Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 12. corazón desarmado
Capítulo 12. Corazón desarmado
La realidad para Sariel ahora era un eco constante, con el nombre de Miguel en el corazón de la mujer que amaba
Sariel sabía que cada minuto de su silencio era una ventaja para la rebelión. Sabía que su hermano Zadquiel confiaría en su palabra y que, al no haber dicho nada, lo estaba dejando vulnerable también a él. Sin embargo, el bloqueo era total. El estratega que podía prever mil movimientos en un campo de batalla no era capaz de dar un solo paso fuera de su propia miseria.
Cerró el puño sobre el pergamino, arrugando el dibujo de Alanis. El cristal de memoria se apagó, quedando frío y mudo sobre la mesa. Sariel se recostó en la silla de piedra, contemplando el techo infinito de la biblioteca.
Afuera, las trompetas celestiales podrían sonar en cualquier momento anunciando el inicio del fin. Pero dentro de la Biblioteca de Marfil, el Guardián de los Secretos decidió que, por esa noche, el universo podía valerse por sí mismo.
El amor, en su forma más cruel, había logrado lo que Luzbel no pudo. Desarmar por completo a Sariel.
En ese momento Uriel entró a la biblioteca haciendo que Sariel regresara a la realidad, él se puso de pie saludando a Uriel, la guardiana de la biblioteca, le preguntó sobre los pergaminos que estaban cubiertos sobre la mesa. Sariel respondió que no tenían valor alguno , se dirigió hacia ellos los tomó y guardó en el estante de los pergaminos sin valor, luego de eso Uriel y Sariel se despidieron
Sariel abandonó la biblioteca, incapaz de soportar el peso del silencio entre los libros, y subió por la escalera de caracol que conducía al Observatorio de Marfil. Este era el punto más alto de la ciudadela, su lugar diseñado para vigilar el movimiento de las estrellas y, sobre todo, para detectar cualquier anomalía en los bordes de la creación.
El observatorio era una cúpula abierta al cosmos, donde el aire era tan puro que quemaba los pulmones. En el centro, un enorme astrolabio de oro y cristal giraba lentamente, siguiendo el ritmo de las esferas celestes.
Sariel se acercó al lente principal, un cristal tallado que permitía ver más allá de la materia. Normalmente, su deber era apuntar el lente hacia los Confines, allí donde la negrura empezaba a devorar la luz, para monitorear el avance de las sombras de las fuerzas primordiales
Pero sus manos, antes firmes, dudaron.
En lugar de buscar las grietas en la frontera, Sariel movió los engranajes con una precisión dolorosa. Ajustó el enfoque hacia los niveles inferiores del Tercer Cielo, hacia los campos de entrenamiento donde los guerreros descansaban bajo la luz de los soles eternos.
El lente captó la silueta de Miguel.
Estaba allí, con sus alas plegadas como capas de fuego blanco, hablando con Alanis. A través del cristal del observatorio, Sariel no podía oír sus palabras, pero no lo necesitaba. Veía la inclinación de la cabeza de ella, la forma en que su mano rozaba brevemente el antebrazo de
Miguel en un gesto de confianza absoluta.
Sariel sintió que el observatorio, su lugar de poder, se convertía en una celda de tortura.
A su espalda, el astrolabio comenzó a emitir un zumbido agudo. Una de las esferas, la que representaba el equilibrio de la Luz, empezó a teñirse de un violeta errático. Era la señal técnica de lo que él ya sabía: la Rebelión de Luzbel . El observatorio estaba detectando el despliegue de las huestes caídas.
Las alarmas silenciosas del cristal parpadearon, bañando las paredes de marfil con una luz roja de advertencia. Cualquier otro día, Sariel habría volado hacia el Consejo con un informe detallado. Habría movilizado a las legiones.
- Que se rompa ,susurró Sariel, sin apartar la vista del lente que enfocaba a la pareja. Que todo se quiebre si así puedo dejar de verlos.
Sariel tomó una pesada manta de terciopelo y, en un acto de traición silenciosa, la arrojó sobre el mecanismo del astrolabio, apagando el brillo de las alarmas.
El observatorio volvió a la penumbra, ocultando la evidencia de la catástrofe que se avecinaba.
Sariel se sentó en el borde del balcón, con las piernas colgando hacia el abismo de nubes blancas. Desde ahí arriba, el cielo parecía infinito y perfecto, pero él sabía que era una cáscara vacía.
Se guardó las manos en las túnicas, apretando el pequeño objeto que Alanis le había dado una vez, un simple cordón de seda que ahora se sentía más pesado que todas las estrellas que juró proteger.
Si Miguel era el sol que ella elegía, Sariel sería el eclipse que nadie vio venir, no por maldad, sino por la absoluta incapacidad de ser el héroe mientras su alma se desmoronaba en el rincón más alto del paraíso.
El orden en los jardines de cristal del tercer cielo continuó.
Alanis y Miguel pasaban el tiempo juntos por mandato del creador, siendo muy cuidadosos para que los demás arcángeles no se dieran cuenta de sus sentimientos, mientras que Sariel por un tiempo no salió del observatorio de marfil, trataba de evadir a Alanis, cada que coincidían en algún lugar, se despedía de ella rápidamente
Alanis comenzó a sentir la distancia entre ella y Sariel.Por otro lado , su relación con Miguel era más cercana ... Continuará