El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo I El alfa
...¡Hola a todos! Bienvenidos a esta nueva historia. ✨...
...Estoy muy feliz de compartir con ustedes el comienzo de este viaje. Hoy van a conocer a Amelia y a Alexander, dos mundos completamente distintos que están a punto de encontrarse en una historia llena de misterio, pasión, magia y secretos que los mantendrán al borde del asiento....
...Espero de corazón que disfruten cada capítulo tanto como yo disfruté escribiéndolo. Si les gusta esta primera entrega, no olviden dejar su LIKE, agregar la novela a su Biblioteca para no perderse ninguna actualización y regalarme un COMENTARIO contándome sus primeras impresiones....
...¡Acompañen a Amelia en este viaje! Damos inicio... 🐺💖...
Punto de vista de Amelia
A punto de cumplir los veinticinco años, mi vida se resumía en turnos interminables de guardia, café frío y el sonido constante de las sirenas llegando a la sala de emergencias. Como médica cirujana en el hospital público del distrito, estaba acostumbrada al caos, a la escasez de insumos y a tratar con pacientes violentos. Pensaba que nada podía sorprenderme.
Hasta esa noche.
El reloj de la pared marcaba las tres de la madrugada cuando las puertas batientes de emergencias se abrieron de golpe, estrellándose contra la pared. El ambiente del pasillo se enrareció de inmediato; el olor habitual a antiséptico fue aplastado por un aroma denso a bosque húmedo, tierra mojada y sangre fresca.
—¡Necesitamos un médico ahora mismo! —rugió un hombre alto, de hombros anchos y mirada feroz, vistiendo un traje oscuro cubierto de polvo.
A su lado, otro sujeto de porte militar sostenía a un tercer hombre que apenas podía mantenerse en pie.
Me ajusté la bata, tomé mi estetoscopio y me acerqué a prisa con dos enfermeros.
—Por favor, mantengan la calma y colóquenlo en la camilla —ordené usando mi voz más firme de mando médico—. Señor, necesita dejar que lo revise...
Al acercarme, las palabras se me atoraron en la garganta.
El hombre herido levantó la cabeza. Tenía una laceración profunda en el costado izquierdo que sangraba profusamente, pero no fue la gravedad de la herida lo que me congeló el pulso. Fueron sus ojos. Eran de un dorado intenso, casi felino, que brillaban con una intensidad sobrehumana en medio de la penumbra del pasillo.
Al cruzar su mirada con la mía, una onda de choque invisible recorrió mi columna vertebral, como si una descarga eléctrica me sacudiera desde la cabeza hasta los pies.
Él ahogó un gemido, no por el dolor de su herida, sino por algo más profundo. Su pecho se agitó y sus fosas nasales se dilataron mientras me inspiraba el aire.
—Mate... —gruñó con una voz cavernosa y profunda que retumbó en los huesos de todos los presentes.
Me quedé paralizada por un segundo, confundida por el término extraño, pero mi instinto profesional reaccionó de inmediato.
—Está delirando por la pérdida de sangre —dije a los enfermeros, colocándome los guantes de látex—. Llévenlo a la sala de traumatología dos. ¡Ahora!
Intenté presionar la herida con una compresa estéril, pero en cuanto mis dedos rozaron la piel caliente de su abdomen, el hombre sujetó mi muñeca con una fuerza descomunal. No era un agarre humano; sus dedos parecían tenazas de acero.
—No me toques con látex... no me separes de ti —murmuró Alexander, clavando sus ojos dorados en los míos con una posesividad destructiva que me erizó el vello del cuello.
—Señor, suélteme si quiere que le salve la vida —respondí con firmeza, mirándolo fijamente sin acobardarme—. No me importa quién sea ni qué tan influyente se crea. En este hospital, las órdenes las doy yo.
El hombre de traje que lo acompañaba dio un paso al frente con una expresión de absoluto asombro al ver cómo le hablaba a su líder.
—No puede ser... —susurró el acompañante, mirando a Alexander—. Es una humana. Alfa, la mujer es una humana pura...
Ignoré el comentario del acompañante y la extraña palabra que había usado para referirse a su jefe. En mi sala de emergencias no había espacio para mitos ni extravagancias; solo existían los signos vitales y el tiempo que se nos agotaba.
—¡A la sala de traumatología, ya! —repetí con voz tajante, zafando mi muñeca con un tirón firme.
El hombre de ojos dorados no dejó de mirarme ni un solo segundo mientras los enfermeros lo trasladaban a toda prisa. Su mirada parecía quemar el aire entre los dos, cargada de una mezcla de dolor, confusión y una devoción salvaje que jamás me habían dedicado.
En cuanto lo tumbamos sobre la mesa de exploración y rasgué su camisa para evaluar la lesión, el primer impacto biológico me dejó helada. La herida en su costado era una laceración limpia y profunda, como si unas garras gigantescas le hubieran atravesado la carne.
Sin embargo, el sangrado desmedido de hacía un minuto comenzaba a desacelerarse frente a mis ojos a una velocidad anómala.
Los bordes de los tejidos lesionados temblaban, cicatrizando a un ritmo que desafiaba cualquier ley de la anatomía humana.
—Esto es imposible... —murmuré para mí misma, limpiando la zona con gasa estéril.
—Doctora Rivas, sus pulsaciones están cayendo, pero la presión arterial se mantiene ridículamente alta —informó el enfermero, atónito mirando el monitor—. Y su temperatura corporal supera los cuarenta grados.
—Apliquen anestesia local e infusión salina —ordené, intentando mantener la compostura mientras tomaba el bisturí y el hilo de sutura—. No sé qué clase de anomalía genética tenga este hombre, pero si no cierro esta hemorragia interna, morirá en shock.
Trabajé durante cuarenta minutos a marcha forzada. Mientras cosía sus tejidos, pude sentir el calor descomunal que emanaba de su piel. No necesité anestesia general: el sujeto permaneció en un trance profundo, emitiendo breves gruñidos cada vez que el hilo atravesaba su carne. Lo más inquietante era que, a medida que cerraba los puntos, su cuerpo parecía absorber la sutura y regenerar la piel a una velocidad escalofriante.
Cuando terminé de vendarlo y limpiar la sangre, dejé escapar un largo suspiro de agotamiento. Me quité el tapabocas, me lavé las manos en el lavabo de la sala y regresé a su lado para verificar sus reflejos.
Al acercarme a la camilla, sus ojos dorados se abrieron de golpe.
Antes de que pudiera reaccionar o llamar a un enfermero, su brazo sano se movió con un rayo de velocidad. Me sujetó por la cintura y, con un movimiento firme pero sorprendentemente cuidadoso, me atrajo hacia él hasta romper la distancia entre nuestros cuerpos.
—¿Qué cree que hace? ¡Suélteme! —protesté, apoyando las manos contra su pecho rígido como una piedra.
—Hueles a antiséptico... pero debajo de eso, hueles a mí —susurró con una voz cavernosa, pegando su frente a la mía. Respiró profundo contra mi cuello, dejándome paralizada por la intimidad del gesto—. Eres la mitad de mi alma.
Mi Luna.
El calor de su aliento me erizó la piel, pero mi orgullo y mi entrenamiento médico se impusieron al instante.
—Mire, señor "Alfa" o como sea que se llame —sentencié, clavándole la mirada sin dar un solo paso atrás—. No conozco sus delirios ni me interesa su concepto de "Luna". Acabo de salvarle la vida cosiendo una herida que habría matado a tres hombres normales. Así que mantenga las manos quietas, respete mi espacio y compórtese como un paciente civilizado.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió bruscamente y el acompañante de traje ingresó con la pistola semioculta bajo la chaqueta, seguido por dos enfermeros asustados.
—¡Alfa! Debemos evacuar. El consejo de la manada exige su regreso inmediato al territorio —dijo el hombre, pero al ver a Alexander sosteniéndome entre sus brazos, se detuvo en seco, mirando la escena con evidente desprecio—. No podemos llevar a esta mujer. La manada jamás aceptará a una humana insignificante como su pareja.
Las palabras del sujeto resonaron en la sala con un veneno sutil.
Alexander gruñó con tal fuerza que los cristales de las ventanas de la sala de emergencias vibraron por la frecuencia. Sus pupilas se dilataron por completo, tornándose casi negras por la rabia de que alguien cuestionara su autoridad.
—Ella viene conmigo —sentenció Alexander con tono absoluto, apretando su agarre en mi cintura—. Nadie en la manada cuestiona la decisión de su rey.
—¿"Luna"? ¿"Alfa"? —repetí con una mezcla de indignación y absoluto desconcierto, zafándome de su agarre con todas mis fuerzas y dando tres pasos hacia atrás para acomodarme la bata con dignidad—. No sé en qué clase de secta extraña esté metido ni qué tipo de drogas le dispararon esa regeneración celular, pero a mí no me venga con cuentos fantásticos.
Miré al sujeto armado y luego volví la vista hacia el paciente de los ojos dorados, marcando una distancia tajante.
—No soy el trofeo de nadie, ni la propiedad de un hombre que acaba de salir de una cirugía. No tengo la menor idea de qué sea una "Luna", ni me interesa saberlo. Soy humana, un cirujano de este hospital, y aquí las únicas reglas que se respetan son las mías.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto