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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Vos, yo y Gaga, el inicio del caos.

Hoy sonaba en la radio esa canción, esa que estaba de moda y tanto te gustaba, pero que te daba vergüenza admitir, y que cada vez que ibas a casa escuchabas. Yo la tenía de tono para las llamadas; y años después, vos también la tuviste.

Ya llevábamos unos meses estudiando en la universidad. Nos habíamos hecho muy amigos, pero aún no había pasado nada entre nosotros. Estudiábamos carreras diferentes, aunque compartíamos algunas materias, así que cuando nos veíamos compartíamos banco, uno junto al otro. Salíamos al “recreo” juntos. Ambos detestábamos estar entre una multitud de gente, así que caminábamos una cuadra y media hasta una plaza hermosa que estaba cerca de la universidad y nos sentábamos en ese banquito mal pintado, de color celeste sobre blanco, a charlar solos, a fumar un cigarrillo. Y a veces, incluso, a repasar un poco el material de alguna clase.

Yo no conocía tu casa; vos tampoco la mía. Siempre pensaba en invitarte un fin de semana, pero la vergüenza me podía. A veces creía que ya tenías planes, o que quizás tenías algo mejor organizado con tus amigos, así que dejaba la invitación para más adelante.

Ese viernes arrancamos a rendir finales. Todos iban a festejar con sus familias, todos menos yo. Los tenía lejos, y era imposible pagar un pasaje para ir a verlos solo por unos días. De todos modos me alegré: por mí, por vos y por todos. Como en casi todos los primeros finales, nos fue bien a la mayoría. Se sentía un ambiente festivo en los pasillos de la universidad.

Salimos muy contentos y charlamos en el colectivo, como lo veníamos haciendo desde hacía un tiempo.

Nos despedimos hasta el lunes, pero ni bien llegué a casa sonó mi celular. Era un mensaje tuyo, invitándome a tomar unas cervezas a tu casa. Me mentiste: dijiste que tu familia se acostaba temprano, que tu novia trabajaba al otro día, que solo ibas a cenar con ellos y después te quedabas solo. Años más tarde me dijiste que esa había sido la primera vez que viste tristeza en mis ojos, más allá de mi gran sonrisa de siempre.

Y así fue como terminamos frente a frente, brindando en un bar precioso del centro.

Charlamos durante horas. Tomamos cerveza como si no hubiera un mañana. Me contaste que las cosas no iban bien con tu novia; que esa noche no había ido a cenar con vos y tu familia, que ni siquiera había contestado tus mensajes o te había felicitado por aprobar. Dijiste que hacía semanas sentías que ella estaba distante, que ya no se veían. Yo no sabía qué decir: la había visto en un par de oportunidades, pero no la conocía realmente.

Me preguntaste por qué yo estaba solo y si me veía con alguien. Terminé contándote algunas malas experiencias de mi adolescencia, y te dije que era bisexual.

De fondo sonaba Bad Romance, de Lady Gaga. Estiraste tu mano y acariciaste la mía. Me sonrojé; jamás un hombre me había acariciado la mano en público. Nos miramos en silencio. Yo estaba paralizado, porque no sabía cómo responder a esa caricia, hasta que te paraste, apoyaste medio cuerpo sobre la mesa, te acercaste y me besaste. Ese fue el inicio del caos.

Me acompañaste a casa. Tuvimos relaciones con una pasión que solo las noches de borrachera juvenil pueden desatar. Me besabas y me decías cuánto me deseabas, cuánto habías esperado ese momento.

Después te sentaste en la cama. Te hablé y no me contestaste. Te pusiste la ropa en silencio y te fuiste.

Me quedé acostado, sintiéndome culpable por lo que había pasado.

Ese sábado y ese domingo ya no me escribiste. Quise hacer como si no me importara. No eras ni el primero ni el último “heterosexual” que hacía algo así conmigo, que experimentaba. Me enojé conmigo mismo por dejar que todo eso pasara.

El lunes, en la universidad, me saludaste como si nada hubiera ocurrido. Me hablaste de cualquier otra cosa, y yo estaba ahí, escuchándote con un nudo en la garganta. Quería preguntarte, tenía miles de preguntas, pero opté por quedarme callado.

La semana transcurrió normal, más normal de lo que esperaba. La única diferencia era cuando subías al colectivo: te hacías el dormido y apoyabas la cabeza en mi hombro, tanto de ida como de vuelta de la universidad. De esa manera evitabas afrontar la situación y esquivabas mis preguntas. Así lo hiciste hasta el viernes.

Ese viernes una compañera nos había invitado a una juntada a la noche. Yo no estaba seguro de ir; iban varias chicas y chicos de la universidad. Pero pasaste a buscarme en un remis y me avisaste cuando estabas afuera, así que me puse la campera y salí. No me diste tiempo ni a cambiarme de ropa.

En el remis íbamos en el asiento de atrás, en silencio. Me tomaste la mano, la levantaste hasta la altura de nuestras caras y me besaste los nudillos, mientras seguías sosteniéndomela. Y ahí todo volvió a empezar.

Cuando se desató el caos, esos meses, aún era joven y tenía poca experiencia. Y simplemente me dejé llevar. La única regla que me había impuesto era no engañar a nadie, y menos a tu novia. Así que cada vez que ella te dejaba, volvíamos a encontrarnos. Yo me presté, aunque el primer año solo fue diversión de fines de semana; en los años siguientes, las cosas se fueron complicando.

Aún me faltaba mucho camino por recorrer.

Nos faltaba mucho, demasiado, por aprender.

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Benjamín Gohega
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