Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 7
Cap 7: El Rey Alfa Que Nadie Esperaba
Nadie en el salón se movió durante los primeros segundos. Nadie respiró. Doscientas cabezas se inclinaron al mismo tiempo, un movimiento tan uniforme que parecía ensayado, aunque Val sabía que no lo era: era puro instinto, el mismo instinto que la había hecho a ella misma bajar la cabeza medio segundo antes de obligarse a levantarla otra vez.
Damián Montero cruzó el salón sin prisa. Sus pasos resonaron contra el piso de piedra y bastaron para callar el resto del mundo.
Val tuvo tiempo de observarlo mientras avanzaba: alto, más alto que Sebastián, con el cabello negro peinado hacia atrás y un rostro de rasgos duros, casi tallados. El abrigo oscuro le llegaba hasta las rodillas, cerrado con botones de plata, y en el cuello, prendido con precisión militar, brillaba un pequeño broche en forma de media luna. La insignia de la casa Montero.
Sus ojos dorados, los mismos que Val había visto en la colina, recorrieron el salón una sola vez.
Nadie dijo una palabra cuando pasó junto a Don Ricardo. Nadie se atrevió a hablarle cuando cruzó frente a Doña Milagros, que se había quedado tan pálida que el maquillaje discreto de sus mejillas resaltaba como dos manchas fuera de lugar.
Damián caminó directo hacia el altar.
Se detuvo frente al retrato de Abuela Elena.
Y entonces hizo algo que ningún licántropo presente esperaba: inclinó la cabeza, llevó el puño cerrado al pecho, y sostuvo la reverencia —el saludo más alto que existía entre los Alfas, reservado tradicionalmente para otro Rey Alfa o para la Diosa Luna misma— durante un tiempo que se sintió eterno.
Un murmullo de desconcierto recorrió el salón, apagado de inmediato por el peso todavía denso de la presencia de Damián.
Val sintió que algo se le apretaba en el pecho. ¿Por qué un Rey Alfa, el hombre más poderoso de todas las manadas del reino, rendía semejante honor a la abuela de una Luna rechazada, una mujer sin título, sin poder político, sin ningún motivo aparente para merecer ese gesto?
Damián se enderezó despacio. Y por primera vez desde que había entrado al salón, giró la cabeza hacia Val.
Sus miradas se encontraron.
El aire se volvió escaso.
Dentro del pecho de Val, su loba se quedó quieta. Después dejó de gemir. No desapareció. No se apagó. Solo se calmó.
Se llevó una mano al pecho sin darse cuenta, justo sobre el colgante de piedra lunar.
Frente a ella, algo cruzó el rostro de Damián durante una fracción de segundo tan breve que solo una persona pudo notarlo: el hombre alto y silencioso que había entrado un paso detrás de él, con el porte de quien ha pasado años cuidando la espalda de alguien más poderoso. Marco.
Marco vio la mandíbula de Damián tensarse. Vio sus ojos dorados fijarse en Val con una intensidad que no tenía nada que ver con protocolo ni con condolencias. En ese instante, Marco entendió lo que pasaba.
Es ella.
El lobo de Damián lo supo antes que él.
Es ELLA.
Pero Damián Montero no había gobernado sobre todas las manadas del reino durante años sin aprender a dominar hasta el instinto más antiguo que llevaba dentro. La tensión de su mandíbula desapareció tan rápido como había llegado. Su rostro volvió a ser una superficie serena, controlada, casi fría.
Caminó los últimos pasos hasta quedar frente a Val.
—Lamento su pérdida, Luna Valentina. —Su voz era grave, medida, cada palabra pronunciada con la precisión de quien no dice nada por accidente—. Su abuela fue una gran mujer.
Val Solís.
No "la ex Luna". No "la señorita Solís". No "la mujer que Sebastián Ríos rechazó ante toda su manada".
Luna Valentina.
El título cayó sobre el salón. Val vio, por el rabillo del ojo, cómo Doña Milagros se aferraba al pañuelo con dedos blancos. Sebastián cerró los puños a los costados.
¿Por qué el Rey Alfa la llamaba Luna después del rechazo? ¿Por qué le dedicaba a ella, y solo a ella, un respeto que ni siquiera Don Ricardo, el anfitrión de la noche, había recibido?
Val no tenía respuestas. Solo tenía la certeza extraña de que su loba interior, por primera vez en días, no quería apartar la mirada de ese hombre.
—Gracias, Rey Alfa. —Su voz salió serena, aunque por dentro tenía el pulso acelerado—. Mi abuela habría estado honrada.
Algo parecido a una sombra de emoción cruzó los ojos dorados de Damián. Duró apenas un parpadeo. Después inclinó la cabeza, un gesto breve, y se apartó del altar sin decir nada más.
No permaneció mucho tiempo después de eso. Habló brevemente con Don Ricardo —palabras protocolares, cortas, sobre el respeto que la manada Montero guardaba hacia todas las familias del reino— y con Doña Milagros, que apenas logró articular una frase completa mientras hacía una reverencia demasiado profunda para resultar natural.
Val lo observó desde lejos, sin acercarse, con Sofía pegada a su costado, tan inmóvil como ella.
—Val —susurró Sofía—. ¿Qué fue eso?
—No lo sé.
—Te llamó Luna. No ex Luna. Luna.
—Lo escuché.
Antes de salir del salón, Damián se detuvo un instante junto a la puerta, donde Marco esperaba con la espalda recta y la mirada atenta a todo el perímetro. Val no debería haber podido escuchar lo que dijo —la distancia era considerable, y su voz apenas se movió—, pero el oído de un licántropo capta lo que quiere captar cuando el instinto se lo exige.
—Asegúrate de que nadie la toque.
Marco asintió una sola vez, sin preguntar a quién se refería. No hacía falta.
Damián salió del salón sin mirar atrás.
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Val siguió sus pasos hasta la entrada principal de Hacienda Ríos, manteniendo la distancia suficiente para no parecer que lo seguía, aunque una parte de ella sabía exactamente lo que estaba haciendo. Desde el umbral, bajo el cielo estrellado, vio cómo Damián subía a un carruaje oscuro, custodiado por un pequeño grupo de licántropos que Val reconoció por su porte como parte de la Guardia Real.
El carruaje partió sin prisa, las ruedas crujiendo sobre la grava del camino, hasta desaparecer entre las sombras de los árboles que bordeaban la propiedad.
Val se quedó de pie en la entrada un rato más, mucho después de que el sonido del carruaje se perdiera por completo.
Se dio cuenta, casi con sorpresa, de que las palmas de sus manos estaban húmedas.
Val conocía el miedo: lo había sentido en la plaza y al leer la carta de su padre. Esto era distinto. Estaba nerviosa, y también sentía algo que no quería aceptar.
Se miró las manos bajo la luz tenue de las estrellas. Después levantó la vista hacia la luna, casi nueva, apenas una uña delgada de luz contra el cielo oscuro.
En su pecho, su loba interior dejó de gruñir. La palabra llegó baja, incompleta, más instinto que sonido.
Sonaba como compañero.
Val sacudió la cabeza, intentando apartar la idea.
Imposible.
Apenas unos días atrás había firmado los documentos que la liberaban de un vínculo predestinado. Apenas unos días atrás había jurado que jamás volvería a depender de un enlace, de una promesa de la Diosa Luna, de nada que pudiera arrebatarle otra vez el control sobre su propia vida.
No podía haber un segundo compañero destinado. No para ella. No después de todo esto.
Val volvió a mirar hacia el camino vacío por donde el carruaje del Rey Alfa había desaparecido. Por más que intentó convencerse de que aquello era imposible, su loba interior no dejó de susurrar esa misma palabra, una y otra vez.
¿Podía ser posible?
se jodió esto
por fin ya era hora