ambición. No sabe lo que cuesta construir algo de verdad.
Ottavia no respondió. No podía apartar la vista de él. En ese momento, Lorenzo giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de ella. No fue una mirada casual, ni rápida, ni educada. La sostuvo, directa y fija, con una intensidad que le recorrió la piel como una corriente eléctrica. Sintió que él la veía de verdad: no como la esposa de Nereo, no como un adorno al brazo de su rival, sino como una mujer con nombre, con historia, con algo que decir. Y en ese instante supo que no era un hombre al que pudiera engañarse fácilmente.
—Vamos a saludar —dijo Nereo, y antes de que ella pudiera objetar, ya caminaba hacia él con paso firme, la arrastrando levemente del brazo.
Al llegar al grupo, las conversaciones se detuvieron un instante. Lorenzo se apartó de los demás y se quedó solo frente a ellos. No sonrió de inmediato, pero tampoco mostró hostilidad. Simplemente esperó.
—Salvetti —dijo Nereo, extendiendo la mano con una cortesía tensa—. Qué agradable encontrarlo aquí.
Lorenzo le estrechó la mano brevemente, sin apartar la vista de Ottavia ni un segundo. —Lombardi. No esperaba verlo esta noche. Y menos acompañado —añadió, y su voz fue grave y pausada cuando dirigió la mirada a ella—. Permítame presentarse.
—Mi esposa, Ottavia Silvestri —dijo Nereo con orgullo, como si presentar su nombre fuera una carta de presentación suficiente—. Ottavia, él es Lorenzo Salvetti.
—Es un placer, señora Lombardi —dijo Lorenzo, y al decirlo no sonó como un título cualquiera. Le tomó la mano, y su tacto fue firme y cálido a la vez—. Aunque preferiría llamarla por su nombre. Ottavia. Es un nombre hermoso.
A ella se le aceleró el corazón, pero mantuvo la compostura. —Gracias, señor Salvetti. Es un placer conocerlo. He oído hablar mucho de usted.
—¿Ah sí? —preguntó él, arqueando levemente una ceja, con esa mirada que parecía leerla por dentro—. ¿Bien o mal?
—Depende de quién cuente la historia —respondió ella con serenidad, sin apartar los ojos de los suyos—. Yo prefiero formarme mi propia opinión.
Lorenzo esbozó una sonrisa lenta, genuina, que transformó su rostro por completo. —Me gusta eso. Las personas que piensan por sí mismas son cada vez más escasas.
Nereo intervino rápidamente, poniéndose entre ambos como si quisiera proteger un territorio. —Mi esposa es una mujer excepcional. Y tiene buen criterio. Pero hablemos de negocios, Salvetti. Seguro que no perdió el tiempo viniendo aquí solo para saludar.
—No vine por negocios —respondió Lorenzo con tranquilidad, sin dejar de mirar a Ottavia—. Vine porque me gusta conocer a las personas. Y a veces lo que descubres vale más que cualquier contrato.
Hubo un silencio breve, pero denso. Ottavia sintió que él sabía. No sabía los detalles, no sabía de la traición ni de la mentira, pero percibía algo: la pesadez en su postura, la forma en que Nereo la trataba como una posesión, el dolor que ella intentaba ocultar. Y en sus ojos no había juicio, sino comprensión.
—Disculpen —dijo ella, sintiendo que necesitaba un momento para respirar—. Voy a buscar una copa. Vuelvo enseguida.
Se alejó sin esperar respuesta, caminando hacia la mesa de bebidas con paso seguro aunque por dentro todo le temblaba. No había dado tres pasos cuando escuchó una voz a su espalda, lo suficientemente cerca para que solo ella lo oyera:
—No deje que nadie la apague, Ottavia. Brilla demasiado como para pasar desapercibida.
Se giró de golpe. Lorenzo estaba a unos pasos, con las manos en los bolsillos y la mirada serena. —¿Por qué me dice eso? —preguntó ella, con la voz apenas un susurro.
—Porque lo veo —respondió él sin dudar—. Veo cómo lo mira a él. Y veo cómo se mira a sí misma. No es la misma mujer que todos creen conocer. Y algún día… —hizo una pausa y la miró con firmeza—, tendrá que decidir si sigue viviendo bajo la sombra de otro o si sale a la luz.
—Usted no sabe nada de mi vida —dijo ella, aunque no había enojo en sus palabras, solo asombro.
—No lo sé —convino él—. Pero estoy dispuesto a escucharla si algún día decide hablar. A veces el enemigo de tu enemigo no es necesariamente tu enemigo.
Ottavia contuvo el aliento. Él le estaba abriendo la puerta. Se la estaba ofreciendo con claridad, sin rodeos. —¿Y por qué haría algo así? —preguntó ella, midiendo cada palabra—. ¿Qué ganaría usted?
Lorenzo dio un paso más cerca, y su voz se volvió más suave, más íntima: —Quizás ganaría conocer a la mujer que se atreve a desafiar todo lo que la rodea. O quizás… simplemente creo que la verdad merece salir a la luz. Y su historia, Ottavia, apenas comienza.
En ese momento escucharon los pasos de Nereo acercándose. Lorenzo se apartó con naturalidad, como si solo hubieran intercambiado unas palabras de cortesía.
—¿Todo bien aquí? —preguntó Nereo, poniéndose al lado de ella y mirando a Lorenzo con desconfianza.
—Perfectamente —respondió Ottavia con calma, y esta vez fue ella quien sostuvo la mirada de Lorenzo un instante más—. El señor Salvetti solo estaba siendo amable.
—Siempre lo soy —dijo él, y con una última inclinación de cabeza se despidió—. Buenas noches, Ottavia. Cuídese mucho.
Mientras se alejaba, Nereo soltó un bufido. —No te acerques demasiado a él, ¿me oyes? Es peligroso. Sabe cómo manipular a las personas.
Ottavia lo miró y sonrió, pero su mente ya estaba trabajando a toda velocidad. —No te preocupes, Nereo. Sé perfectamente con quién trato.
Pero en el fondo sabía algo más: Lorenzo Salvetti no era solo un rival de negocios. Era la llave que había estado esperando sin saberlo. Y aunque todavía no tenía claro cómo dar el siguiente paso, ni qué tan lejos debía llegar, una cosa era cierta: el tablero acababa de cambiar. Y por primera vez en diez años, ella tenía una jugada propia.
—Lo miras demasiado —le dijo Nereo entre dientes, acercándosele—. Como si lo conocieras de antes.
Ottavia giró despacio la cabeza hacia él, sin perder la calma. —Solo lo estoy evaluando. Dices que es tu mayor rival, ¿no? Tengo derecho a saber con quién compites.
—No tienes que saber nada —respondió él con sequedad—. Yo me encargo de eso. Tú solo mantén la distancia. Es un hombre peligroso.
—¿Peligroso porque gana donde tú pierdes? —preguntó ella bajito, y vio cómo se le endurecía el rostro—. No temas, Nereo. No voy a cruzarme de tu lado. Al menos… no mientras no sepa qué camino tomar.
Él frunció el ceño, pero asintió sin comprender del todo. —Así me gusta. Lejos de él.
Ottavia sonrió con dulzura mientras Lorenzo se alejaba entre la gente, y murmuró solo para sí misma:
—El problema es que él ya me vio. Y yo también lo vi a él.