Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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El poder que despertó
El embarazo, la prisión de oro en la que vivía, la incertidumbre de cada día… todo había dejado a Estrella al límite de sus fuerzas. Su ánimo, antes tan firme, se había vuelto frágil como el cristal, y la menor cosa la hacía estremecer. Aquella tarde, buscando un poco de aire fresco y silencio, caminó hasta el jardín trasero, donde las flores crecían salvajes y el viento soplaba libremente, recordándole todo lo que le faltaba. Se detuvo con los ojos cerrados, aspirando el aroma de la tierra, intentando por unos instantes olvidar que estaba rodeada de muros.
—Así que aquí era donde te escondías, Estrella.
La voz llegó a sus oídos, cortante y familiar, rompiendo su calma de golpe. Abrió los ojos de golpe y se giró. Allí estaba Serafín: alto, hermoso como siempre, con esa mirada dorada que todo lo dominaba, y en los labios esa media sonrisa arrogante que la hacía hervir de rabia. Y en ese instante, algo dentro de ella se rompió por completo. Sintió una mezcla violenta de confusión, de ira acumulada durante meses, de dolor, de impotencia… una tormenta de sentimientos que no sabía cómo nombrar.
—¿Qué quieres, Serafín? —le dijo, con la voz temblorosa pero firme, sin bajar la mirada.
Él dio un paso hacia ella, sin notar la advertencia en sus ojos, con esa seguridad de quien cree que todo le pertenece.
—Yo… yo solo quiero saber dónde estás las veinticuatro horas del día —respondió con naturalidad, como si lo que decía fuera lo más lógico del mundo—. ¿Eso tiene algo de malo?
Estrella lo observó con claridad, por primera vez viendo todo sin ilusiones:
—Claro que sí lo tiene. Tú decides por mí, me vigilas, me posees… pero jamás me preguntas qué quiero yo.
Levantó la mano cuando él intentó acariciarle el rostro, y lo apartó con un golpe seco y firme.
—Serafín, no soy tu prisionera. No soy un objeto. Trátame con más respeto.
Él soltó una carcajada. Una risa suave, burlona, profundamente ofensiva. Se reía de ella igual que quien oye a una mosca decirle a un dragón que la respete. En ese momento, Estrella lo entendió con una claridad dolorosa: él nunca la había visto como su igual. Para él, ella seguía siendo algo suyo, algo menor, algo que podía sostener o soltar a su antojo. Y esa certeza la enfureció más que cualquier cosa que le hubiera hecho antes.
Entonces sintió algo extraño. Un calor que nacía en su vientre, lento, cálido y poderoso, subía despacio por su pecho, por sus brazos, hasta llegar a sus manos sin que pudiera detenerlo. No era suyo… era de ambos. Era la fuerza de la luz y del fuego unidas en ella, despertando por fin. Sin darse cuenta, extendió las manos hacia él, y una ráfaga de energía brillante y potente salió disparada de sus palmas, golpeándolo directamente en el pecho con una fuerza imparable.
Serafín apenas tuvo tiempo de abrir los ojos con sorpresa. El impacto lo levantó del suelo y lo lanzó hacia atrás, volando cinco metros enteros hasta que su espalda chocó violentamente contra la pared de piedra del castillo. Un sonido seco y pesado resonó en todo el jardín. Él deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la fría piedra, y solo alcanzó a decir, con voz entrecortada y sorprendida:
—Ah…
Y una línea roja de sangre brotó de entre sus labios.
Estrella se quedó inmóvil, mirando sus manos, luego mirándolo a él, postrado y herido por su causa. Y en ese instante lo comprendió todo. Era ahora o nunca. Si esperaba a que se recuperara, jamás tendría otra oportunidad.
—Lo he herido —susurró para sí misma, con el corazón latiéndole a mil por hora—. Tardará en restablecerse… eso me da al menos una hora. Quizás más. Es mi única oportunidad. Debo huir. Lejos. Muy lejos. Donde nunca me encuentre.
Sin perder un segundo, giró sobre sus talones y salió corriendo. Corrió con todas las fuerzas que le quedaban, con el alma en vilo, sin mirar atrás, sin detenerse, sabiendo que esta vez no volvería. No era una huida de miedo… era una huida por su libertad, por su hijo, por la vida que merecían vivir. Y mientras corría, dejando atrás el castillo y todo lo que representaba, una sola certeza la sostenía: no me encontrará. No esta vez.