Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 20
Marel llegó a Larcor poco después de despedirse de Yelena y Brian.
Como cada mañana, recorrió el vestíbulo saludando a varios empleados antes de dirigirse al ascensor.
Durante el trayecto intentó concentrarse en el trabajo.
Lo necesitaba.
Porque pensar en Rainer no estaba ayudando en absoluto.
Al salir del ascensor en el piso ejecutivo, encontró a Karla esperándola frente a su oficina con una carpeta en las manos.
Y una expresión preocupada.
Marel lo notó de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
Karla caminó a su lado mientras entraban.
—Tenemos un problema con la colección primavera-verano.
Marel dejó su bolso sobre el escritorio.
—¿Qué tipo de problema?
—Uno de los vestidos.
La diseñadora levantó la vista.
—Explícate.
Karla abrió la carpeta.
—El vestido número doce.
El que seleccionamos para abrir la colección.
Marel frunció el ceño.
Recordaba perfectamente ese diseño.
Había sido uno de sus favoritos.
Un vestido elegante confeccionado en gasa de seda y organza ligera, con un trabajo delicado de movimiento en la falda.
—¿Qué tiene?
—Durante la prueba de pasarela de esta mañana detectaron un problema en la estructura.
Marel tomó las fotografías que Karla le entregó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—No puede ser...
—Eso mismo pensé.
El peso de la falda estaba generando tensión en una de las uniones internas.
A simple vista era imperceptible.
Pero al caminar, la caída del vestido perdía equilibrio.
Y en un desfile eso era inaceptable.
Marel observó las imágenes durante varios segundos.
—¿Quién supervisó el prototipo final?
—Natalia.
—Llámala.
Ahora.
Karla asintió y salió de inmediato.
Menos de cinco minutos después, Natalia llegó al despacho.
—¿Querías verme?
Marel giró la carpeta hacia ella.
—Explícame esto.
La costurera observó las imágenes y palideció.
—Lo revisamos tres veces.
—Pues algo pasó.
Natalia tomó asiento.
—Creo saber qué ocurrió.
El proveedor modificó ligeramente el gramaje de la gasa en el último lote.
Pensamos que no afectaría la estructura.
Pero claramente sí lo hizo.
Marel cerró la carpeta sin perder tiempo.
—Vamos al taller.
Natalia y Karla intercambiaron una mirada antes de seguirla.
Minutos después, varias costureras, patronistas y miembros del equipo creativo observaban cómo Marel colocaba el vestido sobre un maniquí.
Lo estudió durante unos segundos.
En silencio.
Analizando cada costura.
Cada pliegue.
Cada caída de la tela.
Entonces tomó unos alfileres.
—Ya veo el problema.
Natalia se acercó.
—¿De verdad?
—La estructura no está mal. El problema es que estamos obligando a la tela a comportarse como algo que no es.
Tomó unas tijeras.
Y sin vacilar realizó el primer corte.
Varios contuvieron el aliento.
Karla abrió los ojos.
—¿Segura de eso?
Marel no respondió.
Estaba concentrada.
Durante casi una hora trabajó sin detenerse.
Movió costuras.
Rediseñó parte de la caída.
Modificó la distribución del volumen.
Y añadió un detalle drapeado que no figuraba en el diseño original.
Cuando finalmente dio un paso atrás, el taller quedó en absoluto silencio.
El vestido parecía otro.
La estructura ahora fluía con naturalidad.
La falda tenía más movimiento.
Más elegancia.
Más personalidad.
Era el mismo diseño.
Pero mejor.
Mucho mejor.
—Pruébenlo —ordenó.
......................
Una modelo se colocó el vestido y comenzó a caminar por el taller.
Esta vez la caída era perfecta.
Ligera.
Armoniosa.
Hipnótica.
Las costureras comenzaron a murmurar entre ellas.
Natalia observaba la pieza sin poder ocultar su sorpresa.
—Lo siento...
Marel giró la cabeza hacia ella.
—No te preocupes.
Natalia sonrió.
—Pero por lo que veo... quedó mejor de lo que estaba.
Varias personas asintieron inmediatamente.
Karla soltó una pequeña risa.
—Definitivamente eres la mejor en esto.
Marel negó con modestia.
—Solo son años de experiencia.
Pero nadie pareció creerle.
Porque todos los presentes estaban observando el vestido.
Y luego a ella.
Con admiración.
Con respeto.
Después de todo, no era casualidad que Larcor se hubiera convertido en una referencia internacional.
Ni que diseñadoras de todo el mundo quisieran conocer a la mujer que estaba detrás de cada colección.
Mientras el equipo continuaba admirando el resultado, una sensación de orgullo recorrió el taller.
Porque para ellos no era solo su jefa.
Era la mujer que había construido aquel sueño desde cero.
Y una vez más acababa de demostrar por qué nadie podía hacer lo que ella hacía.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Más tarde, el ambiente en la oficina de Marel había vuelto a su ritmo habitual.
El taller ya estaba bajo control, el vestido corregido avanzaba nuevamente según el plan, y el equipo respiraba con algo más de calma.
Marel revisaba algunos bocetos cuando Karla tocó la puerta y entró con una tablet en la mano.
—Jefa, tengo los informes de la tienda.
Marel levantó la vista.
—Dime.
Karla se acercó al escritorio y le mostró la pantalla.
—Las ventas han aumentado este mes más de lo proyectado.
Marel arqueó ligeramente una ceja.
—¿En qué porcentaje?
—Un dieciocho por ciento más que el mes anterior.
Marel dejó el lápiz sobre la mesa y tomó la tablet.
La tienda de Larcor, ubicada en la planta baja del mismo edificio, había estado recibiendo más flujo de clientes desde la última colección.
Karla continuó explicando.
—Las piezas de exhibición están teniendo mucha rotación. Sobre todo los diseños de alta costura.
Marel deslizó la pantalla con atención.
—¿Y el feedback?
—Muy positivo. Varias clientas preguntan directamente por usted.
Eso hizo que Marel soltara una pequeña exhalación.
—Siguen con la idea de conocer a “la diseñadora fantasma”.
Karla sonrió.
—Exactamente.
Marel negó suavemente con la cabeza, aunque sin molestia.
Había evitado durante años aparecer públicamente.
Su nombre era conocido.
—Eso no va a cambiar por ahora —dijo Marel, devolviendo la tablet—. Larcor no necesita una cara, necesita resultados.
—Y los está teniendo —respondió Karla de inmediato.
Marel asintió lentamente.
—Bien.
Se levantó de su asiento y caminó hacia el ventanal de la oficina, observando desde lo alto el movimiento en la tienda de la planta baja.
Clientes entrando.
Empleados atendiendo.
Vestidos siendo admirados.
Su trabajo convertido en algo vivo.
Por un instante, la tensión de la mañana se disipó ligeramente.
Pero solo por un instante.
Porque en algún lugar de su mente, aunque intentara ignorarlo, seguía presente la misma sombra de siempre.
Rainer.
Y el hecho de que ahora ya no era solo pasado.
Estaba otra vez demasiado cerca del presente.