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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:337
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El llamado del norte

La semana transcurrió con una normalidad que Lucy no esperaba volver a sentir. Asistió a todas sus clases, tomó apuntes que esta vez sí retenía, se reunió con Mara en la biblioteca para repasar para el examen final y cenó con su madre todas las noches, escuchándola contar anécdotas del trabajo y preguntarle por sus estudios. Por fuera, todo parecía haber vuelto a su cauce. Por dentro, sin embargo, Lucy llevaba un secreto que latía al ritmo de su corazón: la marca en el pecho, el libro guardado en su estantería, y la certeza de que en cualquier momento todo podría cambiar de nuevo.

Wonho no desapareció, pero tampoco se hizo presente de manera constante. Se veían en momentos breves, discretos: un encuentro rápido en una plaza lejana mientras ella regresaba de la universidad, una nota corta que aparecía entre sus apuntes cuando nadie miraba, una mirada a lo lejos que ella sabía reconocer al instante. Él le había explicado que debían tener cuidado: los Recolectores sabían que ella había despertado, y que estaban juntos. Cualquier encuentro prolongado podía ponerla en peligro. Pero Lucy no se quejaba. Sabía que cada pequeño momento juntos era un regalo que habían ganado después de siglos de espera.

El jueves por la tarde, mientras salía de una clase especialmente larga de historia, Mara la agarró del brazo y la llevó a un rincón apartado del pasillo. Su expresión era seria, preocupada, y Lucy sintió que el nudo de la culpa volvía a apretarle el estómago.

—Ya basta, Lucy —dijo su amiga sin rodeos—. Sé que me ocultas algo. No me digas que es solo cansancio, no me digas que son los exámenes. Te conozco. Y lo que sea que estés viviendo… no tienes que hacerlo sola.

Lucy miró a su alrededor, asegurándose de que nadie los escuchara. Quería decírselo. Quería abrirle el pecho y mostrarle todo lo que llevaba dentro: el poder, los Recolectores, Wonho, las vidas pasadas. Pero cada vez que abría la boca, las palabras se le atascaban. ¿Cómo explicarle algo que ella misma aún terminaba de procesar? ¿Cómo pedirle que creyera en un mundo de guardianes y libros antiguos sin pensar que se había vuelto loca?

—Es complicado —dijo finalmente, con la voz baja y quebradiza—. De verdad, Mara. No es que no quiera contarte. Es que… no sé ni por dónde empezar. Y tengo miedo de que no me creas. O peor, de que te ponga en peligro.

Mara la miró a los ojos durante largo rato, y luego suspiró, su expresión suavizándose. Le apretó el brazo con cariño.

—No tienes que explicarme nada ahora —dijo—. Pero prométeme que cuando estés lista, estaré aquí. Y que si algo malo te pasa, me llamas. No importa la hora, no importa el lugar. ¿Me prometes?

Lucy asintió, sintiendo cómo las lágrimas se le acumulaban en los ojos. Abrazó a su amiga con fuerza, agradecida por su lealtad, por su paciencia, por quererla incluso cuando no podía ser completamente honesta con ella.

—Te prometo —susurró al oído.

Más tarde, mientras caminaba de regreso a casa, Lucy sintió un cosquilleo cálido en el pecho, justo donde estaba la marca. Al principio pensó que era el frío de la tarde, pero la sensación creció, convirtiéndose en un latido suave y constante que le recorría todo el cuerpo. Al mismo tiempo, el libro de cuero que llevaba en la mochila —había empezado a traerlo consigo después del ataque al refugio— se calentó, como si respondiera a la misma señal.

Lucy se detuvo en seco en medio de la acera. Miró a su alrededor, buscando entre la multitud esa figura alta y oscura que ya sabía reconocer. Y allí estaba, al final de la calle, apoyado en la pared de un edificio antiguo, esperándola. Wonho.

Ella se acercó con paso rápido, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba no solo por la emoción de verlo, sino también por la extraña señal que su cuerpo y el libro le estaban enviando.

—¿Qué pasa? —preguntó en cuanto llegó a su lado, en voz baja para que nadie los escuchara—. Sentí algo… como una llamada.

Wonho asintió, su expresión seria pero tranquila. Le tomó la mano y la llevó hacia un callejón cercano, alejados de la mirada de los transeúntes. Allí, entre las sombras, se detuvo y la miró a los ojos.

—Es la señal —dijo, y su voz sonó cargada de una importancia antigua—. El guardián del norte nos está llamando. Sabe que has despertado. Sabe que estamos listos para empezar el viaje.

Lucy sintió que el estómago se le revolvía. El viaje al norte. La búsqueda del guardián más antiguo de todos. Lo habían hablado en el refugio, después del ataque, cuando ambos estaban heridos y cansados pero decididos a luchar. Pero ahora que el momento se acercaba, la realidad de lo que eso significaba le golpeó con fuerza.

—¿Cuándo? —preguntó, aunque temía la respuesta.

—No es inmediato —respondió Wonho, como si leyera sus pensamientos. Le acarició la mejilla con suavidad, calmando su ansiedad—. Todavía tenemos tiempo para prepararnos. Pero debemos empezar a organizarnos. Conseguir provisiones, trazar la ruta, asegurarnos de que nadie nos siga cuando partamos. Podemos hacerlo poco a poco. No tienes que dejar tu vida de un día para otro.

Lucy suspiró de alivio, pero también sintió una punzada de tristeza. Dejar su vida. Dejar a su madre, a Mara, las clases, la rutina que tanto amaba y que ahora valoraba más que nunca. Sabía que era necesario. Sabía que el destino de todos los guardianes, y quizás de mucha gente inocente, dependía de que destruyeran el poder de los Recolectores. Pero el corazón le dolía al pensar en alejarse de todo lo que conocía.

—¿Y si no vuelvo a tiempo para los exámenes? —preguntó, y aunque sonó a broma, había una dosis de verdad en sus palabras.

Wonho esbozó una sonrisa, esa sonrisa suave que solo ella conocía.

—Te prometo que volverás a tiempo para tus exámenes —dijo—. Y si no, yo mismo le explico a tu profesora qué te detuvo. Aunque dudo que crea la historia de los Recolectores y los guardianes de historias antiguas.

Lucy soltó una risita, sintiendo cómo la tensión se le aflojaba un poco. Él siempre tenía esa capacidad de calmarla, de hacer que incluso los momentos más difíciles parecieran manejables.

—Tengo que decírselo a mi madre —dijo después de un momento, volviendo a ponerse seria—. No puedo simplemente desaparecer sin decir nada. Se preocupará muchísimo.

—Dile que te vas de viaje de estudios con la universidad —sugirió Wonho—. O que te invitaron a un taller en otra ciudad. Algo que suene creíble, algo que no le dé miedo. No tienes que mentir del todo… solo ocultar una parte de la verdad. Por ahora.

Lucy asintió. Era una solución imperfecta, pero era la mejor que tenían. No podía poner a su madre en peligro contándole la verdad completa. No todavía.

En ese instante, la marca en su pecho dio un vuelco fuerte, doloroso esta vez. Wonho se tensó al instante, todo su cuerpo en alerta, y miró hacia la entrada del callejón con ojos estrechados.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucy, sintiendo cómo el miedo regresaba.

—Nos están buscando —respondió él en un susurro, tomándola de la mano con fuerza—. No son los Recolectores principales, solo exploradores. Pero no debemos quedarnos aquí. Ven.

Corrieron por el callejón, tomando rutas que Lucy no conocía, moviéndose con una agilidad que le sorprendió a sí misma. El poder dorado dentro de ella latía, alerta, lista para salir si fuera necesario. Pero Wonho no se detuvo hasta que llegaron a una plaza pequeña y concurrida, llena de gente caminando y luces de farolas encendiéndose al atardecer. Allí, entre la multitud, se detuvieron para recuperar el aliento.

—Están más cerca de lo que pensaba —dijo Wonho, mirando a su alrededor con ojos atentos—. Esto significa que debemos acelerar los preparativos. No tenemos tanto tiempo como creíamos.

Lucy asintió, aunque sentía cómo el corazón le golpeaba las costillas. El peligro estaba ahí, más cerca que nunca. Y sin embargo, de pie junto a Wonho, sintiendo su mano entrelazada con la suya, no sentía miedo. Solo determinación.

—Empezamos mañana —dijo ella, mirándolo a los ojos con firmeza—. Mañana mismo empezamos a preparar todo.

Wonho le devolvió la mirada, y en sus ojos oscuros brilló una mezcla de orgullo y amor.

—Juntos —dijo.

—Juntos —repitió ella.

Se separaron en la siguiente esquina, prometiendo verse al día siguiente en un lugar seguro. Lucy caminó hacia casa despacio, mirando a su alrededor con nuevos ojos. La ciudad seguía siendo la misma: calles ruidosas, luces de escaparates, gente apresurada. Pero ahora ella sabía que debajo de esa normalidad latía otro mundo, más antiguo, más peligroso y más hermoso de lo que jamás había imaginado.

Al llegar a casa, saludó a su madre con una sonrisa, subió a su habitación y guardó el libro de cuero en su lugar seguro. Se sentó en la cama y miró alrededor: sus apuntes esparcidos por el escritorio, la ropa doblada en la silla, la fotografía de ella y Mara en la mesita de noche. Su vida. Su mundo.

Pronto tendría que dejarlo todo por un tiempo. Pronto emprendería un viaje hacia el norte, hacia lo desconocido, para cumplir con un destino que había sido escrito siglos antes. Pero no lo haría con miedo. Lo haría con la certeza de que volvería. De que su vida cotidiana seguiría ahí esperándola. Y de que, mientras estuviera de la mano de Wonho, nada podría detenerlos.

Esa noche, antes de dormir, Lucy abrió su cuaderno de apuntes y escribió en una hoja en blanco, con letra firme: Preparar la maleta. Decirle a mamá que voy de viaje. Estudiar un poco más antes de irme.

Debajo, en letra más pequeña, añadió: Encontrar al guardián. Destruir a los Recolectores. Volver a casa.

Cerró el cuaderno, apagó la luz y se acostó, sintiendo cómo la marca en su pecho latía suavemente, como un recordatorio constante de lo que estaba por venir. Mañana sería un día nuevo. Un día de preparativos. Un día que la acercaría un poco más a cumplir la promesa que habían hecho hace quinientos años.

Y por primera vez en mucho tiempo, Lucy cerró los ojos sin miedo al futuro.

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