Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capítulo 7: Fiebre y verdades amargas
La magia de Elizabeth comenzó a escapar de su control. Una presión invisible se extendió por la habitación, mucho más intensa que antes. El aire parecía vibrar a su alrededor y una cálida corriente de energía esmeralda recorrió el piso de piedra mientras observaba al pequeño.
No le gustaba aquella mirada. Le dolía profundamente ver cómo un niño de apenas tres años la observaba con tanto terror, como si esperara que ella fuera a lastimarlo en cualquier momento. Y, sobre todo, le daba rabia saber que alguien se había encargado de enseñarle a temerla.
Elizabeth respiró profundamente e intentó contener el flujo de su mana.
—Bastian... —llamó con una voz extremadamente suave.
Sin embargo, el niño retrocedió de inmediato. Cuando Elizabeth dio un paso hacia él, Bastian se levantó de golpe. Por un instante pareció dudar, pero finalmente dio media vuelta y comenzó a correr hacia la salida con el rostro desencajado.
—¡Bastian, espera! —exclamó ella, sorprendida.
El pequeño no se detuvo. Corrió tan rápido como sus cortas piernas se lo permitieron, pero su frágil cuerpo no tenía la fuerza suficiente. Tras unos pocos pasos apresurados, sus pies tropezaron y perdió el equilibrio.
Sebastián reaccionó con una agilidad sobrehumana, dando un paso al frente para atrapar al niño antes de que impactara contra el duro suelo.
—¡Joven amo! —exclamó el mayordomo, sosteniéndolo con firmeza.
Bastian comenzó a forcejear en sus brazos con desesperación, intentando liberarse mientras las lágrimas brotaban de sus ojos azules.
—¡No! —su pequeña voz salió temblorosa y ahogada—. ¡Suélteme! ¡No quiero ir con ella! ¡La señora me odia!
Elizabeth se detuvo en seco. Aquellas palabras cayeron sobre ella como una estocada helada. Bastian no solo le tenía timidez; estaba verdaderamente aterrorizado de su presencia.
«¿Qué clase de mentiras le habrán metido en la cabeza a este niño?», pensó Elizabeth con una mezcla de dolor e indignación.
—Bastian, no voy a hacerte daño —intentó tranquilizarlo, dando un paso cauto.
El pequeño negó con la cabeza y buscó esconderse en el pecho de Sebastián, temblando convulsivamente. Elizabeth apretó los puños, sintiendo que la rabia amenazaba con desbordar su magia de nuevo. La energía esmeralda se agitó en sus manos, haciendo vibrar la estancia.
—Señora... —advirtió Sebastián con tono grave, notando la fluctuación mágica.
Elizabeth cerró los ojos y obligó a su corazón a desacelerar. No podía perder el control. No frente a un niño traumatizado.
Cuando volvió a abrir los ojos, su expresión era de absoluta serenidad. Fue entonces cuando notó algo anómalo: la piel de Bastian estaba extremadamente pálida, sus mejillas lucían encendidas y su respiración era agitada y pesada. Había intentado huir aun estando al borde del colapso.
—Bastian está enfermo —afirmó Elizabeth, acercándose con cuidado.
Sebastián colocó una mano sobre la frente del niño y su rostro habitualmente impasible se volvió sombrío.
—Está ardiendo en fiebre, señora.
Elizabeth observó el frágil rostro del pequeño. Le pesaba el alma al comprender que había preferido huir aterrorizado antes que pedir ayuda. Extendió lentamente la mano, permitiendo que su mana esmeralda fluyera con una dulzura sutil.
—Bastian, duerme... —susurró con ternura.
Esta vez no hubo una ráfaga de poder. Fue una ola cálida y arrulladora. La tensión abandonó el cuerpo del niño, sus pestañas cayeron pesadas y finalmente quedó profundamente dormido en los brazos del mayordomo.
Elizabeth soltó el aire que contenía en los pulmones y miró a Sebastián.
—Llévalo a mi habitación —ordenó con tono firme—. Quiero que busque inmediatamente al médico de la mansión. Y reúne a todos los sirvientes encargados del ala este en el despacho. Incluida su niñera.
—Como ordene, señora —asintió Sebastián, haciendo una leve inclinación.
Caminaron a paso apresurado de regreso a los aposentos principales. Al entrar, Elizabeth señaló su propia cama de dos plazas y acomodó las pesadas mantas sobre el pequeño una vez que Sebastián lo recostó. Bastian lucía mucho más tranquilo en su sueño mágico.
Elizabeth se dirigió a la pared y tiró del cordón del campanario. Minutos después, unos suaves toques resonaron en la puerta.
—Entre —ordenó ella.
La joven sirvienta María ingresó a la habitación, haciendo una reverencia apresurada.
—¿Me llamaba, señora?
—Quiero que te quedes a cuidar a Bastian hasta que llegue el médico —dijo Elizabeth, señalando la cama.
María levantó la mirada y palideció al ver al pequeño heredero durmiendo en la cama de la duquesa. La tensión en la atmósfera y la mirada penetrante de Elizabeth hicieron que la sirvienta temblara, pensando lo peor.
—No le he hecho daño —aclaró Elizabeth con voz serena al notar su reacción—. Bastian tiene fiebre. El médico viene en camino y necesito que lo vigiles atentamente. Cuando termine de examinarlo, ven a buscarme al despacho.
—S-Sí, señora... Entendido —respondió María, bajando la cabeza con respeto.
Elizabeth salió de la habitación con el rostro endurecido. No iba a permitir que la negligencia continuara impune en esa casa.
Al entrar al despacho principal, encontró a Sebastián esperando junto a varios sirvientes del ala este. Entre ellos se encontraba la niñera de Bastian, luciendo un atuendo impecable pero una postura altanera.
Elizabeth caminó tras el gran escritorio de roble y tomó asiento. Sus ojos esmeralda recorrieron la fila de empleados con una frialdad absoluta.
—Quiero saber por qué Bastian estaba completamente solo y enfermo en su habitación —demandó con voz pausada y potente.
Un silencio sepulcral se apoderó de la estancia. La niñera dio un paso al frente con ligereza, esbozando una sonrisa ensayada.
—Señora, me parece que está habiendo un malentendido —explicó la mujer con tono condescendiente—. El joven amo se encuentra perfectamente bien. Solo estaba descansando.
Elizabeth entrecerró los ojos.
—¿Un malentendido? El niño estaba solo, tiritando y con una fiebre muy alta.
—¿Fiebre? Eso es imposible, señora —insistió la niñera, restándole importancia con un gesto de la mano—. Esta mañana se encontraba perfectamente. Quizá solo sea una pataleta infantil.
La frialdad en la mirada de Elizabeth se volvió helada. Apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Y dónde estaba usted mientras el heredero del archiduque sufría esa «pataleta» solo en una habitación helada?
La niñera vaciló por un instante antes de responder.
—Me encontraba atendiendo otros asuntos de la mansión, señora.
—¿Qué asuntos pueden ser más importantes que cuidar al hijo de esta casa? —inquirió Elizabeth, recorriendo con la mirada al resto de los sirvientes, quienes mantenían la cabeza gacha—. ¿Quién se suponía que debía vigilarlo en su ausencia?
Nadie respondió. La complicidad y la apatía del personal eran evidentes.
—Quiero la verdad —exigió Elizabeth, haciendo resonar su voz en el despacho—. Porque si descubro que le han estado enseñando a este niño a temerme mientras descuidan su salud, no solo perderán sus empleos. Me aseguraré de que no vuelvan a trabajar en ningún rincón del Imperio.
Sebastián observó en silencio a la duquesa, notando cómo la autoridad real del territorio finalmente comenzaba a despertar.