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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:564
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

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Capítulo 11: La promesa

A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana con una luz dorada que parecía burlarse de la oscuridad de la noche anterior.

Nicolás seguía dormido, con el pecho subiendo y bajando con una regularidad que me devolvía la esperanza. Sus dedos seguían enredados en los míos, y su rostro tenía una expresión tranquila, como si la crisis de la noche hubiera sido solo un mal sueño.

Pero no había sido un sueño.

Había sido real. Y me había recordado, con una crudeza que no podía ignorar, que el tiempo se nos estaba acabando.

Me quedé sentada junto a la cama, mirándolo dormir, sintiendo el peso de cada segundo. Las horas pasaban como arena entre los dedos, y yo no podía hacer nada para detenerlas.

A las diez, Nicolás abrió los ojos.

—Buenos días, dormilona —dijo, con la voz ronca pero viva.

—Buenos días.

—¿Has dormido algo?

—No.

—¿Has estado mirándome toda la noche?

—Sí.

Sonrió. Esa sonrisa suya, tan cálida y tan frágil, que me partía el alma y la reconstruía al mismo tiempo.

—Eres una acosadora, Valeria.

—Soy tu acosadora.

—Mi acosadora favorita.

Se incorporó lentamente, con un esfuerzo que apenas pudo disimular. Yo le ayudé a acomodar las almohadas detrás de la espalda, y él me miró con una intensidad que me hizo contener el aliento.

—Valeria, necesito pedirte algo.

—Lo que sea.

—No... no me has dejado terminar. —Tomó mi mano y la apretó con suavidad. —Lo que te voy a pedir es difícil. Y quizás no quieras oírlo. Pero necesito que lo escuches.

Mi corazón se aceleró.

—Dime.

—Cuando me vaya...

—No hables de eso.

—Tengo que hacerlo. —Su voz era firme, aunque sus ojos brillaban con algo que no quería ver. —Cuando me vaya, quiero que prometas algo.

—No voy a prometer nada que me aleje de ti.

—No es eso. —Sonrió con tristeza. —Es lo contrario.

—No entiendo.

Nicolás soltó un suspiro y me miró a los ojos.

—Quiero que prometas que no vas a dejar de amar —dijo. —Que no vas a cerrar tu corazón. Que no vas a volver a esconderte detrás de los libros y de los silencios.

—Eso es lo que he hecho toda mi vida.

—Lo sé. —Apretó mi mano. —Y por eso te lo pido. Porque no quiero que mi muerte sea la excusa para que te encierres de nuevo.

—Nicolás...

—Escúchame. —Se inclinó hacia mí, con un esfuerzo que le costó toda su energía. —He visto cómo te miras al espejo. He visto cómo te culpas por cosas que no son tu culpa. He visto cómo te castigas por amar. Y no quiero que eso siga pasando.

—No sé cómo hacerlo diferente.

—Sí sabes. —Levantó mi mano y la besó. —Lo has hecho conmigo. Has abierto tu corazón, has dejado que el amor entre. Y ha sido hermoso.

—Pero contigo fue fácil.

—¿Fácil? —Sonrió con ironía. —Has pasado semanas con miedo a que dejara de respirar. Has llorado en mi hombro. Has dormido en una silla incómoda. No ha sido fácil.

—Tú lo has hecho fácil.

—Porque te he querido. —Su voz se quebró. —Y porque sé que puedes hacerlo. Puedes querer a alguien más. Puedes volver a amar. Pero para eso, tienes que prometerme que lo intentarás.

—No puedo prometerte eso.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero a nadie más. —Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. —Porque solo te quiero a ti.

—Y yo solo te quiero a ti. —Me secó las lágrimas con el pulgar. —Pero cuando me vaya, no quiero que te quedes sola. Quiero que seas feliz. Quiero que ames. Quiero que vivas.

—No sé si podré.

—Lo sé. —Sonrió con una ternura infinita. —Eres más fuerte de lo que crees.

—¿Y si no lo soy?

—Entonces te ayudaré desde donde esté. —Apoyó su mano sobre mi pecho, justo donde latía mi corazón. —Cada vez que sientas miedo, cada vez que quieras huir, recordarás lo que te he dicho. Que el amor no es un veneno. Es un salvavidas.

—Tú eres mi salvavidas.

—Y tú eres el mío. —Se inclinó y me besó en la frente. —Pero los salvavidas también se pueden compartir.

—No quiero compartirte.

—No tienes que hacerlo. —Sonrió. —Solo quiero que prometas que, cuando yo no esté, vas a dejar que el amor vuelva a entrar en tu vida.

El silencio se alargó durante varios segundos.

Y entonces, con el corazón roto y la voz temblorosa, asentí.

—Te lo prometo —susurré.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Nicolás sonrió. Una sonrisa tan brillante que iluminó toda la habitación.

—Eso es todo lo que necesitaba oír.

Y entonces, con su mano en la mía y el sol entrando por la ventana, me dejé querer.

Sin miedo.

Sin culpa.

Sin maldición.

Solo amor.

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