El silencio de los colores rotos
Sinopsis de la Obra
La vida de Valeria parecía sacada de una pasarela: a sus 25 años era una brillante diseñadora de modas, con una esbelta figura de 1.75 metros, una sonrisa contagiosa y un talento desbordante. Sin embargo, su realidad en casa era muy distinta. Estaba casada con un hombre machista de 33 años que trabajaba como chófer, con quien tenía una hermosa hija de 4 años.
El mundo de Valeria se desplomó cuando a su pequeña le diagnosticaron leucemia. En una carrera desesperada contra la muerte, la única esperanza residía en un donante compatible: su propio padre. Tras suplicarle y arrodillarse, él aceptó donar, pero la tragedia golpeó con crueldad: el día previo a la cirugía, el hombre se emborrachó con sus amigos y faltó a la cita.
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LA HUIDA DEL LEÓN HERIDO Y EL FANTASMA EN LA SOMBRA
El silencio que siguió a la partida de Valeria y Julian en el gran salón de los Carvajal fue tan absoluto que el sonido del hielo derritiéndose en las copas de champaña parecía el crujir de un glaciar. Ninguno de los invitados se atrevía a respirar demasiado fuerte. Miraban de reojo a Esteban Carvajal, esperando ver la furia desatada de un magnate acostumbrado a que el mundo entero se doblegara ante su voluntad.
Pero Esteban no gritó, ni rompió una copa contra el suelo de mármol. Permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de tanto apretar los puños en los bolsillos de su esmoquin. Sus ojos verdes seguían clavados en las dobles puertas de roble por donde había desaparecido la diseñadora.
Por primera vez en sus veintiocho años de vida, alguien lo había desnudado públicamente frente a su propia corte, reduciendo su ego a cenizas con una elegancia tan helada que no dejó margen para réplica. Lejos de enfurecerse al punto de perder el juicio, una fascinación peligrosa, casi obsesiva, comenzó a arder en el pecho del empresario. Aquella mujer no era una presa fácil; era una leona herida, y él juró en silencio que derretiría ese hielo, cuéstale lo que le cueste.
El Refugio de la Noche
De regreso en el hotel exclusivo, el ambiente en la suite principal era una mezcla de tensión contenida y euforia contenida. Julian caminaba de un lado a otro frente a los enormes ventanales que mostraban las luces de la ciudad, visiblemente alterado.
—Has cruzado una línea muy peligrosa, Valeria —advirtió Julian, deteniéndose para mirarla con fijeza—. Esteban Carvajal es intocable en este país. Humillarlo frente a toda su élite empresarial no es una victoria comercial; es una declaración de guerra. Mañana mismo cancelamos los compromisos pendientes y tomamos el jet de regreso a París.
Valeria se quitó los pendientes de alta costura con total parsimonia, depositándolos sobre el tocador antes de girarse hacia su socio. Su rostro seguía manteniendo la máscara de hierro, pero un destello de adrenalina pura iluminaba su mirada.
—No voy a huir de ningún hombre, Julian —respondió Valeria con voz firme y gélida—. Pasé diez años construyendo este imperio, blindando cada centímetro de mi alma para que nadie volviera a hacerme vulnerable. Si Carvajal cree que puede intimidarme con su dinero o sus jueguitos de seducción, se equivocó de adversario. El contrato está firmado, los acuerdos están cerrados y mañana por la tarde volaremos a París, pero lo haremos con la frente en alto, no huyendo por la puerta trasera.
Julian la observó en silencio durante unos segundos, reconociendo en esa mirada inflexible a la mujer que había conquistado las pasarelas más exigentes del mundo. Asintió lentamente, rindiéndose ante la determinación de su socia.
La Sombra en la Madrugada
A altas horas de la madrugada, cuando el silencio se adueñó de la suite y Julian se retiró a su habitación, Valeria se quedó sola frente al ventanales oscuros. Se había quitado el vestido de gala y vestía una bata de seda negra, sosteniendo una copa de vino que apenas probaba.

Miró hacia la mesa de centro, donde reposaba la vieja libreta de dibujos de pasta gastada y la pequeña caja de música de madera tallada que guardaba como único vestigio de su pasado y de su pequeña Irene.
Un ruido sutil, casi imperceptible, resonó en el pasillo privado de la suite.
Valeria se congeló. El eco de unos pasos firmes y pausados se detuvo justo al otro lado de su puerta. Antes de que pudiera dar un paso hacia el teléfono para alertar a la seguridad del hotel, el timbre sonó con un golpecito seco, bajo y deliberado.
Con el corazón latiendo con fuerza contenida —no por miedo, sino por una furia repentina—, Valeria caminó hasta la entrada, deslizó el cerrojo y abrió la puerta de golpe.
De pie en la penumbra del pasillo, con la corbata completamente ausente y la camisa desabrochada en el primer botón, Esteban Carvajal la miraba fijamente. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril, desprovistos de la arrogancia de la gala, reducidos a la honestidad cruda de un hombre acorralado por su propio deseo.
—Te dije que los imperios de hielo se derriten, Valeria —susurró Esteban con voz ronca, cruzando el umbral antes de que ella pudiera reaccionar—. Y tú y yo aún tenemos una conversación pendiente.