Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 19
Elizabeth mantuvo la barbilla en alto, aunque el ritmo de sus latidos era un tambor furioso contra sus costillas. Cruzó los brazos sobre su pecho en un gesto involuntario de autodefensa, tratando de protegerse de la abrumadora cercanía del soberano y de la atmósfera cargada que envolvía la estancia.
—No tengo intención de ocultar nada que ponga en peligro este lugar, su alteza —respondió ella con voz firme, intentando que el temblor interno no se filtrara en sus palabras—. Pero ya se lo dije: no sé qué busca. Mis manos no son un arma ni un misterio controlado; son solo... el reflejo de algo que ni yo misma alcanzo a comprender desde que mi loba murió.
Vinicius detuvo su andar a apenas un par de pasos de distancia. El brillo de la chimenea danzaba sobre sus facciones angulosas, resaltando la intensidad absoluta de su mirada bicroma. Para un alfa acostumbrado a que todo responda a la lógica del poder, la rendición parcial de una loba con el espíritu apagado pero con un don milagroso era un desafío inaceptable.
—Una loba no muere simplemente por un rechazo o una huida, Elizabeth —replicó el emperador con un tono grave, casi quirúrgico, mientras estiraba una mano enguantada para rozar con la yema de los dedos el borde de la mesa de roble—. La muerte del espíritu animal es un trauma absoluto. Y, sin embargo, la energía que canalizas no es la de un alma en pena; es fuego puro, denso y antiguo. Algo forzó a tu interior a replegarse, y algo despertó ese poder en su lugar.
Vinicius levantó la vista lentamente, clavando sus ojos en los de ella con una fianza magnética que cortaba la respiración.
—Acércate —ordenó en un susurro bajo, innegociable.
Elizabeth dio un paso vacilante hacia adelante, obligándose a no retroceder. El calor del fuego a sus espaldas contrastaba con la fría corriente de autoridad que emanaba del emperador.
—Extiende las manos —pidió él, deteniéndose a la distancia justa para que el espacio entre ambos vibrara con una tensión insoportable.
Con las manos húmedas de nerviosismo pero con el orgullo intacto, Elizabeth estiró los brazos y abrió las palmas hacia arriba, exponiéndolas a la luz de las llamas. Vinicius se inclinó ligeramente, estudiando cada línea de su piel, cada milímetro de esa superficie que había cerrado la carne de un lobo y devuelto la claridad a sus propios ojos.
El emperador contuvo el aliento por un segundo. Con una lentitud estudiada, estiró su propia mano, desprovista del guante, y extendió los dedos hasta quedar a un milímetro de tocar la piel de Elizabeth, midiendo la reacción de ambos, sabiendo que el más mínimo contacto volvería a desatar esa corriente invisible que amenazaba con reescribir las leyes de su mundo.
El espacio entre sus manos parecía vibrar con una estática invisible, una carga eléctrica que hacía que el aire se volviera denso y pesado. El fuego de la chimenea crepitaba al fondo, arrojando destellos dorados que danzaban sobre el rostro tenso de Elizabeth y la mirada impenetrable de Vinicius.
La yema de los dedos del emperador flotaba a apenas un milímetro de la piel de la joven. Elizabeth sentía el calor que irradiaba su mano, un recordatorio físico y abrumador de la tormenta que se había desatado la primera noche. Su respiración se había vuelto superficial, atrapada en el fondo de su garganta, mientras esperaba el inevitable contacto.
—Si hay un latido oculto bajo esas cenizas... —murmuró Vinicius con voz ronca, apenas un soplo que se perdió en la penumbra del despacho—, vamos a encontrarlo. Quieras o no.
Y entonces, los dedos de Vinicius rozaron la palma de su mano.
El impacto fue instantáneo. No fue un simple roce físico; fue una descarga violenta y cálida que recorrió los brazos de ambos como un relámpago. Las palmas de Elizabeth brillaron de inmediato con una luz dorada y sutil, una pulsación mágica que brotó sin su permiso, respondiendo al instinto del alfa.
El emperador contuvo el aliento, con los ojos bicolores abiertos de par en par, sintiendo cómo esa energía pura y ancestral volvía a inundar sus venas, conectando directamente la mente de ambos en un puente invisible de sensaciones, recuerdos fragmentados y un profundo eco de lamentos que no les pertenecían.
Pero esta vez, la visión no se detuvo en la luz.
A través del destello, en la mente de Vinicius comenzaron a proyectarse imágenes fugaces y violentas: un salón de nobleza bañado en lágrimas, un rechazo público bajo miradas burlonas, una huida desesperada bajo la lluvia torrencial, y, en el núcleo más profundo de la conciencia de Elizabeth, una sombra gigantesca y fría devorando los restos de su loba interior, sellándola con cadenas invisibles.
Y al mismo tiempo, Elizabeth sintió que su mente se deslizaba hacia los pensamientos del emperador, percibiendo la soledad de su trono, el peso agobiante de la corona y un oscuro rastro de memorias sobre una amenaza latente que acechaba los límites del imperio, una conspiración que buscaba desestabilizar la manada desde adentro.
El destello dorado se intensificó por un segundo antes de extinguirse de golpe, dejando el despacho sumido en una penumbra repentina y fría.
Ambos se apartaron de inmediato, jadeantes, como si acabaran de escapar de las fauces de un ahogo. Vinicius dio un paso atrás, apoyándose con fuerza contra el borde del escritorio, con el pecho subiendo y bajando con violencia, mientras clavaba en ella una mirada donde la sospecha inicial se había transformado en una revelación escalofriante.
—Tus recuerdos... lo que te hicieron... —comenzó a decir el emperador con la voz alterada, rompiendo el silencio con una gravedad nunca antes vista en él—. Y no estás sola, Elizabeth. Esa "muerte" de tu loba no fue un accidente de la naturaleza. Fue un sello. Alguien te maldijo a propósito.