Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XXIII La verdadera cara de Camila
Punto de vista de Camila
Agarré la tarjeta de crédito con cupo ilimitado que me había entregado mi ingenuo esposo y salí de la casa dispuesta a gastar a lo grande. Necesitaba un vestuario espectacular, joyas deslumbrantes y los mejores accesorios; absolutamente todo para consagrarme como la mujer más elegante, envidiada y hermosa de la tan aclamada gala del Grupo Durán.
Tras recorrer varias boutiques de alta costura, ingresé a la tienda departamental más exclusiva del centro comercial. Para mi enorme sorpresa, entre los perchadores de ropa de diseñador, divisé de inmediato a Melissa, la hermanita de Alberto. Obviamente no estaba allí en calidad de cliente; trabajaba como una simple empleada de mostrador.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en mis labios. Me arreglé el abrigo y me acerqué a ella a pasos lentos.
—Vaya, vaya... pero miren nada más a quién me vengo a encontrar —solté con una felicidad fingida y exagerada—. Me da un gusto enorme verte trabajando, querida. Ya era hora de que aprendieras cómo se gana el dinero la gente común.
Melissa se tensó visiblemente, pero contuvo la respiración y adoptó una postura profesional, mirándome a los ojos sin pestañear.
—Buenas tardes, señora. ¿En qué la puedo ayudar? —preguntó con una frialdad impecable, tratando el encuentro como si fuera una cliente cualquiera.
—¡Oh! Ya veo... vamos a jugar a que somos dos completas desconocidas —comenté divertida, dejando escapar una risita burlona—. Me parece perfecto. Como somos dos extrañas, me darás la libertad de tratarte tal y como trato a los muertos de hambre que trabajan atendiendo a la gente de mi nivel.
Melissa apretó la mandíbula al escuchar mi veneno, pero mantuvo la compostura.
—¿Qué le gustaría ver, señora Fábregas? —preguntó con voz firme, aunque sus nudillos blancos delataban su rabia contenida.
—Quiero ver el vestido más costoso que tengan en la colección de noche —exigí en tono altanero, pasando un dedo con desdén sobre los mostradores—. Me invitaron a la gala ejecutiva de Christopher Durán, ¿sabes? Un evento reservado exclusivamente para la altísima sociedad, un mundo al que jamás podrías aspirar. Y necesito que me atiendas como te corresponde: de rodillas si es necesario.
Durante la hora siguiente, me dediqué a hacerle la vida miserable. La hice subir y bajar del almacén diez veces trayendo vestidos de seda, zapatos y accesorios. Le rechacé cada prenda con comentarios hirientes sobre su falta de gusto, tiré las prendas al suelo para que se agachara a recogerlas y hablé en voz alta para que las demás empleadas y clientes escucharan cómo la humillaba.
—Esta tela se siente baratísima, quítala de mi vista —dije, lanzándole un vestido a los brazos—. Y tráeme una copa de champán helado. Muévete, que no te pago el sueldo para que te quedes ahí parada con cara de tonta.
Melissa respiró hondo, pero el límite de su paciencia finalmente explotó. Tiró el perchero sobre el mostrador, dio un paso al frente y me encaró con los ojos encendidos de indignación, sin importar que la gerenta de la tienda estuviera observando a lo lejos.
—¡Ya basta, Camila! ¡Ya estuvo bueno de tus pisotones y tus humillaciones! —estalló Melissa, alzando la voz con una firmeza que resonó en toda la tienda.
—¿Cómo te atreves a levantarme la voz, muerta de hambre? —chillé, fingiendo indignación—. ¡Soy la esposa de tu hermano y una cliente! ¡Exijo que te corran ahora mismo!
—¡Puedes pedir lo que se te dé la gana, pero a mí no me vuelves a tratar como a tu sirvienta! —le gritó Melissa, encarándome a escasos centímetros del rostro—. Te crees una reina porque traes una tarjeta de crédito en la mano, pero no eres más que una mujer vacía, hipócrita y arribista. ¡Elena era mil veces mejor mujer, mejor persona y más señora de lo que tú vas a ser en toda tu miserable vida!
Al escuchar el nombre de la exesposa de Alberto, la rabia me nubló la vista.
—¡No te atrevas a nombrar a esa muerta de hambre en mi presencia! —rugí.
—¡La nombro porque ella sí tenía dignidad! —remató Melissa con desprecio puro, sosteniéndome la mirada sin un milímetro de miedo—. Ojalá la vida te pase la factura pronto y nunca te arrepientas del infierno en el que estás metiendo a mi hermano. ¡Deseo con el alma que Alberto abra los ojos de una buena vez y se dé cuenta de la clase de arpía y parásito que metió a su cama!
Se quitó el gafete de empleada, lo arrojó contra mi pecho y caminó hacia la salida con la cabeza en alto, dejándome parada en medio de la boutique, hirviendo de rabia ante las miradas murmullantes de todos los presentes.