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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL DÍA QUE NO VINO

«Un día al mes. Siempre. Esa era la promesa.»

El sol caía suave sobre el claro del bosque, dorado y cálido, como cada vez que llegaba esa fecha. Pólux estaba allí, de pie bajo el roble antiguo que solo ellos conocían. Llevaba puesta su túnica olímpica, blanca y bordada en oro, y el laurel en su cabello brillaba con la luz que no pertenecía a este mundo.

Era su día. Su único día.

Desde que nacieron, separados por el destino, pertenecían a mundos distintos: él al Olimpo, entre dioses y luz eterna; Cástor a la Tierra, entre mortales y polvo. Pero el vínculo de su sangre era más fuerte que cualquier barrera. Una vez cada luna, el velo se abría. Se encontraban aquí, lejos de todo, y por un día entero volvían a ser dos mitades de un mismo todo.

Pólux miró el horizonte. El sol empezaba a bajar.

—Llegarás —susurró al viento—. Siempre llegas.

Esperó hasta que el cielo se tiñó de naranja y púrpura. Esperó hasta que las sombras se alargaron. Esperó hasta que el silencio se volvió pesado, casi doloroso.

Cástor no vino.

Un frío que no era del aire le recorrió los huesos. Nunca faltaba. Ni por tormenta, ni por enfermedad, ni por nada. Su palabra era sagrada. El pacto era sagrado. Si no venía… algo le había impedido venir. Algo que no podía detenerse solo.

Pólux cerró los ojos y extendió su mano. Buscó ese hilo luminoso, tibio y constante, que siempre lo unía a su hermano. Y lo sintió.

No estaba roto. Estaba herido.

Débil. Apagado. Temblando como una llama a punto de extinguirse. Dolor. Mucho dolor. Y miedo. Un miedo tan profundo que Pólux lo sintió en su propia carne.

—¿Qué te hicieron? —murmuró, y su voz se quebró, no de miedo, sino de una furia que empezaba a crecer desde lo más hondo de su ser.

No perdió más tiempo. El Olimpo podía esperar. Los dioses podían esperar. Su hermano lo necesitaba.

Siguió el hilo, bajando de las alturas, cruzando el límite entre lo divino y lo mortal. El rastro lo llevó lejos: a una ciudad de calles grises y edificios altos, hasta un lugar de paredes blancas y luces frías que olían a desinfección y muerte.

El hospital.

Atravesó las puertas como si nada se le opusiera. Nadie lo detuvo. Nadie lo vio realmente, hasta que llegó a la habitación 307. Allí, detrás de la ventana de vidrio, lo encontró.

Cástor estaba en la cama, inmóvil. Tubos en sus brazos. Monitores que latían con un sonido lento y rítmico que partía el corazón. Su piel pálida. Sus ojos cerrados, como si alguien hubiera apagado su luz.

Pólux entró. Se acercó despacio, como si temiera romperlo aún más. Tomó la mano de su hermano entre las suyas. Estaba tibia, pero no respondió. No apretó. No se movió.

—Llegué —dijo, con voz suave, rota—. Perdón. No llegué antes.

Cerró los ojos y dejó que el vínculo le mostrara todo. Lo vio todo a través de los recuerdos rotos de su hermano: las burlas, los empujones, los insultos en los pasillos, la traición, la mentira, el acorralamiento en la azotea… y la caída.

Lo rompieron.

Los humanos lo habían roto. Lo habían empujado al límite, creyendo que nadie vendría por él. Creyeron que era débil, que estaba solo, que nadie lo notaría.

Grave error.

Pólux inclinó la cabeza y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ya no había tristeza en ellos. Había algo mucho más peligroso: decisión absoluta.

—Descansá, hermano —susurró, apretando su mano con suavidad—. Vos siempre fuiste el bueno. Vos siempre perdonabas. Pero ellos no saben quién soy yo.

Se enderezó. La luz dorada que lo rodeaba se intensificó por un instante, iluminando toda la habitación, antes de contenerse, de ocultarse.

—Cástor podía perdonarlos —dijo, y esas palabras se grabaron para siempre en el aire de esa habitación—. Yo no soy Cástor.

Salió de la habitación. Al otro lado del pasillo, su lugarteniente esperó con la cabeza baja.

—¿Todo listo? —preguntó Pólux, sin detenerse.

—Sí, señor. La ropa, los documentos, todo está preparado. Nadie sospechará nada. Son idénticos.

—Bien.

Pólux caminó hacia la salida. Las puertas se abrieron solas ante él. El sol de la tarde lo iluminó, pero ya no era el mismo sol que lo esperaba en el bosque. Ahora era diferente. Más frío. Más oscuro.

—Entonces —dijo, ajustándose la capa— bajaré entre ellos. Seré él. Caminaré donde él caminó. Sentiré lo que él sintió. Y cuando conozca cada nombre, cada cara, cada risa que escucharon al verlo caer…

Hizo una pausa. Y el aire se llenó de tormenta.

—Les haré desear no haber nacido.

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