Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Una casa que empieza a ser un hogar
La semana transcurrió con una tranquilidad que casi me daba vértigo, acostumbrada como estaba a que la calma solo precediera al desastre, a que cada momento de paz fuera solo el silencio antes de una tormenta nueva. Los desayunos se habían vuelto un ritual: yo sabía sin preguntar que Leo quería su jugo sin pulpa, ni una hebra, o lo devolvía con dramatismo teatral; que Luna necesitaba su pan tostado cortado en triángulos exactos, nunca en cuadrados; que Dante fruncía el ceño si su café llegaba tibio pero jamás decía una palabra si yo se lo servía a tiempo, limitándose a un asentimiento casi imperceptible que con los días aprendí a leer como agradecimiento, casi como un pequeño lenguaje privado entre los dos.
Un sábado por la mañana, Leo insistió en que sembráramos un pequeño huerto de hierbas en una esquina del jardín, decidido con la firmeza absoluta que solo tienen los proyectos de cinco años.
—Quiero sembrar menta —anunció, muy serio, cavando con una pala de juguete demasiado pequeña para la tarea, la tierra manchándole las rodillas del pantalón hasta los muslos.
—¿Por qué menta? —pregunté, ayudándolo a aflojar la tierra con mis propias manos, sintiendo la humedad fresca colarse bajo mis uñas.
—Porque la abuela dice que huele bonito y calma a la gente enojada. Así papá no se enoja tanto cuando rompo cosas.
Solté una carcajada que hizo que Dante, sentado a la sombra fingiendo revisar unos papeles del trabajo que en realidad no leía, levantara la vista con una ceja arqueada, fingiendo ofenderse con una solemnidad exagerada que no logró sostener por más de dos segundos.
—Yo no me enojo tanto.
—Te enojas mucho —corearon Leo y Luna al unísono, con una sincronía perfecta de práctica, y hasta Dante terminó riéndose, una risa abierta, sin reservas, algo que yo no lo había visto hacer tan libremente antes, sin la coraza de siempre.
Terminamos el huerto poco antes del mediodía: tres surcos torcidos con menta, albahaca y un cilantro que Luna insistió en sembrar "para que las quesadillas sepan mejor". Nos sentamos los cuatro en el pasto, sucios hasta los codos, a comer unas paletas heladas que Don Simón nos trajo sin que nadie se las pidiera, con esa discreción atenta que ya empezaba a reconocerle. Dante, sentado con las piernas cruzadas sobre el césped —una postura que jamás hubiera imaginado en él la primera vez que lo vi bajando los escalones de la entrada con ese traje impecable—, se quedó mirando a los niños reír con una expresión que no intentó ocultar.
—Gracias —me dijo, en voz baja, cuando los niños se alejaron corriendo tras una mariposa, sus risas quedando suspendidas en el aire tibio de la tarde.
—¿Por qué?
—Por esto. —Señaló con la barbilla el huerto torcido, las paletas derritiéndose, la tarde entera—. No recordaba la última vez que los vi reírse así, sin que fuera por un regalo caro o por evitarse un regaño.
—Los niños no necesitan regalos caros, Dante. Necesitan tiempo. Tierra bajo las uñas, una tarde entera sin celular ni junta directiva interrumpiendo. Eso es todo.
—Lo sé. —Bajó la vista hacia sus propias manos, todavía con restos de tierra que no se había molestado en sacudir—. Simplemente se me había olvidado, hasta que llegaste tú a recordármelo sin decir una palabra.
No supe qué responder. Me limité a sonreír, sintiendo que ese agradecimiento, tan simple, valía más que cualquier cheque de sueldo que hubiera recibido en mi vida. Nos quedamos así un rato, en silencio cómodo, viendo a los niños perseguir la mariposa hasta perderla entre los rosales, sus risas rebotando contra los muros del jardín como una música que ninguno de los dos quería que terminara.
Esa noche, después de acostar a los niños, me quedé un momento junto a la ventana de mi cuarto, mirando las luces del jardín, el reflejo de la casa entera iluminada como una promesa contra la oscuridad de la montaña.
Esto se siente como un hogar.
El pensamiento me atravesó de golpe, tan claro y tan inesperado que tuve que sentarme en el borde de la cama para procesarlo, con las manos apretadas sobre las rodillas. Y justo detrás de esa calidez, como siempre, llegó la sombra: ¿pero qué pasa si algún día recuerdo quién era antes? ¿Qué pasa si esa vida que olvidé no tiene lugar en esta, si al recordar pierdo todo lo que he ganado aquí?
Sacudí la cabeza, decidida a no dejar que el miedo me robara esa pequeña felicidad, por frágil que fuera, por prestada que se sintiera todavía.
Me acerqué a la ventana y aparté la cortina un poco más, buscando algo que no supe nombrar hasta que lo encontré: la luz del despacho de Dante seguía encendida, dos pisos más abajo, un rectángulo cálido recortado contra la oscuridad del jardín. Me pregunté si él también sentiría ese peso extraño en el pecho, esa mezcla de gratitud y vértigo por algo que ninguno de los dos había planeado, algo que había llegado sin pedir permiso a ninguno de los dos y que ahora se negaba a irse.
Bajé a la cocina a beber un vaso de leche tibia, un truco que mi cuerpo parecía recordar aunque mi mente no supiera de dónde venía, y me encontré con Don Simón guardando la vajilla de la cena, silbando bajito una melodía que no reconocí.
Me senté en uno de los bancos de la barra mientras la leche se calentaba en la estufa, observándolo trabajar con esa eficiencia silenciosa que llevaba décadas de práctica. Había algo reconfortante en verlo moverse por esa cocina, en la manera en que cada objeto tenía su lugar exacto, como si el orden mismo de la casa dependiera de sus manos.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando para la familia? —le pregunté, con genuina curiosidad.
—Desde que el señor Dante tenía la edad de Leo. —Sonrió, con una calidez que rara vez mostraba tan abiertamente—. Lo vi crecer, lo vi enterrar a su madre, lo vi convertirse en lo que es ahora. Con el tiempo, uno aprende a querer a la gente que cuida, aunque el sueldo diga otra cosa.
—Eso suena a algo que yo también estoy empezando a entender.
—Usted le hace bien a esta casa, señorita Ximena. —Don Simón dejó de silbar un momento, colocando el último plato en su lugar con un cuidado casi ceremonial—. No sé si se ha dado cuenta, pero desde que llegó, hasta las paredes parecen respirar distinto.
—Eso suena a algo que se dice en las telenovelas, Don Simón.
—Puede ser. —Sonrió, sin negarlo—. Pero llevo demasiados años en esta casa como para no reconocer cuándo un hogar empieza a sanar.
—¿Todo bien, señorita Ximena? —preguntó, notando mi cara pensativa.
—Todo bien. Solo pensando de más, igual que siempre.
—Eso es lo que hacen las buenas madres —dijo él, sin mirarme, concentrado en acomodar los platos—. Pensar de más por los que quieren.
No supe si el comentario fue casual o deliberado, pero se me quedó rondando en la cabeza el resto de la noche, esa palabra —madres— dicha con tanta naturalidad, como si ya fuera un hecho consumado y no una posibilidad todavía por confirmar. Terminé la leche en silencio, dejando el vaso vacío en el fregadero, y me despedí de Don Simón con un gesto que él correspondió con un asentimiento tranquilo, como quien guarda un secreto sin necesidad de nombrarlo.
Abajo, en el despacho, Dante había terminado de trabajar y se quedó un momento mirando hacia la ventana de la cocina, todavía iluminada, donde yo había dejado la luz encendida antes de subir sin darme cuenta. Algo en su postura, aunque yo no podía verlo desde mi cuarto, se había aflojado, relajado, como quien por fin, después de mucho tiempo cargando un peso invisible, empieza a permitirse creer que las cosas buenas pueden durar más de lo esperado.