Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La casa nueva
LUNA
Faltaban exactamente noventa días para la boda.
Noventa.
Luna había comenzado a contar los días desde que Thiago había conseguido que aceptara aquel compromiso que jamás había querido.
Al principio los contaba con desesperación.
Después con rabia.
Y últimamente...
Los contaba con una sensación extraña que no quería admitir.
Porque cada día que pasaba se acercaba más a convertirse en la esposa de Thiago Del Monte.
Y todavía no sabía qué iba a sentir cuando llegara ese día.
Aquella mañana, sin embargo, no estaba pensando en la boda.
Estaba pensando en dormir.
Era sábado.
Y todos los miembros de su familia conocían una regla que jamás debía romperse.
Los sábados, Luna no se levantaba temprano.
No importaba si había una reunión.
No importaba si había visitas.
No importaba si alguien quería llevarla de compras.
Los sábados eran sagrados.
Luna podía dormir hasta las diez de la mañana.
Y nadie tenía permitido molestarla.
Nadie.
Excepto, aparentemente, Thiago Del Monte.
—Luna.
Nada.
—Cerecita.
La joven se giró hacia el otro lado de la cama.
—Vete.
Thiago suspiró.
—Son las siete.
—No me importa.
—Tenemos que irnos.
—Tampoco me importa.
—El desayuno está listo.
Luna abrió un ojo.
—¿A las siete?
—Sí.
—¿Quién desayuna a las siete un sábado?
—Yo.
—Eso explica muchas cosas de ti.
Thiago sonrió.
—Levántate.
—No.
—Luna...
—Thiago.
—Son las siete y cinco.
Ella tomó una almohada y se la lanzó.
—¡Fuera de mi habitación!
Thiago atrapó la almohada.
—Te doy cinco minutos.
—Te doy cinco segundos para que salgas.
—Cinco minutos.
—¡Thiago!
Él salió de la habitación riéndose.
Luna enterró la cara en la almohada.
No entendía cómo alguien podía amar tanto la puntualidad.
Thiago era un maniático.
Para él, llegar cinco minutos tarde parecía un crimen.
Tenía reuniones programadas con precisión.
Citas.
Comidas.
Viajes.
Todo tenía una hora.
Y si algo comenzaba a las ocho, Thiago estaba allí a las siete cuarenta.
No a las ocho.
No a las ocho menos cinco.
A las siete cuarenta.
Era enfermizo.
Y ahora había decidido destruir la única regla que Luna consideraba sagrada.
Su sábado.
A las siete y veinte, Luna apareció en el comedor.
Tenía el cabello completamente despeinado.
Llevaba un conjunto deportivo y una expresión de pocos amigos.
Sus hermanos la miraron.
Mateo intentó esconder una sonrisa.
Santiago directamente se rio.
—Buenos días, Enana.
Luna lo fulminó con la mirada.
—No.
—¿No qué?
—No me hables.
Gael soltó una carcajada.
—Está de malas.
—Estoy dormida.
—Son las siete y veinte.
—Exactamente.
Thiago estaba sentado en la cabecera.
Perfectamente vestido.
Perfectamente peinado.
Perfectamente despierto.
Luna lo señaló.
—Tú.
—¿Yo?
—Te odio.
Thiago tomó tranquilamente su café.
—Buenos días para ti también.
—¿A qué hora te levantaste?
—A las seis.
Luna abrió los ojos.
—Estás enfermo.
—Probablemente.
Allegra negó con la cabeza.
—Luna, come algo.
—No puedo creer que me hayan despertado.
Gabriel intentó contener la risa.
—Hija, son las siete y media.
—Papá, para mí todavía es de noche.
Mateo tomó una tostada.
—¿Qué pasaría si un día tienes hijos?
Luna lo miró.
—Los tendré a las diez.
Toda la mesa soltó una carcajada.
Thiago sonrió.
Y aunque Luna estaba demasiado molesta para notarlo, él llevaba varios minutos mirándola con una ternura que no podía esconder.
A las ocho y diez salieron.
Tres camionetas negras esperaban afuera.
En la primera iban Thiago y Luna.
En la segunda, los cinco hermanos Bianchi.
En la tercera, Gabriel y Allegra Bianchi junto a Adriano y Valentina Del Monte.
Luna subió al vehículo con los brazos cruzados.
No había dicho una palabra desde que salió de la casa.
Thiago se sentó a su lado.
—¿Sigues molesta?
Luna giró lentamente la cabeza.
—¿Tú qué crees?
—Creo que sí.
—Me levantaste a las siete.
—Sí.
—Un sábado.
—También.
—Sabes perfectamente que los sábados no me levanto temprano.
—Lo sé.
—Entonces eres un monstruo.
Thiago soltó una pequeña risa.
—Cuando veas la sorpresa, estoy seguro de que se te va a quitar lo molesta.
Luna arqueó una ceja.
—¿Una sorpresa?
—Sí.
—Si me llevaste a una reunión, voy a tirarme de la camioneta.
—No es una reunión.
—¿Compras?
—No.
—¿Una fiesta?
—No.
—¿Una boda?
Thiago la miró.
—Tenemos una en noventa días. Con una es suficiente.
Luna resopló.
—Entonces no sé qué quieres enseñarme.
Thiago sonrió.
—Ya lo vas a descubrir.
Luna volvió a cruzar los brazos.
—Más te vale.
Thiago miró por la ventana.
Por primera vez aquella mañana parecía nervioso.
Porque aquella sorpresa significaba mucho para él.
Muchísimo.
LUNA
Una hora después, la camioneta comenzó a reducir la velocidad.
Luna miró por la ventana.
—¿Dónde estamos?
Nadie respondió.
El vehículo cruzó un enorme portón de hierro.
Después apareció un largo camino rodeado de árboles perfectamente cuidados.
Y finalmente...
Luna vio la mansión.
Se quedó completamente quieta.
Era enorme.
No.
Enorme era poco.
Parecía un palacio.
La fachada era de piedra clara, con grandes ventanales, columnas y balcones.
Había una fuente en medio de la entrada.
Un jardín que parecía no tener fin.
Y detrás de la casa podía verse el reflejo azul de una piscina.
La camioneta se detuvo.
Las otras dos hicieron lo mismo detrás.
Luna bajó lentamente.
Mateo salió de la segunda camioneta y se quedó mirando.
—Cuñado...
Thiago lo miró.
—¿Sí?
—Esta casa es hermosa.
Gael bajó detrás de él.
—¿Casa?
Miró alrededor.
—Esto es un maldito palacio.
Santiago silbó.
—¿Cuántas personas viven aquí?
Thiago metió las manos en los bolsillos.
—Actualmente nadie.
Luna lo miró.
—¿Cómo que nadie?
Thiago caminó hasta ella.
—Es nuestra.
Luna parpadeó.
—¿Qué?
—Nuestra casa.
Ella lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Me trajiste hasta aquí para enseñarme una mansión?
—No es una mansión.
Thiago sonrió.
—Es nuestro hogar cuando estemos casados.
Luna dejó de sonreír.
El corazón le dio un pequeño golpe.
Nuestro hogar.
Aquellas palabras sonaban demasiado definitivas.
Demasiado reales.
Hasta ese momento, la boda había sido una fecha.
Un vestido.
Una fiesta.
Un anillo.
Pero aquella casa hacía que todo pareciera real.
Allí estaba el futuro que Thiago había imaginado.
Un futuro en el que ella vivía con él.
—¿Y por eso me levantaste tan temprano?
Thiago asintió.
—Desde temprano se ve más hermosa.
—Thiago...
—Además, tengo un viaje en cuatro horas.
Luna lo miró.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿A dónde?
—Fuera del país.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana.
Luna bajó la mirada.
No supo por qué.
Pero aquella respuesta le produjo una sensación extraña.
Una semana.
No lo vería.
Y, aunque una parte de ella sintió alivio...
Otra parte sintió algo que no quería reconocer.
—No podré verte durante una semana —añadió Thiago.
Luna levantó los ojos.
Él la miraba directamente.
—Así que quería pasar este tiempo contigo antes de irme.
Ella no respondió.
Porque no sabía qué decir.
Adriano se acercó lentamente.
Miró la mansión.
Luego a su hijo.
—Está hermosa.
Thiago sonrió.
—¿Te gusta?
—Sí.
Adriano observó nuevamente el lugar.
—Aunque es demasiado grande para ustedes dos.
—Lo sé.
Thiago miró a Luna.
—Pero quiero tener espacio.
—¿Espacio para qué?
—Para cuando estemos casados.
Luna soltó una risa sin humor.
—¿Y quién te dijo que yo quiero estar sola contigo en esta mansión?
Thiago no perdió la sonrisa.
—Nadie.
—Entonces no hables como si ya estuviera decidido.
El silencio cayó por un instante.
Thiago asintió lentamente.
—Tienes razón.
Luna se sorprendió.
Esperaba que discutiera.
Que insistiera.
Que dijera algo posesivo.
Pero no lo hizo.
Solo añadió:
—Quiero que tengas tu propio espacio aquí.
Aquello la tomó desprevenida.
ALLEGRA
Allegra caminaba por el jardín observándolo todo.
—Hija, mira esto.
Luna se acercó.
—Hay una fuente.
—Y dos piscinas.
—Ya vi.
—Y tú amas nadar.
Luna sonrió ligeramente.
—Eso sí es verdad.
Valentina se acercó.
—Thiago pensó en todo.
Luna miró a su futuro esposo.
Él simplemente se encogió de hombros.
—Quería que te gustara.
Antes de que Luna pudiera responder, Thiago comenzó a explicar:
—Hay un despacho que será mío.
Luna levantó una ceja.
—Qué considerado.
—Una habitación principal.
—¿Solo una?
—Quince habitaciones más pequeñas.
Luna abrió los ojos.
—¿Quince?
—Una biblioteca.
—¿Biblioteca?
—Un cine.
Mateo apareció detrás de ellos.
—Ahora sí me gusta mi cuñado.
Luna rodó los ojos.
Thiago continuó:
—Dos comedores.
—¿Dos?
—Diez habitaciones para el servicio.
—¿Diez?
—Una cocina enorme.
—Eso sí me interesa.
Thiago sonrió.
—Dos vestidores.
Luna lo miró.
—¿Dos?
—Uno para mí y otro para ti.
—¿Y los baños?
—Cada habitación tiene uno.
Gael silbó.
—Esto ya es ridículo.
—También hay espacio para cinco coches.
—Perfecto —dijo Mateo—. Ya encontré mi casa de vacaciones.
Luna lo golpeó suavemente en el brazo.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué? Soy tu hermano.
—Precisamente por eso.
Thiago continuó:
—Hay una cava.
—¿Una cava?
—Sí.
—¿Y qué más?
Thiago se quedó pensando.
—Muchas cosas.
—¿No recuerdas?
—Compré la casa hace meses.
Luna lo miró.
—¿Hace meses?
—Sí.
—¿Antes de que yo aceptara?
Thiago guardó silencio.
Luna sintió un escalofrío.
Porque esa era la respuesta.
Había comprado aquella casa antes de que ella aceptara.
Antes de que realmente quisiera estar allí.
Antes de que ella pudiera decidir.
Thiago había construido el futuro en su cabeza mucho antes de preguntarle si quería formar parte de él.
Allegra volvió a sonreír.
—Creo que la próxima fiesta familiar será aquí.
Miró alrededor.
—Hay espacio de sobra.
Valentina asintió.
—Hay muchísimo espacio para ustedes dos.
Luego miró a Thiago y a Luna con una sonrisa sospechosa.
—Díganme una cosa.
Luna ya sabía por dónde iba.
—No.
Valentina soltó una carcajada.
—Ni siquiera he preguntado.
—No importa.
—¿Están planeando convertirnos en abuelos y tíos muy pronto?
Luna abrió los ojos.
—¡Señora Valentina!
Sus hermanos comenzaron a reír.
Santiago se acercó.
—Pulga, no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de "me están hablando de hijos y quiero desaparecer".
—Porque quiero desaparecer.
Santiago sonrió.
—Siendo sinceros, siempre dijiste que querías ser madre de cuatro hijos.
Luna cruzó los brazos.
—Los sueños cambian.
Gael pasó un brazo por sus hombros.
—Vámonos, Enana.
—¿A dónde?
—A buscar una casa donde no hablen de bebés.
Todos rieron.
—No nos va a dar el privilegio de ser tíos —continuó Gael dramáticamente—. Aunque obviamente yo sería el tío favorito.
—Eso jamás —dijo Mateo.
—Sería yo —respondió Santiago.
—Ni de broma.
Los hermanos comenzaron a discutir.
Pero Luna ya no estaba riendo.
Porque el tema de los hijos había dejado de parecer una broma.
Y entonces Thiago habló.
—Basta.
Todos guardaron silencio.
Thiago miró primero a su familia.
Después a la familia de Luna.
Finalmente, a ella.
—No creo que sea el momento de hablar de niños.
Su tono era tranquilo.
Pero firme.
—Y si Luna no quiere tener hijos, quiero que respeten esa decisión.
Nadie dijo nada.
Thiago continuó:
—Mientras no estemos casados.
Hizo una pausa.
—Y aun estando casados.
Miró a sus padres.
—Por favor, no vuelvan a tocar el tema.
El silencio fue absoluto.
—No quiero que Luna sienta que tiene que ser madre solo porque todos esperan que lo sea.
Luna lo miró.
Completamente sorprendida.
THIAGO
Todos estaban sorprendidos.
Incluso él.
Porque sabía perfectamente que aquello significaba renunciar a uno de sus sueños.
Thiago quería ser padre.
Siempre había querido tener hijos.
Había imaginado a Luna embarazada.
Había imaginado una casa llena de niños.
Había imaginado pequeños Bianchi y Del Monte corriendo por los jardines.
Había imaginado a Luna regañándolos.
A él intentando poner orden.
Las noches sin dormir.
Los cumpleaños.
Las vacaciones.
Una familia.
Su familia.
Pero si para estar con Luna tenía que renunciar a todo aquello...
Lo haría.
No quería que ella tuviera hijos por obligación.
No quería verla sufrir.
No quería que un niño naciera sintiendo que era una imposición.
Si Luna algún día quería ser madre...
Él estaría allí.
Si no quería...
También.
Podía esperar.
Un año.
Cinco.
Diez.
Quince.
Toda una vida.
No le importaba.
Porque todavía tenía esperanza.
Pequeña.
Casi insignificante.
Pero existía.
A veces veía algo en sus ojos.
Un segundo.
Una mirada diferente.
Un gesto.
Una sonrisa que aparecía antes de que ella recordara que debía odiarlo.
Y esos pequeños momentos eran suficientes para mantenerlo aferrado a una posibilidad.
Quizá algún día Luna dejaría de odiarlo.
Quizá algún día volvería a confiar en él.
Quizá algún día lo miraría y diría:
Te amo.
Quiero formar una familia contigo.
Thiago esperaría.
El tiempo que fuera necesario.
Aunque fueran quince años.
Aunque fueran veinte.
LUNA
Me quedé mirándolo.
No sabía qué pensar.
Por unos segundos, no vi al hombre que me había obligado a casarme con él.
Vi al chico que había conocido cuando tenía cinco años.
Al niño que compartía sus juguetes conmigo.
Al adolescente que me esperaba afuera de la escuela.
A mi mejor amigo.
Ese Thiago todavía existía.
A veces podía verlo.
Y eso era precisamente lo que hacía todo más complicado.
Porque era fácil odiar al hombre que había destruido mi libertad.
Lo difícil era odiar al mejor amigo que todavía aparecía de vez en cuando.
—¿Estás bien? —preguntó Thiago.
Asentí.
—Sí.
Mentí.
Miré nuevamente la casa.
Era hermosa.
Demasiado hermosa.
Y por primera vez pensé algo que me asustó.
¿Y si algún día dejo de odiarlo?
Miré la piscina.
El jardín.
La enorme casa.
Y me imaginé allí.
No como una prisionera.
Sino como una mujer que había decidido quedarse.
Después imaginé otra cosa.
Un niño.
Pequeño.
Corriendo por el jardín.
Thiago detrás de él.
Yo riéndome.
Y por un instante...
La imagen no me pareció horrible.
Eso me asustó todavía más.
Porque podía imaginar una vida con él.
Una vida en la que quizá algún día lo mirara con amor.
Pero entonces apareció otro pensamiento.
¿Y si nunca dejo de odiarlo?
¿Qué pasaría entonces?
¿Podría vivir allí?
¿Podría despertar cada mañana a su lado?
¿Podría soportar verlo amarme mientras yo no podía corresponderle?
Y apareció un miedo todavía más profundo.
El miedo de perderlo.
No perder a Thiago como esposo.
Perderlo como persona.
¿Qué pasaría si algún día se cansaba?
Si un día dejaba de esperarme.
Si un día me miraba y me decía:
Ya no te amo.
Sentí un nudo en el pecho.
Porque aunque no quería admitirlo...
Eso me dolería.
Muchísimo.
Tal vez demasiado.
Y entonces comprendí algo que me hizo sentir culpable.
No sabía si amaba a Thiago.
Pero tampoco sabía si quería vivir en un mundo donde él dejara de amarme.
Lo miré.
Él estaba observando la mansión.
Sonreía ligeramente.
Y pensé:
¿Te duele cuando te digo que no te amo?
¿Te duele cuando te digo que te odio?
Por primera vez quise preguntárselo.
Pero no pude.
Thiago se acercó.
—¿Te gusta?
Luna levantó la mirada.
—Sí.
Él sonrió.
—Entonces valió la pena levantarte temprano.
Ella puso los ojos en blanco.
—No abuses.
Thiago soltó una risa.
Y por un instante...
Fue como antes.
Como cuando eran mejores amigos.
Como cuando no existía una boda.
Ni un anillo.
Ni amenazas.
Ni odio.
Solo Luna y Thiago.
Ella sonrió sin darse cuenta.
Thiago la miró.
Y su sonrisa desapareció lentamente.
Porque había visto esa expresión antes.
La sonrisa que Luna le regalaba cuando todavía lo quería en su vida.
No como esposo.
No como dueño.
No como hombre al que debía obedecer.
Como su mejor amigo.
Thiago no dijo nada.
No quiso arruinar aquel momento.
Solo se quedó mirándola.
Y Luna tampoco dijo nada.
Pero ambos pensaron cosas diferentes.
Thiago pensó:
Quizá todavía exista una oportunidad.
Luna pensó:
Quizá algún día pueda volver a verlo como antes.
Y ninguno de los dos sabía que aquella pequeña esperanza sería suficiente para hacer que los siguientes noventa días fueran mucho más complicados.
Porque una boda podía unir dos personas.
Pero no podía obligar a un corazón a amar.
Y Luna todavía tenía noventa días para descubrir qué quería realmente.
Mientras Thiago...
Estaba dispuesto a esperar toda una vida.