Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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El Erudito de los Jardines de Invierno
La relativa paz en Cima Blanca se vio alterada por la llegada de un carruaje diplomático procedente de las Provincias Marítimas del Este. De él descendió Dorian, un joven erudito y herbalista de modales refinados, rostro agraciado y una voz de seda que de inmediato fascinó a los gremios de sanadores de la ciudad.
Dorian solicitó audiencia con el Consorte Real bajo el pretexto de donar semillas raras de las islas del sur para los invernaderos del palacio.
Julian, siempre receptivo a las artes médicas y deseoso de ampliar sus conocimientos, lo recibió en los jardines de invierno. La química intelectual entre ambos fue instantánea: hablaban de técnicas de destilación, taxonomía vegetal y medicina de los pueblos olvidados.
—Es maravilloso encontrar a alguien en esta fortaleza helada que aprecie la belleza de la botánica sin pensar en la guerra, Lord Julian —dijo Dorian con una sonrisa cálida, acomodando con sutileza una flor de nieve en el cuello del manto de Julian, rozando accidentalmente sus dedos con la piel del chico.
Desde la galería alta del salón, dos pares de ojos observaban la escena con una ferocidad contenida.
Las manos del Gran Duque apretaban la barandilla de mármol con tanta fuerza que la piedra comenzó a agrietarse bajo su guante de cuero. En su mirada, la tormenta gris de Alistair se mezclaba en una danza inestable con el fuego dorado de Vane.
—Le está tocando la piel... —siseó Vane en la mente compartida, los músculos de su mandíbula tensándose de rabia—. Voy a bajar y le voy a arrancar la mano que se atrevió a posar sobre nuestro pajarillo.
—Espera... —frenó Alistair con amargura interna—. Julian sonríe. Hacía semanas que no hablaba con alguien que comprenda los dialectos botánicos del sur. Tal vez... tal vez Julian encuentra aburrida mi compañía.
—¡Tonterías! —reclamó Vane—. Julian es nuestro. No voy a permitir que ese advenedizo de la mariposa se le acerque un milímetro más.
Esa misma tarde, tan pronto como Dorian abandonó el invernadero, Julian regresó a los aposentos privados tarareando una melodía del sur. Apenas cruzó el umbral, las pesadas puertas de roble se cerraron de golpe tras él mediante un conjuro de magia de sangre.
Julian se giró, sorprendido. En la penumbra de la habitación, el Duque caminaba hacia él con la presencia implacable de un depredador acorralando a su presa. La camisa del noble estaba desabrochada y su mirada era una mezcla de amargura hiriente y hambre posesiva.
—¿Alistair? ¿Vane? —preguntó Julian, sintiendo una repentina descarga de calor por la tensión que emanaba del hombre.
El Duque no respondió con palabras. Acortó la distancia de dos zancadas, sujetó a Julian por la cintura y lo estampó firmemente contra la pared, aprisionando sus piernas entre las suyas. La boca de Vane se apoderó de la de Julian en un beso feroz, desesperado y casi punitivo, mordisqueando su labio inferior hasta sacarle un jadeo.
—Vane... ah... ¿qué ocurre? —pidió Julian al romper el beso, con los labios hinchados y el pulso acelerado.
—¿Te divertiste mucho en el invernadero con tu nuevo amigo? —siseó Vane, sus ojos dorados brillando con celos desenfrenados mientras sus manos apretaban las caderas de Julian con una fuerza abrumadora.
—¿Te parecen aburridas mis lecturas, Julian? —intervino la voz dolida de Alistair, la pupila cambiando a gris mientras acunaba el rostro del chico con una devoción necesitada—. ¿Necesitas que un forastero toque tu piel para sentirte feliz?
Julian abrió los ojos con asombro al comprender la tormenta de inseguridad y celos que estaba presenciando. Deslizó sus brazos alrededor del cuello del Duque, apretándolo contra su pecho.
—Por los dioses... están celosos —susurró Julian con ternura pura—. Escúchenme, tontos... Dorian solo es un herbalista. Nadie en este mundo podría ocupar el lugar que ustedes tienen en mi corazón y en mi cuerpo.
Sin embargo, aunque la promesa de Julian calmó la tormenta esa noche en un encuentro lleno de besos ansiosos y reclamos corporales, el instinto protector y oscuro de Vane le advertía que algo en la mirada de Dorian no era natural.
es mentira