Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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LA VENGANZA OCULTA
Todo había sido planeado por mí con absoluta frialdad. Esos hombres no eran bandidos al azar; eran personas que yo había contratado y guiado hasta ese tramo solitario del camino que llevaba hacia Amasya. Cada detalle había sido considerado: el momento exacto, el lugar donde los árboles cerraban el camino y nadie podía ver desde lejos, la cantidad de hombres necesarios para que no pudieran defenderse pero tampoco para que alguien sospechara que era una emboscada organizada. La emboscada, el caos, el miedo… todo estaba calculado con precisión. Yo permanecí oculto entre las sombras de los pinos más altos, observando cada paso, sabiendo que justo lo que ella se merecía estaba por cumplirse. Mahidevran intentó destruirme, difamar mi nombre y borrar mi existencia, y este sería su castigo. Nadie sabría jamás que yo estuve allí. Nadie sabría que yo lo ordené. Solo yo disfrutaría de este triunfo en silencio, saboreando cada instante sin que nadie pudiera reprochármelo ni pedirme cuentas por ello. Esa era la belleza de mi plan: yo sería el único testigo de su caída.
Cuando cayeron sobre el carruaje, todo sucedió con rapidez aterradora. Los guardias que les habían sido asignados como escolta eran hombres ancianos y débiles, una decisión deliberada de mi padre que ahora se convertía en mi ventaja. Fueron derribados antes de que pudieran desenvainar sus espadas. Mustafa fue sometido y arrojado al suelo, golpeado y confundido, sin comprender cómo hombres tan rudos podían haber aparecido de la nada en un camino que supuestamente era seguro. Y Mahidevran fue arrastrada fuera del carruaje, gritando y suplicando, pero sus palabras de autoridad ya no significaban nada para esos hombres que no conocían su nombre ni su posición en la corte. Le quitaron sus joyas una por una, sus vestidos de seda que tanto le gustaban, todo lo que la hacía sentir superior y protegida del mundo exterior. Lo que ocurrió esa noche fue su ruina más completa: su honor quedó destrozado, su dignidad pisoteada, y cuando la devolvieron al amanecer, caminaba como una mujer rota, con la mirada perdida, temblando ante cualquier ruido, llena de una vergüenza que no se le borraría jamás mientras viviera. No tenía idea de quién había organizado todo. Creía que era la suerte, el destino, la crueldad del mundo que finalmente le había cobrado sus pecados. Y esa ignorancia hacía que mi venganza fuera aún más perfecta.
Luego fue el turno de Mustafa. Lo sujetaron con fuerza entre dos hombres mientras él luchaba y maldecía, prometiendo que todos pagarían por esto, que cuando su padre se enterara los haría colgar a todos por las manos. Pero sus palabras ya no tenían poder allí. Uno de los hombres sacó un cuchillo afilado y, con rapidez brutal, le cortó tres dedos de la mano derecha. Mustafa aulló de dolor, un sonido desgarrador que se perdió entre los árboles oscuros, y se desmayó por un instante al sentir el filo del metal contra su carne. Envolvieron los dedos en un trozo de tela áspera y los dejaron junto a él, como un mensaje silencioso para quien lo encontrara. Lo cargaron hasta las puertas de Amasya y lo abandonaron allí, sangrando y solo, para que lo encontraran a la luz del día cuando los primeros comerciantes salieran a abrir sus puestos. Que todos vieran al príncipe caído, pálido y tembloroso, sosteniendo su mano herida contra su pecho. Que la historia se contara de boca en boca como una tragedia del camino, como la desgracia que cae sobre quienes pierden el favor del Sultán. Que su padre lo supiera y se entristeciera aún más, creyendo que el destino había sido cruel con ellos, sin sospechar que detrás de todo había una voluntad humana operando desde las sombras.
Cuando todo terminó, me mantuve en las sombras, viendo cómo se marchaban los hombres y cómo la caravana quedaba atrás, avanzando lentamente hacia su destierro. No me acerqué a ella. No revelé mi presencia. No necesitaba que supiera la verdad. Mi satisfacción no estaba en que me temiera o me odiara, sino en ver cómo su mundo se derrumbaba sin que sospechara de mí. Que pasara el resto de sus días preguntándose por qué le ocurrió esto, buscando una respuesta que nunca llegaría.
—Que crea que fue la mala suerte —susurré para mí mismo mientras montaba mi caballo, listo para desaparecer entre los senderos que conocía tan bien—. Que viva con el miedo de que el destino la castigue por sus pecados. Que nunca sepa que fui yo. Así su sufrimiento será mayor, porque no tendrá a quién culpar sino a sí misma y a su propia ambición desmedida que la llevó a creer que podía destruir a un hijo del Sultán sin consecuencias.
Me alejé por el sendero oculto con una sonrisa tranquila en los labios. No sentí remordimiento. Sentí que la balanza se había equilibrado al fin. Ella jugó con fuego y se quemó. Quiso borrarme de la historia y terminó destruyéndose a sí misma. Y yo… yo estaba allí, viéndolo todo, sabiendo que yo era el verdadero autor de su caída. Nadie lo sabría jamás. Nadie me lo agradecería ni me lo reprocharía. Pero en la soledad de mi regreso a las montañas, supe que este era solo el comienzo de algo mucho más grande. Mustafa en Amasya, marcado para siempre por esa herida en su mano, incapaz de empuñar una espada como antes. Ella, repudiada y avergonzada, sin el honor que tanto valoraba ante los demás. Y yo, esperando en las sombras el momento perfecto para revelarme ante todos y tomar lo que era mío por derecho. Nadie sabría jamás lo que hice esa noche. Pero yo lo sabría. Y cada vez que pensara en ello, sabría que su caída… fue obra mía y de nadie más.