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Noventa Días Para Equivocarme

Noventa Días Para Equivocarme

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amor eterno
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo I Encuentro de poderes

Punto de vista de Victoria

Estaba en una de las torre más alta de la ciudad esperando la llegada de un grupo de empresarios que venían a proponer sus proyectos, ellos no eran diferentes a mí, pues yo estaba al igual que ellos compitiendo por más poder y mucho más dinero.

La reunión empezaría a las diez y media de la mañana, pero yo había llegado media hora antes para poder estudiar la estructura de la empresa que requería nuestros servicios.

Miré el reloj de pared: diez y diez. Tenía tiempo de sobra para repasar los balances financieros y detectar las fisuras de los proyectos rivales. En el mundo corporativo, la información no era poder; era la bala que aseguraba la victoria antes de apretar el gatillo.

Me acomodé el saco del traje a medida y caminé hacia el ventanal de la sala de reuniones. Desde esa altura, la ciudad parecía un tablero de ajedrez en miniatura donde la gente se movía como piezas insignificantes. Yo jamás había sido una pieza más; me había asegurado de ser la jugadora que controlaba el juego.

Escuché el murmullo de pasos firmes acercándose por el pasillo. La puerta de cristal se abrió y los vi entrar. Trajes impecables, sonrisas ensayadas y la conocida mirada hambrienta de quienes creen que van a comerse el mundo.

Los evalué en un segundo. Ninguno representaba un verdadero peligro.

Sin embargo, detrás de ellos caminaba el único hombre que podía cambiar la temperatura de cualquier habitación con solo poner un pie dentro.

Sebastián Alarcón.

Llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro y esa expresión de soberbia calculada que tanto detestaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su sonrisa se volvió aún más afilada.

—Vaya, Valenzuela —dijo en tono pausado, deteniéndose justo frente a mí—. Siempre tan puntual. Casi parece que tienes miedo de perder.

Su comentario hizo que me hirviera la sangre, el siempre había sido tan arrogante y eso me sacaba de mis casillas.

Sostuve su mirada sin pestañear, obligando a mi rostro a mantener una neutralidad absoluta. La sola presencia de Sebastián siempre producía ese efecto insoportable: una electricidad helada que recorría mi columna y me ponía en alerta máxima. Él sabía exactamente cómo presionar mis botones, y yo odiaba que su proximidad hiciera que el aire en la sala se sintiera de pronto tan escaso.

—La puntualidad no es miedo, Alarcón; es disciplina. Algo que claramente tu empresa no puede presupuestar —respondí con una voz tan gélida que habría congelado el café que llevaba en la mano.

Sebastián soltó una risa baja, un sonido grave que pareció retumbar justo en mi pecho. Dio un paso hacia mí, recortando la distancia profesional que nos separaba. Olía a madera y a un perfume costoso que me obligó a apretar los puños dentro de los bolsillos para no dar un paso atrás.

—Siempre tan tajante, Victoria —murmuró, inclinando levemente la cabeza.

Su mirada descendió por un segundo a mis labios antes de volver a encontrarse con mis ojos—. Un día de estos vas a romperte de tanto tensar la cuerda.

—Antes me rompería que cederte un solo centímetro de mercado —sentencié, dando un paso al frente para quedar ridículamente cerca de él. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad con la que yo me blindaba—. Disfruta la reunión. Será lo más cerca que estarás de arrebatarme este contrato.

Él no se dio por vencido; al contrario, su sonrisa se volvió peligrosamente desafiante. Se inclinó un milímetro más, lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

—Acepto el reto, Valenzuela. Sabes que me encantan las causas difíciles.

Un carraspeo incómodo de uno de los ejecutivos rompió la burbuja de tensión que nos rodeaba. Sebastián me dedicó un último guiño cargado de provocación y caminó hacia la mesa principal con la elegancia de un depredador que sabe que la caza acaba de empezar.

Me acomodé el reloj, sintiendo el pulso acelerado en las muñecas. Lo odiaba. Odiaba su arrogancia, odiaba su capacidad para descolocarme y, sobre todo, odiaba lo absurdo de lo que me hacía sentir.

La mesa de madera de caoba parecía un campo de batalla en miniatura. En el centro, el señor Onetto, el inversionista principal, nos observaba a ambos como quien intenta decidir qué fuerza de la naturaleza es más destructiva.

Tomé la palabra primero, proyectando en la pantalla principal las proyecciones financieras que había perfeccionado durante semanas.

—El grupo Valenzuela no ofrece promesas, ofrece números consolidados —expuse, haciendo que cada cifra resonara con precisión —. Reducimos los riesgos operativos en un cuarenta por ciento desde el primer trimestre. Si busca estabilidad y un retorno garantizado sin margen de error, nuestra infraestructura es la única opción lógica.

—La lógica es fantástica para no perder dinero, señor Onetto, pero pésima para triplicarlo —interrumpió Sebastián, reclinándose en su silla con una calma casi insultante.

Sin levantarse, lanzó un expediente sobre la mesa. La audacia de su gesto atrajo de inmediato la atención de todos.

—La propuesta de Victoria es un monumento a la cautela —continuó él, clavando su mirada en la mía antes de dirigirse al inversionista—. Un modelo impecable si estuviéramos en la década pasada. Pero el mercado actual no premia a los que se protegen; premia a los que conquistan. Mi firma no solo reduce costos, sino que absorbe la competencia directa en la región central antes de cerrar el año.

—Un plan agresivo que ignora las fluctuaciones regulatorias —ataqué de inmediato, inclinándome hacia adelante y apoyando las manos en la mesa—. Alarcón promete un crecimiento desmedido a costa de una volatilidad que su capital no debería arriesgar, señor Onetto. Un movimiento en falso y la reestructuración devorará sus márgenes.

—Solo si la reestructuración la ejecuta alguien sin el carácter para sostenerla —replicó Sebastián, con la voz baja, firme y cargada de una seguridad aplastante—. Mis clientes no buscan un refugio seguro, buscan la hegemonía. Y yo se la doy.

Durante los siguientes cuarenta minutos, la sala se convirtió en un cruce constante de estrategias, tecnicismos y estocadas impecables. Ni un solo titubeo. Cuando yo cerraba una brecha, él abría una nueva vía de mercado; cuando él desplegaba su agresividad, yo desmontaba sus argumentos con una frialdad matemática devastadora.

Para el resto de los ejecutivos presentes, éramos dos tiburones disputándose la misma presa. Pero entre el choque de nuestras voces y la presión de los datos, la electricidad entre los dos era insoportable. Cada réplica era una caricia desafiante; cada contraataque, un juego de poder velado.

El señor Onetto se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, visiblemente abrumado.

—Señores... esto es extraordinario y, a la vez, una pesadilla —admitió el inversionista, mirando alternativamente el dossier de Valenzuela y el proyecto de Alarcón—. Elegir a uno es renunciar a la brillantez del otro. Necesito veinticuatro horas para tomar una decisión.

Sebastián me dedicó una mirada, con la sombra de una sonrisa bordada en los labios. Habíamos acorralado al hombre más poderoso de la sala, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder la victoria final.

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Johann
👏👏👏👏❤️❤️
Johann
😯😯😯😯
Maru
Peligro ☣️⚡ d 😳😱
Maru
😱😳 Catalina/ Verónica como sea debe haber alguien que sabe el secreto; no obstante, el fraticidio cometido por esa 🐍 víbora pudo ser la causa del suicidio de padre de Victoria
Liliana Torres
🐀🐀🐀
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️💖
Johann
😯😯😯👏👏👏
Johann
👏👏👏👏
Johann
😯😯😯😯
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️
Johann
👏👏👏👏
Johann
😢😢😢
Johann
😯😯😯
Johann
😢😢
Johann
🥺🥺🥺🥺
Johann
🥺🥺🥺
Celeste Salinas
Victoria tiene que arreglar las cosas como hacemos todas nosotras.. cruzarse con la mejor ropa interior que tenemos.. conseguimos el perdón 🤭🤭😂🥰
Celeste Salinas
jaja
Alexandra Ortiz Posada
Ahí están los resultados de no hablar con la verdad a Sebastián que la quería ayudar
Johann
😭😭😭😭
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