En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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capitulo 19: La verdad que no me dijo
La verdad que no me dijo
No dormí esa noche.
Me quedé sentada en el sillón con la laptop abierta, buscando el nombre de Federico Rivas en internet. No había mucho. Solo menciones en notas económicas antiguas, fotos borrosas en eventos de beneficencia, y un apellido que aparecía una y otra vez en empresas que no entendía del todo.
Lucas se había quedado despierto conmigo hasta las dos de la mañana. Después lo mandé a dormir.
—No puedo ayudarte si te caes de sueño mañana —le dije.
—No me gusta esto, Vale.
—A mí tampoco. Pero necesito pensar.
Él me miró un segundo antes de irse. Después se acercó y me abrazó fuerte.
—Estamos juntos en esto. No lo olvides.
Asentí contra su hombro. Pero cuando se fue a su habitación, volví a la pantalla.
A las siete de la mañana el teléfono vibró. No era Adrián. Era un número desconocido.
*"Hablamos hoy. Mediodía. Lugar público. — F.R."*
Federico Rivas.
Me quedé mirando el mensaje con el estómago cerrado. No respondí. Lo bloqueé. Pero sabía que eso no iba a detenerlo.
A las nueve le escribí a Adrián:
*"Necesito verte. Hoy. Ahora si puedes."*
La respuesta tardó menos de dos minutos:
*"Voy para allá. Veinte minutos."*
No me dio tiempo de prepararme. No me dio tiempo de pensar qué iba a decirle. Solo me quedé mirando la puerta, con el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía en las manos.
Cuando tocó el timbre, Lucas ya se había ido a la universidad. Abrí con la cadena puesta.
Adrián estaba del otro lado. Tenía la misma expresión calmada de siempre, pero sus ojos… sus ojos decían otra cosa. Decían que sabía.
—Pasa —dije, y solté la cadena.
Entró. Cerró la puerta detrás de él. No se sentó. Yo tampoco. Nos quedamos parados en la sala, a dos metros de distancia, como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto denso.
—Federico Rivas estuvo aquí anoche —dije sin preámbulos—. Con Mateo. Me amenazó. Dijo que era tu tío.
Adrián no se movió. Solo asintió despacio, como si estuviera confirmando algo que ya sabía que iba a pasar.
—Es mi tío —dijo al fin—. El hermano menor de mi padre.
Me quedé quieta. Procesando.
—¿Y qué carajos es tu familia, Adrián? Porque anoche no parecía una familia normal. Parecía algo mucho más grande. Y mucho más peligroso.
Adrián se pasó una mano por el cabello. Por primera vez lo vi cansado. No físico. Cansado de algo más profundo.
—Mi familia tiene… conexiones —dijo con cuidado—. Empresas. Inversiones. Y también cosas que no se hablan en voz alta. Federico maneja la parte que mi padre no quiere ver. Y yo… yo manejo la parte que Federico no puede tocar sin ensuciarse las manos.
Me quedé mirándolo. La cicatriz en su ceja se tensó.
—¿Qué significa eso? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Adrián sostuvo mi mirada.
—Significa que hay cosas que se resuelven con abogados. Y hay cosas que se resuelven de otras formas. Yo me encargo de que las dos cosas funcionen.
El aire se me fue de los pulmones.
—¿Estás diciendo que tu familia es… mafia?
Adrián soltó una risa corta, sin humor.
—No tan simple. No usamos ese tipo de palabras. Pero sí… tenemos el tipo de poder que hace que la gente no haga preguntas. Y el tipo de enemigos que no perdonan.
Me dejé caer en el sillón. Las piernas no me sostenían.
—¿Y tú? ¿Qué eres tú en todo esto?
—Soy el que intenta que las cosas no se pongan feas —dijo con la voz baja—. El que negocia. El que mantiene el equilibrio. Pero no siempre funciona.
—¿Y Mateo? ¿Qué tiene que ver Mateo con todo esto?
Adrián se sentó frente a mí. Por primera vez no mantuvo la distancia.
—Mateo trabaja para una empresa que depende de un contrato con mi familia. El proyecto Luminova. Si el contrato se cae, su familia pierde millones. Y si su familia pierde millones, van a buscar a quién culpar.
—¿Y yo soy la culpa?
—Tú eres la novia que desapareció sin explicación. La que rompió el trato que Mateo cerró con mi tío. Para ellos, eso no es una ruptura. Es un insulto.
Me quedé quieta. Procesando.
—¿Y por qué no me dijiste nada? —pregunté, y la rabia empezó a subir—. ¿Por qué me dejaste creer que eras solo el tipo del café? ¿Que tu vida era normal?
Adrián bajó la mirada un segundo. Después la levantó.
—Porque no quería que me miraras diferente. No quería que vieras el apellido antes de ver al hombre. No quería que pensaras que te estaba usando para algo. Que te estaba acercando por interés.
—¿Y no es así? —La pregunta salió más dura de lo que pretendía.
Adrián me miró directo a los ojos.
—No. Te juro que no. Empecé a acercarme a ti porque me importabas. Porque vi algo en esa libreta que me recordó a alguien que fui hace mucho tiempo. El resto… el resto siempre se puede contar después.
—¿Después de qué? ¿Después de que ya estaba metida en esto?
—Después de que ya no pudiera alejarme de ti —admitió con la voz baja—. Porque ya era tarde.
El silencio que siguió fue pesado. No enojado. Pesado de verdad.
—Federico vino a amenazarme —dije al fin—. Dijo que si no volvía con Mateo, iban a tener que "conversar". ¿Qué significa eso, Adrián?
Adrián apretó la mandíbula.
—Significa que no van a quedarse quietos. Federico no es de los que aceptan un no por respuesta. Si le dijiste que no, va a intentar presionarte de otras formas.
—¿Qué otras formas?
—Mensajes. Llamadas. Tal vez apareciendo en tu trabajo. Tal vez acercándose a Lucas. No van a lastimarte físicamente… todavía. Pero van a intentar hacerte la vida imposible hasta que cedas.
Me quedé quieta. Procesando.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
Adrián me miró un segundo largo. Después habló con una calma que me heló la sangre.
—Voy a hablar con mi tío. Voy a decirle que esto se detenga. Que tú no tienes nada que ver con el contrato. Que si quieren presionar a alguien, que me presionen a mí.
—¿Y si no te escucha?
Adrián no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó más baja.
—Entonces voy a tener que tomar una decisión. Y esa decisión… no te va a gustar.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué decisión?
Adrián sostuvo mi mirada.
—Voy a tener que recordarle por qué mi familia me respeta. Y eso… eso no es bonito.
El aire se me fue de los pulmones.
—Adrián… no quiero que hagas nada peligroso por mí.
—No es por ti —dijo con la voz baja—. Es por mí. Porque si dejo que mi tío te toque un dedo, voy a perder algo que me importa más que el equilibrio familiar.
No supe qué responder.
Antes de que pudiera decir algo, el teléfono de Adrián vibró. Lo miró. Después me miró a mí.
—Es Lucas.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué dice?
Adrián leyó el mensaje. Su expresión se cerró.
—Dice que alguien lo siguió hasta la universidad. Que no pudo identificar quién era. Pero que le dejó una nota en la mochila.
—¿Qué dice la nota?
Adrián me pasó el teléfono. Leí el mensaje que Lucas le había enviado:
*"Me dejaron esto en la mochila. Dice: 'Dile a tu hermana que piense bien. Que no somos pacientes. — F.R.'"*
Me quedé quieta. Con el teléfono temblando en la mano.
—No van a detenerse —dije en voz baja.
—No —confirmó Adrián—. No van a detenerse hasta que tú vuelvas con Mateo. O hasta que yo les diga que paren.
—¿Y qué vas a hacer?
Adrián me miró un segundo largo. Después habló con una calma que me heló la sangre.
—Voy a hacer lo que tenga que hacer. Pero necesito que confíes en mí. Aunque no te guste lo que voy a hacer.
No respondí. No sabía qué decir.
Adrián se levantó. Se acercó a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Valeria… no salgas sola estos días. Si necesitas ir a algún lado, llama a Lucas. O llámame a mí. No camines por la calle con auriculares. No abras la puerta a nadie que no conozcas.
Asentí. No confiaba en mi voz.
—Y una cosa más —agregó antes de salir—. Si Federico vuelve a aparecer… no le abras. Llámame de inmediato. No intentes hablar con él. No es de los que negocia.
Se fue. Cerró la puerta con suavidad.
Me quedé parada en el medio de la sala, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo que el mundo se había vuelto un lugar mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Adrián no era solo el hombre del café.
Era algo mucho más grande.
Y mucho más peligroso.
Y yo… yo estaba metida hasta el cuello en algo que no entendía.
Cuando Lucas volvió a casa esa noche, tenía la cara pálida.
—No voy a volver a la universidad mañana —dijo sin preámbulos—. No hasta que esto se resuelva.
—Lucas…
—No, Vale. No voy a arriesgarme. No después de esto.
Me acerqué y lo abracé fuerte.
—Vamos a resolverlo. Juntos.
Él asintió contra mi hombro.
Pero yo no estaba segura de eso.
Porque por primera vez desde que había despertado en esta nueva vida, entendí algo que me heló la sangre:
Mateo no iba a detenerse.
Y Adrián… Adrián iba a tener que hacer algo que yo no iba a querer ver.