Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El primer enfrentamiento abierto
El sol apenas empezaba a alzarse cuando las trompetas de la fortaleza volvieron a sonar, pero esta vez no eran de bienvenida ni de aviso: eran de alerta. Un estandarte extraño ondeaba al otro lado del puente levadizo: el lobo dorado de la Casa de Valerius, primo del Emperador. El noble que en el libro debía casarse con Elara, y que ahora venía personalmente, furioso porque su primera trampa había fracasado.
—¡Abrid las puertas! —gritó una voz potente desde el exterior—. Vengo por orden del trono a investigar por qué un mensajero imperial fue retenido y un sirviente del Imperio encarcelado. ¡Si el Clan Licano no tiene nada que ocultar, recibidme!
Dentro del salón del trono, el aire era denso. Lord Kael caminaba de un lado a otro, con la mano apretada sobre el pomo de su espada. Rian, recién regresado y con el rostro aún endurecido por la rabia de haber visto la emboscada con sus propios ojos, permanecía de pie junto a la entrada. Zora sostenía su bastón con fuerza, y Lady Mira observaba todo con calma tensa.
—Viene buscando un pretexto —dijo Elara, con voz clara para que todos la oyeran—. En la historia original, cuando no caímos en la trampa del matrimonio, inventaron cargos de traición. Dijeron que nosotros atacamos primero, que nos preparamos para rebelarnos. Ahora viene a exigir que le entreguemos a Toren, los pergaminos… y a mí. Si cedemos, perdemos todo. Si lo rechazamos, nos declaran rebeldes. Ese era el destino que nos esperaba: una trampa donde no importaba lo que hiciéramos, siempre seríamos los culpables.
—¿Y qué propones entonces? —preguntó uno de los ancianos del consejo, con voz temblorosa—. ¿Provocar la guerra abiertamente? ¡Estamos solos!
—No estamos solos —respondió Elara, levantando la cabeza—. Y no vamos a provocar nada. Vamos a desenmascararlo. Que entre. Que hable. Y que todos vean que sus palabras son mentiras. Si nos callamos, nos condenan. Si hablamos con la verdad, les quitamos su única arma: la justificación.
Lord Kael la miró, y por primera vez, su duda se transformó en decisión.
—Que entre —ordenó—. Pero que entre sin escolta armada. Si viene con intenciones de paz, no necesitará espadas.
Las puertas se abrieron. Valerius entró con paso arrogante, vestido de terciopelo púrpura bordado en oro, con una espada al cinto y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Miró a todos con desprecio, y se detuvo ante el trono sin siquiera inclinar la cabeza.
—Lord Kael —dijo con voz cortante—. El Imperio está profundamente preocupado. Se nos ha informado de que retenéis a un mensajero legítimo y a un sirviente leal al trono. Se nos dice que preparáis armas y acumuláis provisiones como si estuvierais en guerra. Explicaos, o se considerará acto de traición.
El silencio cayó sobre la sala. En el libro, Lord Kael había dudado, había buscado palabras amables, había intentado calmarlo… y eso fue lo que le dio la razón al enemigo, porque la duda parecía culpa.
Pero Elara dio un paso al frente. No tembló. No bajó la mirada. Se quedó cara a cara con el noble imperial, y su voz resonó en todo el salón, firme y fría como el acero.
—Vos habláis de traición —dijo—, pero sois vosotros quienes la planeáis. El mensajero que retenimos llevaba información secreta de nuestros movimientos, escrita por vuestro espía dentro de nuestra casa. El sirviente que encarcelamos era quien le entregaba cada detalle de nuestras vidas a vuestros hombres. ¿Y nos preguntáis por qué acumulamos grano y reforzamos nuestras murallas? Porque vuestros soldados nos esperaban en el Valle Oscuro, y luego en el Bosque de los Pinos, para asesinar a mi hermano y acusarnos de haberlo atacado nosotros.
Valerius palideció levemente, pero mantuvo su tono.
—Esas son acusaciones graves sin prueba alguna…
—¿Sin pruebas? —lo interrumpió Elara, y hizo una seña a Zora, que trajo el pergamino y la moneda de oro—. Aquí está el informe que llevaba el mensajero. Aquí la moneda imperial que usabais como señal. Y si queréis más pruebas… tenemos los tratados antiguos firmados por vuestro propio Emperador, donde se compromete a nunca exigir rehenes ni tierras al Clan Licano. Sois vosotros quienes rompisteis la paz, no nosotros.
El murmullo que se levantó fue distinto al de antes. No era miedo. Era indignación. Valerius vio cómo los rostros de los presentes cambiaban, cómo la duda se volvía contra él.
—Esto… esto es fabricado —balbuceó, perdiendo por un instante su arrogancia—. El Imperio no reconoce…
—El Imperio no reconoce lo que le conviene —lo cortó Elara con firmeza—, pero todo el reino sabrá la verdad. Si venís con paz, recibidnos con respeto. Si venís con mentiras y espadas, encontraréis que el Clan Licano no se arrodilla ante falsedades. En la historia que otros escribieron para nosotros, callamos y morimos. Pero esa historia se acabó el día que decidimos levantar la voz.
Valerius apretó los dientes, con la rabia brillando en sus ojos. Sabía que no podía ganar esa discusión allí, no con pruebas tan claras ante testigos.
—Esto no ha terminado —escupió, retrocediendo—. El trono escuchará mi versión. Y cuando lo haga, llamará a esto lo que es: rebeldía. Veremos cuánto tiempo duráis sin aliados, sin comida… y sin clemencia cuando llegue el invierno.
—El invierno no nos asusta —respondió Elara—. Porque ya nos preparamos para él. Y recordad esto: el destino que nos queríais dar era de muerte, pero el que nosotros construimos será de vida. Y mientras un Licano respire, no seréis dueños de esta tierra.
Valerius salió de la sala con paso furioso, y cuando las puertas se cerraron tras él, el silencio se rompió en un estallido de voces. Pero ya no eran voces de miedo ni de duda. Eran de firmeza, de unidad, de determinación. Los que antes susurraban contra Elara ahora la miraban con otros ojos: ella no había provocado al enemigo, lo había desenmascarado. Había puesto al descubierto sus mentiras antes de que pudieran arraigarse.
Lord Kael se levantó del trono y se acercó a su hija. Le puso una mano sobre el hombro, con una solemnidad que nunca antes había mostrado.
—Hoy has defendido a tu familia con más fuerza que cualquier espada —dijo con voz grave—. Le has quitado al enemigo su mayor arma: la apariencia de justicia. Pero también has sellado nuestro destino. Ahora saben que no nos rendiremos. Y eso significa que atacarán con todo lo que tienen.
—Lo sé —respondió Elara, mirando a su familia, a su gente—. Pero prefiero una guerra que merezca la pena ganarla que una paz que nos mate poco a poco. El camino que teníamos escrito ya no existe. Ahora construimos el nuestro. Y lo haremos juntos.
Esa noche, la escarcha cubrió el suelo de la fortaleza, más gruesa que nunca, anunciando que el invierno eterno ya estaba sobre ellos. Pero dentro de los muros de piedra, las hogueras ardían con fuerza, y nadie se acostó con miedo. Porque sabían la verdad: el destino no era algo que les pasaba a ellos. Era algo que ellos construían, cada día, con cada elección. Y por primera vez en mucho tiempo, el nombre de Licano no sonaba a tragedia… sonaba a desafío.