Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
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El pacto
El papel con los resultados del ADN seguía doblado en sus bolsillos, pero ninguno de los dos tuvo el valor de sacarlo frente a sus padres. No sabían cómo decirlo. No sabían cómo mirar a Clara o a Emmet a los ojos y exigirles explicaciones por dieciséis años de silencio sin que todo explotara. La rabia estaba ahí, latente, pero las ganas de recuperar el tiempo perdido eran mucho más fuertes.
Así que, de mutuo acuerdo, decidieron no decir nada. Todavía no. Primero querían ser hermanos.
Empezaron por observarse. Por la mañana, Mozart practicaba en una de las salas de ensayo del conservatorio. Ronaldhino se sentaba en la última fila, con los brazos cruzados, fascinado por la forma en que los dedos de su hermano volaban sobre las cuerdas. Por la tarde, el escenario cambiaba. Ronaldhino jugaba un partidillo con sus amigos en el campo de hierba, y Mozart lo esperaba en la banda, mirando el balón como si fuera un objeto mágico que desafiaba la gravedad cada vez que su hermano lo controlaba.
Fue al tercer día, después de un ensayo particularmente largo, cuando Ronaldhino se acercó a Mozart mientras este guardaba su instrumento.
—Oye, ¿me prestas eso?
Mozart parpadeó, sorprendido.
—¿El violín? ¿Sabes tocarlo?
—Algo.
Mozart dudó un segundo. Ese violín era suyo, una extensión de sus manos. Pero se lo entregó. Ronaldhino lo tomó con un respeto casi reverente, se lo ajustó en el hombro y cerró los ojos.
Cuando empezó a tocar, Mozart se quedó sin aliento.
No estaba leyendo ninguna partitura. Ronaldhino empezó con una melodía suave, casi melancólica, pero a los pocos compases la aceleró, mezclando una pieza clásica con un ritmo moderno, improvisando puentes que no existían en ningún libro. Sus dedos se movían con una maestría cruda, salvaje, pero perfectamente afinada.
Cuando terminó, bajó el arco y miró a Mozart, que tenía la boca abierta.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Mozart, recuperando la voz—. Es dificilísimo pasar de una obra a otra así, sin perder el tempo. ¿Dónde lo aprendiste?
Ronaldhino se encogió de hombros y le devolvió el violín.
—Al oído.
—¿Qué?
—Sí. Yo escucho una melodía, y las notas, los ritmos, los tiempos… se dibujan en mi mente. Es extraño, pero así pasa. Mis dedos simplemente se mueven a esa velocidad.
Mozart soltó una carcajada incrédula.
—Diño, creo que eres un genio de la música.
Ronaldhino se rascó la cabeza, restándole importancia.
—No creo. Más bien creo que tengo TDAH y mi cerebro simplemente no sabe frenar.
Mozart se rió, negando con la cabeza, pero no podía quitarle los ojos de encima al instrumento. Su hermano acababa de hacer en tres minutos lo que a él le costaba semanas de partituras.
—Deberías intentar tocar el violín en una de mis audiciones. En serio.
Ronaldhino lo miró con una chispa de interés, pero entonces sonrió de medio lado. Agarró el balón que estaba en el suelo y se lo lanzó al pecho a su hermano.
—¿Y tú? Esa patada que lanzaste cuando nos conocimos… Mi papá patea igual de fuerte, y mira que él no me tiene piedad por ser su hijo. A ver, demuéstremelo.
Bajaron al campo. Empezaron un juego uno contra uno. Y fue un desastre para Ronaldhino.
En cada jugada, Mozart lo dejaba tirado en el suelo. Sus movimientos parecían ir en contra de todas las reglas de la física y del equilibrio. Amagaba con el hombro, cambiaba de ritmo en una fracción de segundo y el balón parecía cosido a sus botas. Ronaldhino, que estaba acostumbrado a ser el más rápido de su equipo, no lograba ni rozarle la camiseta.
Después de caer por quinta vez sobre la hierba húmeda, Ronaldhino se quedó sentado, jadeando.
—Maldita sea —dijo, escupiendo una brizna de césped—. Eres un monstruo.
Mozart le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
—No es para tanto, viejo. Solo que el balón se siente como una extensión de mi cuerpo. Va a donde yo quiero que vaya y se mueve sin que yo le diga adónde ir.
Ronaldhino lo miró, sacudiéndose la tierra de los pantalones.
—No, viejo, realmente tienes talento. Creo que eres un genio del fútbol.
Se quedaron de pie, mirándose. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el cielo de Manchester de un naranja pálido. El silencio entre ellos ya no era incómodo; era el silencio de dos personas que acaban de descubrir que el otro es exactamente lo que a ellos les falta.
—Oye, Mozart —dijo Ronaldhino de repente, sentándose de nuevo en el césped y palmeando el suelo a su lado para que su hermano lo imitara.
—¿Qué?
—¿Y si no les decimos nada todavía?
Mozart se sentó, apoyando los codos en las rodillas.
—¿A los padres?
—Sí. Si se lo decimos ahora, todo se va a volver un caos. Llantos, gritos, explicaciones, dramas… y nos van a separar para "procesarlo".
Mozart asintió lentamente. Sabía que su madre, con su carácter, armaría un escándalo monumental, y que Emmet, con su pragmatismo, intentaría organizarlo todo como si fuera un partido de liga.
—Tienes razón —dijo Mozart—. Pero no quiero volver a Grecia sin saber quién eres.
—Y yo no quiero que te vayas —respondió Ronaldhino—. Así que hagamos un trato.
—¿Qué trato?
—Nos quedamos callados por ahora. Pero cada minuto libre que tengamos, lo pasamos juntos. Tú me enseñas a leer partituras y a domar este cerebro de TDAH para que no me pierda en medio de una sonata. Y yo te enseño a usar la izquierda, a anticipar los pases y a no romperte un tobillo cuando te entren por detrás.
Mozart sonrió. La idea de pasar las tardes en el campo, lejos de las salas de ensayo y de los profesores que le hablaban de compositores que habían muerto hace siglos, le pareció el mejor plan del mundo.
—Trato hecho —dijo Mozart, extendiendo la mano.
Ronaldhino se la estrechó con fuerza.
—Y cuando llegue el momento de decírselo…
—Cuando llegue el momento —lo interrumpió Mozart—, ya no seremos dos desconocidos que acaban de descubrir un papel. Seremos hermanos. Y ellos tendrán que aceptarlo.
Ronaldhino asintió, mirando hacia el horizonte donde las luces del estadio del Manchester empezaban a encenderse.
—¿Crees que se enojen mucho?
—Probablemente —dijo Mozart, riendo por lo bajo—. Mi madre me va a quitar el violín por un mes.
—Y mi padre me va a hacer correr vueltas hasta que vomite.
Se rieron juntos. Dos chicos idénticos, sentados en la hierba, con un secreto enorme en los bolsillos y todo el tiempo del mundo por delante para recuperarlo.
—Vamos —dijo Ronaldhino, poniéndose de pie y sacudiéndose las manos—. Te invito a comer. Conozco un lugar donde hacen unas hamburguesas que deberían ser ilegales.
—Solo si me dejas llevar el balón.
—Ni lo sueñes, músico.
Echaron a caminar hacia la salida del campo, empujándose el uno al otro, riendo, compartiendo el mismo paso y la misma sombra. Todavía no sabían cómo iban a arreglar el desastre que sus padres habían dejado dieciséis años atrás. Pero por primera vez en sus vidas, ninguno de los dos estaba caminando solo.