Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Dos meses
Mattheo Farina
Fuerzo una sonrisa amable cuando las personas que pululan a mi alrededor inclinan su cabeza a modo de saludo.
Asiento y sonrío.
Sonrío y asiento.
Es todo lo que he hecho las últimas cuatro horas.
Y estoy exhausto.
El salón del hotel está repleto de personas. Personas de clase alta, que les encanta demostrar su estatus con su vestimenta y accesorios.
La clase de personas que han llevado a Lusso al podio que merece.
Miro a mis padres, quienes están conversando con sus socios a unos veinte metros.
Están felices.
Lusso es, sin lugar a dudas, la marca de lujo más exitosa que existe en el mundo.
Nino se acerca, luciendo tan aburrido como yo.
—¿Nadie? —pregunta.
Miro a mi alrededor, buscando a la mujer que pueda transformar esta noche aburrida en un momento agradable, pero no hay nadie.
—No. ¿Y tú?
Pasea sus ojos verde oliva, iguales a los míos, por todo el salón y niega con su cabeza.
—Mala noche, imagino.
—¿Y Remo?
Una sola mirada en mi dirección me dice lo que necesito saber.
Mi hermano ya encontró diversión para esta noche.
De los tres hermanos Farina, es quien tiene mejor tasa de éxito.
Y eso que tiene diecisiete años.
—Mamá se molestará —digo.
—Mamá siempre se enoja por algo —devuelve mi hermano y ambos reímos.
Mamá es lo que podrías describir como una mamá oso. Cariñosa, sobreprotectora, y muy celosa. Sobre todo, con Remo, quién es el menor.
—Le dije a papá —continúa Nino—, me dijo que la invitaría a celebrar este nuevo lanzamiento para distraerla. Eso le dará aproximadamente un par de horas a Remo para que controle lo que tiene en sus pantalones y vuelva a casa.
Mi hermano sigue con la mirada a una joven que pasa a nuestro lado.
Sonríe satisfecho.
Encontró su presa de esta noche.
—Dile a mamá que no me espere despierta —dice antes de desaparecer.
Imagino que para algunos encontrar una distracción es más fácil.
Llevo dos meses se sequía.
Una larga sequía.
No por falta de entusiasmo. He puesto todo de mi parte, pero simplemente mi libido no está impresionado de las mujeres con las que salgo.
Maldita sea. Tengo que hacer algo.
Tengo que acostarme con alguien ya.
Necesito sacarla de mi cabeza.
Sigo caminando alrededor de las personas con una copa de champaña en la mano, intentando encontrar a una mujer que mi libido apruebe, pero parece que esta noche tampoco tendré suerte.
Esta es la peor racha que he tenido desde la primera vez que tuve sexo.
Dejo la copa de champaña sobre una bandeja, sintiéndome completamente desanimado.
Imagino que ya cumplí mi parte.
Me largo.
Volteo para irme, pero me detengo en seco.
Mi suerte acaba de mejorar.
O de empeorar considerablemente.
Una mujer cruza el salón a unos metros de mí, abriéndose paso entre los invitados sin detenerse a conversar con nadie.
Solo alcanzo a verla de perfil antes de que desaparezca detrás de un grupo de empresarios.
Pero es suficiente.
Demasiado, en realidad.
Mi libido, el mismo que lleva dos meses comportándose como si hubiera hecho un voto de castidad, finalmente muestra algo de entusiasmo.
Hijo de puta.
Así que este era el problema.
Camino detrás de ella.
No rápido.
Tampoco soy un maldito perro persiguiendo una pelota. Aunque probablemente la diferencia sea mínima.
La pierdo durante unos segundos entre la gente y aprieto la mandíbula.
Entonces la encuentro nuevamente.
Está junto a una de las enormes puertas que dan a la terraza, sosteniendo una copa de champaña mientras habla con un hombre que debe tener el doble de su edad.
Él dice algo y ella sonríe.
Frunzo el ceño. No me gusta su sonrisa.
Corrijo.
No me gusta que esté sonriéndole a él.
Me acerco justo cuando el hombre se despide.
—¿Se te perdió algo? —pregunta sin mirarme.
Me detengo a su lado.
—Quizá.
—¿Tu madre no te enseñó que es de mala educación importunar a una persona que busca un momento de tranquilidad? —pregunta mirando hacia los enormes jardines.
—¿Qué me dices de tu acompañante? ¿También es un maleducado?
—Quizá. Te vi antes —dice—. Llevas veinte minutos intentado seducir mujeres, ¿o me equivoco?
Giro la cabeza hacia ella.
—No estaba intentando seducir a nadie.
Ahora sí me mira.
Unos enormes y preciosos ojos oscuros se clavan en los míos.
Me obligo a retener mis manos a mi costado, cuando la urgencia de sentir la suavidad de esos rizos oscuros entre mis dedos, es más fuerte que yo.
—Tienes menos encanto del que recordaba, Farina.
Sonrío.
—Así que me recuerdas, ¿eh?
Ella lleva la copa a sus labios.
—Vagamente.
Mentirosa.
—Curioso. Yo te recuerdo bastante bien.
Su mirada baja lentamente por mi cuerpo antes de regresar a mis ojos.
—Qué extraño. Yo tengo recuerdos vagos, quizá fuiste poco memorable.
Maldita mujer.
—Eso no fue lo que gritabas, ¿o ya lo olvidaste?
Da un paso hacia la terraza, yo también.
Voltea hasta quedar frente a mí.
Sonríe, con esa boca preciosa, y arquea una ceja.
—Creo que lo olvidé —susurra—. No tengo muy buena memoria. Lo siento.
Retrocede un paso. Avanzo otro.
Una sonrisa aparece en la comisura de su boca.
—Fue un gusto, Farina.
Sale a la terraza. Y obviamente voy detrás de ella.
Voltea a verme y sonríe.
—¿Ninguna cumplió tus exigentes estándares esta noche? —pregunta.
Me apoyo en la baranda.
—Estoy considerando bajar mis estándares.
—Qué tragedia.
—Dos meses empiezan a afectar el juicio de un hombre.
Su copa se detiene antes de alcanzar sus labios, apenas un segundo. Si no estuviera observándola, no lo notaría.
Pero la estoy observando.
Siempre la observo.
—¿Dos meses? —pregunta con indiferencia.
—Dos meses.
—Debes estar desesperado.
—Terriblemente.
—Podrías probar con la rubia del vestido plateado.
—Demasiado alta.
—La morena junto al piano.
—Se ríe demasiado fuerte.
—La pelirroja que estaba hablando con Nino.
—Nino la vio primero.
Ella finalmente me mira.
—Qué considerado.
—Soy un caballero. Y un buen hermano.
Se ríe.
Esta vez no puedo evitar mirar su boca.
Error.
Un gran error.
—Entonces tendrás que volver solo a casa —dice.
—Eso parece.
—Qué pena —susurra. Se levanta en la punta de sus pies y acerca esa tentadora boca a mi oído—. Imagino que serán tu mano y tú esta noche. Que lo disfrutes —dice antes de alejarse.
—Podrías ayudarme.
tu eres un poco hombre y ahora sí sabemos que no es tu hijo
cloe tiene un hijo y es de Mateo 🎉🎉🎉🎉