Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo VIII Ahora si somos felices
Punto de vista de Elena
Un año. Bastaron apenas doce meses para transformar por completo mi realidad.
A veces, en los momentos de silencio, miraba el título universitario que por fin lucía en un marco de madera oscura sobre mi pared y me preguntaba qué habría sido de mí si jamás le hubiera permitido a Alberto apagar mi voz. Quizás a estas alturas sería una abogada de renombre internacional. Sin embargo, los lamentos no sirven de nada; el pasado no se puede reescribir, y comprendí que cada lágrima y cada golpe psicológico superado terminaron por forjar a la mujer inquebrantable que soy hoy.
De lo único que jamás me arrepentiría era de mis dos grandes estrellas. Mateo e Ethan eran el centro absoluto de mi universo. Por ellos había sacado fuerzas de donde no las tenía, y por ellos estaba dispuesta a conquistar cada meta que dejé congelada en el tiempo.
Especializarme en derecho mercantil y delitos corporativos había sido la mejor decisión de mi vida profesional. Desde que resolví el fraude comercial que amenazaba la cafetería de Don Marcelo, entendí que los mayores abusos de poder no solo ocurren entre cuatro paredes, sino también dentro de las juntas directivas y las grandes empresas. Defender a comerciantes y compañías de desfalcos, quiebras fraudulentas e irregularidades mercantiles se había convertido en mi verdadera pasión.
Estaba inmersa en la lectura de un complejo expediente sobre un fraude entre socios comerciales cuando unos golpecitos suaves en la puerta me devolvieron al presente.
—Elena, disculpa que te interrumpa —dijo Sofía, mi secretaria, asomándose con una sonrisa cálida.
Sofía era una joven brillante a quien contraté seis meses atrás. Cuando llegó a mi despacho buscando asesoría, traía la misma mirada asustada y los hombros encorvados que yo solía tener tras huir de una relación abusiva. Darle la oportunidad de trabajar conmigo no solo fue un respiro para su vida, sino también para la mía. Verla ahora, erguida, independiente y segura de sí misma, me recordaba a diario el verdadero propósito de mi profesión.
—Recuerda que tienes el almuerzo con los gemelos —me dijo, señalando el reloj de pared—. Falta poco para que salgan del colegio y si no te apuras, el tráfico te va a agarrar.
—Tienes toda la razón, Sofía. Si llego tarde, Mateo me dará un discurso sobre la puntualidad —respondí con una risa suave, cerrando la carpeta de golpe.
—Dejo la auditoría y los contratos del señor Vargas organizados en tu escritorio para que los revises al regresar —añadió ella, guardando su libreta de notas.
El volumen de trabajo en el despacho se había duplicado en los últimos meses. Mi nombre ya no solo "sonaba" en el vecindario; la reputación de la firma comenzaba a ganar un peso enorme en el sector empresarial y en los tribunales mercantiles. Los clientes corporativos llegaban por recomendación, atraídos por la ética, la astucia financiera y la firmeza implacable con la que abordaba cada caso.
Acomodé los documentos del caso corporativo dentro de mi maletín, tomé las llaves del auto y salí del edificio.
Manejar por las calles de esta ciudad ya no me producía el temor de los primeros meses; ahora se sentía como mi hogar, el escenario donde finalmente había echado raíces.
Al llegar al colegio, divisé de inmediato a mis dos pequeños gigantes esperando cerca de la entrada principal. Vestían sus uniformes impecables y traían las mochilas colgadas a la espalda. En cuanto el auto se detuvo frente a la acera, Ethan fue el primero en salir corriendo hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Mamá, mamá! —exclamó con una sonrisa gigante, dejándose abrazar y dándome un beso sonoro en la mejilla—. ¡Hoy la maestra dijo que soy el mejor dibujando dinosaurios de toda la clase!
—¡Es porque dibujaste un T-Rex con alas, Ethan, eso ni siquiera existe! —intervino Mateo con paso firme, acomodándose la mochila con una seriedad encantadora antes de darle un beso a mi otra mejilla—. Hola, mami. Llegas justo a tiempo, faltan dos minutos para las doce y media.
—Hola, mis amores —respondí riendo mientras los ayudaba a subir al asiento trasero y les abrochaba los cinturones de seguridad—. Mateo, la creatividad de tu hermano es un gran talento. Y tú, señor puntual, ¿cómo te fue en tu examen de matemáticas?
—Saqué la nota más alta —presumió Mateo, alzando la mentón con orgullo—. Mi maestra me preguntó si de grande quería ser contador, pero le dije que no, que yo voy a ser un abogado de empresas como tú para defender a la gente buena de los trampas.
Un nudo de profunda emoción se me formó en la garganta. Escuchar a mi hijo de seis años hablar de mi profesión con tanto orgullo borró de un plumazo cualquier rastro de dolor de mi pasado.
Fuimos a almorzar a un pequeño restaurante familiar cerca del parque.
Mientras los niños disfrutaban de su comida favorita y debatían animadamente sobre si los dinosaurios podían volar o no, los observé en silencio. Tenían las mejillas sonrosados, la mirada limpia y la tranquilidad de quienes se saben amados y protegidos.
—Mami... ¿verdad que ahora sí somos muy felices? —preguntó Ethan de pronto, bajando su vaso de jugo y mirándome con sus ojitos brillantes.
—Sí, mi amor. Somos inmensamente felices —respondí, tomando su pequeña mano sobre la mesa y mirando también a Mateo, quien me sonrió con dulzura.
—Es porque ahora nuestra casa está llena de risas y no de gritos —añadió Mateo con la sabiduría e inocencia que solo un niño puede tener.
Sus palabras resonaron en mi corazón como la mayor de las victorias. Alberto creyó que al dejarme sin un centavo me condenaba a la ruina, pero en realidad me entregó la libertad. Y hoy, con una firma comercial prosperando y mis hijos creciendo felices, sabía que no había tribunal en el mundo que pudiera quitarme este triunfo.