Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 14: La merienda poética
Beatrice Montclair desconfiaba de las meriendas con programa.
Una merienda común ya era peligrosa: demasiadas tazas, demasiados pastelillos pequeños y demasiadas damas con opiniones sobre matrimonios ajenos. Pero una merienda con programa implicaba intención. Y una merienda con programa poético implicaba una clase de amenaza que la ley aún no castigaba por pura falta de imaginación.
—No entiendo por qué debo asistir —dijo Beatrice, mirando la invitación de Lady Harcourt como si pudiera contagiarse de rima.
Lady Agatha, sentada frente a ella, no levantó la vista de su taza.
—Porque Lady Harcourt ha sido amable al invitarte.
—Lady Harcourt escribió “lectura íntima de composiciones sentimentales”.
—Sí.
—Eso no es una invitación. Es una advertencia.
—Beatrice.
—Tía, después de lo ocurrido con el vals, el sombrero y la manzana, permitir a Lady Harcourt leer poesía en mi presencia es darle munición al enemigo.
Lady Agatha dejó la taza.
—No es el enemigo.
—Es una dama con pañuelo, libreta y una alarmante confianza en las metáforas florales. No minimice el peligro.
Clara, que acomodaba unos guantes sobre una silla, preguntó con excesiva inocencia:
—¿Desea llevar un abanico resistente, señorita?
Beatrice la señaló.
—Eso fue sensato.
—Para ocultarse detrás, quiero decir.
—Menos sensato, pero aceptable.
Lady Agatha se levantó.
—Vas a asistir. Vas a sonreír. Vas a escuchar al menos dos poemas sin hacer comentarios audibles.
—¿Audibles para quién?
—Para la habitación.
—Eso deja margen.
—No.
Beatrice suspiró y tomó los guantes.
—Muy bien. Pero si Lady Harcourt titula algo “La cintura del destino”, me retiro.
—Nadie titulará nada así.
Beatrice miró a Clara.
Clara bajó la vista.
—No apostaría por ello, milady.
La merienda de Lady Harcourt resultó ser incluso peor de lo anunciado.
El salón estaba lleno de damas, tazas delicadas, arreglos de flores y una mesa de dulces que en otras circunstancias habría ofrecido consuelo. Pero sobre una mesita central descansaba una pila de papeles atados con cinta rosa, detalle que Beatrice consideró profundamente alarmante.
—Poemas impresos —murmuró—. El desastre ha adquirido distribución.
Lady Agatha le apretó apenas el brazo.
—Compórtate.
—Estoy conteniendo una opinión. Eso debería contar como buena conducta.
Lady Harcourt apareció entre las invitadas con un pañuelo en la mano y una expresión de felicidad poética.
—Señorita Montclair, querida. Qué alegría verla.
—Lady Harcourt. Qué… abundante programa.
—Oh, apenas unas piezas ligeras.
Beatrice miró la pila de papeles.
—¿Ligeras en peso o en sufrimiento?
Lady Agatha murmuró:
—Beatrice.
Lady Harcourt soltó una risa encantada, interpretando el comentario como ingenio social y no como súplica de auxilio.
—Hoy leeremos composiciones sobre afectos inesperados.
Beatrice sintió un frío inmediato.
—Qué específico.
—Los afectos inesperados son los más hermosos. Llegan como el viento, levantan sombreros, alteran pasos, acercan almas…
—Y arruinan meriendas —murmuró Beatrice.
—¿Perdón?
—Dije que realzan meriendas.
Lady Agatha cerró los ojos un instante.
Beatrice buscó una silla suficientemente alejada del centro poético. Naturalmente, Lady Harcourt la ubicó en la segunda fila, frente a la mesita de lectura y bajo un retrato de una dama melancólica que parecía haber muerto escuchando versos.
Nathaniel no estaba allí.
Por supuesto que no. Era una merienda de damas.
Y, aun así, Beatrice pensó en él al ver una bandeja de pastelillos de limón. Pensó en la carta sin anexos. En la nota breve. En la frase irritante: “Como puede ver, he fracasado.”
No estaba esperándolo.
Solo recordándolo.
Lo cual era distinto.
Probablemente.
—Sonría menos —susurró Lady Agatha.
Beatrice se enderezó.
—No estaba sonriendo.
—Estabas recordando algo.
—Eso no está prohibido.
—No, pero se nota.
Antes de que Beatrice pudiera defenderse, Prudence Vale entró al salón.
Perfecta.
Naturalmente.
Llevaba un vestido verde suave, guantes claros y una expresión tan bien pulida que Beatrice sospechó que necesitaba criadas solo para mantenerla afilada.
—Lady Prudence —saludó Lady Harcourt—. Qué alegría. Llegó justo para la lectura.
—No me la perdería —respondió Prudence.
Sus ojos encontraron a Beatrice.
—Señorita Montclair.
—Lady Prudence.
—Qué agradable verla en una reunión tan delicada.
—Sí. Nada dice delicadeza como obligar a treinta personas a sufrir en silencio.
Prudence sonrió.
—Siempre tan franca.
—Y usted siempre tan sorprendida.
Lady Agatha hizo un pequeño ruido que podía significar advertencia, oración o ambas.
La lectura comenzó.
El primer poema trataba sobre una rosa que no sabía que era rosa hasta que un jardinero prudente la miró con respeto. Beatrice sufrió en silencio y decidió que el jardinero necesitaba una ocupación más útil.
El segundo poema mencionó “un vals escrito por el destino”.
Beatrice apretó el abanico.
Lady Agatha le tocó el codo.
—No —susurró.
—No he dicho nada.
—Lo estabas reuniendo.
El tercer poema fue peor.
Hablaba de una dama que, al tropezar, descubría que el suelo no era caída sino camino. Lady Harcourt leyó esa línea mirando a Beatrice con tanta emoción que Beatrice consideró fingir un desmayo, pero temió que también lo interpretaran como símbolo.
Cuando terminó, varias damas suspiraron.
Beatrice tomó té.
El té estaba frío.
Por supuesto.
—Señorita Montclair —dijo Lady Harcourt—, usted que ha vivido, recientemente, ciertas experiencias inesperadas…
Beatrice dejó la taza.
—He vivido muchas. Algunas involucraron mobiliario.
—¿Qué opina del amor imprevisto?
La habitación se volvió demasiado atenta.
Prudence levantó apenas la mirada.
Lady Agatha no intervino.
Traición.
Beatrice sostuvo el abanico cerrado sobre el regazo.
L
—Opino que el amor imprevisto es una expresión peligrosa.
Lady Harcourt se inclinó, encantada.
—¿Peligrosa?
—Sí. La gente usa “imprevisto” como si significara inevitable. Como si una no tuviera responsabilidad alguna cuando algo empieza a importarle.
El salón quedó más silencioso.
Beatrice debió detenerse allí.
No lo hizo.
—Creo que, si algo llega de verdad, no debería arrastrarla a una. Debería caminar cerca. Acompañar, no dirigir. Esperar, no exhibir. No convertir cada gesto en anuncio ni cada duda en drama.
Lady Harcourt se llevó el pañuelo al pecho.
Prudence se quedó inmóvil.
Beatrice sintió tarde que había dicho demasiado.
O no demasiado.
Solo algo demasiado cierto.
—Qué hermoso —susurró Lady Harcourt.
—No era un poema —dijo Beatrice de inmediato.
—Podría serlo.
—No le doy permiso.
—La emoción no siempre pide permiso, querida.
—Entonces la emoción necesita mejor educación.
Algunas damas rieron. Lady Agatha bajó la mirada hacia su taza, pero Beatrice vio la sonrisa que intentaba ocultar.
Prudence habló entonces, suave como una aguja.
—Qué reflexión tan madura, señorita Montclair. Casi parecería que ha cambiado de opinión respecto de ciertas atenciones.
Beatrice giró hacia ella.
—Cambiar de opinión no siempre es debilidad, Lady Prudence.
Prudence sostuvo la sonrisa.
—No he dicho que lo sea.
—No, pero lo preparó con mucha elegancia.
La sonrisa de Prudence se tensó.
Beatrice continuó, con calma.
—A veces cambiar de opinión solo demuestra que una tuvo libertad para elegir mejor. O para entender mejor. O para descubrir que lo que parecía una amenaza no quería encerrarla.
Lady Harcourt suspiró con violencia.
—Encerrar y elegir. Qué contraste.
—Lady Harcourt, por favor no lo escriba.
Demasiado tarde. La dama ya había bajado la vista a su libreta.
Prudence miró su taza.
—Debe ser agradable —dijo—, poder presentar cada contradicción como libertad.
Hubo algo distinto en su voz.
Menos filo.
Más cansancio.
Beatrice lo notó.
No quiso notarlo, pero lo hizo.
—No siempre es agradable —respondió, más bajo—. A veces resulta bastante incómodo.
Prudence levantó los ojos.
Por un momento, ninguna de las dos sonrió.
Fue extraño. Casi una tregua. No amistad. No todavía. Quizá nunca. Pero sí una pausa en la guerra.
Lady Harcourt, naturalmente, eligió ese momento para intervenir.
—Creo que la señorita Montclair acaba de ofrecernos un pensamiento muy profundo sobre el amor.
—No —dijo Beatrice.
—Sobre el amor que acompaña.
—No.
—Sobre el corazón que elige sin ser obligado.
—Lady Harcourt.
—Querida, no se resista. Es inútil y muy inspirador.
Beatrice cerró el abanico con un golpe seco.
—Esto es exactamente lo que temía.
Lady Agatha se inclinó hacia ella.
—Has sobrevivido muy bien.
—No he sobrevivido. He sido citada.
La merienda continuó con más poemas, algunos menos terribles que otros. Beatrice solo comentó dos en voz baja, lo cual Lady Agatha consideró una victoria moderada. Prudence no volvió a atacarla directamente. Lady Harcourt, por desgracia, escribió varias frases.
Cuando por fin pudieron retirarse, Beatrice sintió que el aire fuera del salón era una bendición sin rima.
En el carruaje, Lady Agatha guardó silencio durante casi una calle.
Beatrice esperó.
—Dígalo —exigió al fin.
—¿Decir qué?
—Lo que sea que está pensando con tanta fuerza.
Lady Agatha miró por la ventanilla.
—Solo pensaba que hablaste muy bien.
—Fue un accidente.
—Uno elocuente.
—No lo repita. Lady Harcourt podría estar escondida bajo el asiento.
Lady Agatha sonrió.
—Lo que dijiste sobre el amor que acompaña…
—Tía.
—No fue una broma.
Beatrice miró sus guantes.
No.
No había sido una broma.
Y eso era lo terrible.
Porque mientras hablaba, no había pensado en el amor en abstracto. No había pensado en poemas, rosas ni jardineros sospechosos.
Había pensado en Nathaniel.
En cómo caminaba a su lado.
En cómo preguntaba antes de tocar.
En cómo escribía sin exigir respuesta.
En cómo podía estar ausente y, aun así, alterar la tarde.
—No significa nada —dijo.
Lady Agatha no respondió.
—No significa nada aún —corrigió Beatrice, irritada consigo misma.
Lady Agatha la miró entonces, suave.
—Eso es distinto.
Beatrice volvió la vista hacia la calle.
Sí.
Era distinto.
Y justamente por eso era mucho más peligroso.
Esa noche, al llegar a casa, encontró una breve nota de Nathaniel esperándola sobre la bandeja de plata.
La abrió sin fingir demasiada resistencia, lo cual era una señal preocupante.
“Beatrice:
Sebastián afirma que Lady Harcourt ha organizado una merienda poética. Si ha sobrevivido, ruego acepte mi admiración.
Si no ha sobrevivido, prometo presentar una queja formal contra la poesía.
Nathaniel.”
Beatrice soltó una risa.
Clara, desde la puerta, preguntó:
—¿Buenas noticias, señorita?
Beatrice dobló la nota.
—Lord Ashford amenaza con demandar a la poesía.
—Muy considerado.
—Demasiado.
Subió a la biblioteca y guardó la nota dentro de su libro favorito, junto a las otras.
Luego se sentó frente al escritorio.
Por primera vez en todo el día, no buscó una burla de inmediato.
Solo tomó papel.
“Nathaniel:
He sobrevivido, aunque con heridas métricas.
Lady Harcourt intentó convertir una opinión mía en poema. Si eso prospera, lo consideraré responsable por haberme enseñado que algunas cosas pueden acompañar sin dirigir.
No se sienta halagado. Sería prematuro.
Beatrice.
Posdata: Si presenta una queja formal contra la poesía, solicito revisar el documento antes de enviarlo.”
Mejor.
Mucho mejor.
Cuando Clara bajó la carta, Beatrice permaneció en la biblioteca, mirando el libro cerrado.
No había dicho amor.
No a Nathaniel.
No a sí misma.
Pero aquella tarde había dicho algo muy cercano a su forma.
Y, por primera vez, la palabra no le pareció una jaula.
Le pareció un sendero.
Uno que quizá, solo quizá, podía caminarse al lado de alguien.