Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 16. EL NIDO DE VÍBORAS
La tarde del viernes tiñó el cielo de Manhattan de un tono violáceo. En el ático del Upper East Side, el ambiente estaba cargado de una electricidad invisible. Faltaban apenas dos horas para la gran cena en la mansión de Long Island y Jacob había movilizado a su equipo de estilistas personales con una orden tajante: Cristine no podía parecer una diseñadora junior del extrarradio; tenía que lucir como la mujer que había conquistado al heredero de Vanguard Textiles.
Jacob esperaba en el salón principal, de pie junto a las cristaleras, apurando un vaso de whisky. Vestía un impecable esmoquin negro a medida que resaltaba su porte atlético y su presencia imponente. Estaba nervioso. Sabía que la cena de esa noche con David y Sara era un campo de minas corporativo.
El sonido de unos tacones contra el mármol pulido lo obligó a girarse. Al clavar sus ojos claros en el pasillo de invitados, Jacob sintió que el aire desaparecía de sus pulmones de golpe.
Cristine apareció en el salón. Llevaba un vestido de alta costura de la línea exclusiva de Vanguard Textiles: una pieza de seda en color verde esmeralda, de corte asimétrico, que caía con una elegancia fluida hasta el suelo, resaltando sus curvas naturales de una forma sutil y arrebatadora. Las estilistas le habían recogido el cabello castaño en un moño alto desestructurado, dejando al descubierto su cuello estilizado, y un maquillaje minimalista potenciaba la profundidad de sus ojos marrones. Cristine no llevaba joyas caras, pero su mirada limpia y su postura digna le otorgaban una sofisticación que ninguna heredera de la Quinta Avenida podría imitar.
—¿Te… te parece adecuado? —preguntó Cristine con timidez, rompiendo el tenso silencio. Sentía que el vestido era una armadura prestada, y la forma tan intensa en que Jacob la miraba le hacía acelerar el pulso de manera peligrosa.
Jacob tragó saliva, dejando el vaso sobre la mesa de cristal con un movimiento mecánico. La amnesia de Las Vegas le había borrado los detalles de la boda, pero al verla así, entendió perfectamente por qué su mente borracha se había encandilado de ella en la barra del Wynn.
—Estás… espectacular, Cristine —respondió Jacob con una voz más profunda y ronca de lo habitual, acercándose a ella despacio—. No hay una sola mujer en esa mansión que pueda hacerte sombra esta noche. Vámonos, el coche espera abajo.
Minutos después, la berlina negra de Vanguard Textiles avanzaba por las autopistas secundarias que conducían hacia las exclusivas zonas residenciales de Long Island. En el asiento trasero, el silencio entre ambos era tan denso que casi se podía tocar. Cristine miraba por la ventanilla el desfile de árboles y mansiones iluminadas, con las manos temblando sutilmente sobre el regazo.
—Tenemos que ensayar la historia antes de cruzar la verja, Cristine —la voz ejecutiva de Jacob rompió la quietud del vehículo, intentando recuperar el control de la situación—. David y Sara van a escudriñar cada palabra. Si dudamos, el consejo de administración usará el escándalo para destituirme.
—Pues dime qué se supone que tenemos que inventar, Jacob —replicó Cristine, girando la cabeza para mirarlo a los ojos—. Porque sigo sin recordar cómo terminé firmando un papel contigo en una capilla.
Jacob se acomodó los puños de la camisa, fijando sus ojos claros en ella con solemnidad.
—Diremos que nos conocimos hace tres meses, durante tus prácticas de fin de grado en la torre de la compañía. Que mantuvimos el romance en absoluto secreto para evitar rumores de favoritismo dentro de las oficinas de diseño. Diremos que la presión del compromiso forzado con Sara me asfixiaba, y que este fin de semana en Las Vegas decidimos cometer la locura de casarnos de forma exprés por puro impulso pasional.
Cristine esbozó una sonrisa mansa y teñida de ironía.
—Una historia de amor preciosa para las revistas de sociedad de Nueva York. Pero Sara sabe perfectamente que tú no la querías, y que te fuiste a Las Vegas bajo el chantaje de unas fotografías de tus amantes. ¿Cómo se va a creer que estabas enamorado de mí en secreto?
—Sara tiene un ego demasiado grande como para aceptar en público que la cambié por tus ojos marrones, Cristine —sentenció Jacob, y por primera vez, extendió su mano grande y cálida sobre el asiento, cubriendo los dedos temblorosos de la chica con una suavidad firme que la hizo estremecer—. El orgullo de Sara es su mayor debilidad. Si ve que entramos cogidos de la mano, si ve la forma en que te miro y cómo me sostienes la mirada, se consumirá en su propia rabia y cometerá un error. Concéntrate en mí, Cristine. No mires a los fotógrafos que Sara contrató por adelantado y que ahora están apostados en la entrada intentando captar nuestra caída. Esta noche somos un equipo.
El coche redujo la velocidad al cruzar las inmensas verjas de hierro forjado de la mansión de Charles. A través de los cristales tintados, Cristine vio el despliegue de limusinas y los destellos intermitentes de los flashes de los paparazcis que esperaban el estallido del escándalo textil.
La berlina se detuvo frente a la escalinata de mármol de la entrada principal. Un miembro del servicio abrió la puerta trasera. Jacob bajó primero, abrochándose el botón del esmoquin, y se giró para ofrecerle la mano a Cristine con una caballerosidad impecable.
Cristine tomó su mano, sintiendo el calor de su palma firme, y bajó del vehículo con la cabeza muy alta. Al caminar hacia las puertas dobles de la mansión, el eco de los flashes y el murmullo de la alta sociedad la envolvieron, pero la firmeza del agarre de Jacob la hizo sentirse extrañamente a salvo en mitad de la tormenta. Estaban a punto de cruzar las puertas del nido de víboras de Long Island, y la farsa obligatoria que apenas comenzaba a tejerse bajo el peso de las acciones estaba a punto de enfrentar su primera y más despiadada prueba de fuego.