Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.
Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.
Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.
Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.
Un falso heredero ocupa su lugar.
Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.
Antiguas familias empiezan a perseguirlo.
Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.
Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.
Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.
Pero existe un problema todavía mayor:
Su identidad no fue simplemente robada.
Fue dividida.
NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Hombre que no Existía
Lóngchéng llevaba tres días bajo la lluvia.
No era una tormenta.
Ni siquiera llovía con fuerza.
Era una lluvia fina, persistente, casi silenciosa, de esas que parecían caer únicamente para recordarle a la ciudad que debajo del cristal, el acero y las luces de neón todavía existía algo mucho más antiguo.
A las diez y cuarenta y siete de la noche, las calles principales seguían llenas.
Vehículos negros avanzaban entre enormes torres de oficinas. Pantallas publicitarias cubrían fachadas enteras. Los trenes elevados cruzaban el centro financiero cada pocos minutos y, sobre las avenidas, miles de luces convertían la lluvia en reflejos azules y dorados.
Pero a menos de cuatro kilómetros de allí, el Distrito Este parecía pertenecer a otra época.
Las calles se estrechaban.
Los edificios modernos desaparecían.
Los tejados se inclinaban bajo el agua.
Los faroles rojos colgados frente a restaurantes, herbolarios y antiguas casas de té se balanceaban suavemente con el viento.
Allí, el olor a gasolina era sustituido por incienso, hojas húmedas, especias y madera vieja.
Era una parte de Lóngchéng que los turistas adoraban fotografiar durante el día.
Por la noche, pocos permanecían allí.
Adrián Valerius caminaba solo.
Sostenía un paraguas negro en una mano y una pequeña bolsa de comida en la otra.
Llevaba pantalones oscuros, tenis baratos y una chaqueta gris que había comprado hacía dos inviernos.
Nada en él llamaba la atención.
Y eso era exactamente lo que quería.
Durante ocho años había perfeccionado el arte de ser olvidado.
No demasiado pobre.
No demasiado competente.
No demasiado extraño.
Simplemente uno más entre los millones de habitantes de Lóngchéng.
Había trabajado descargando mercancía.
Había reparado motores.
Durante algunos meses condujo para una empresa de mensajería.
También había sido cocinero auxiliar, encargado nocturno de un almacén y empleado de mantenimiento en un hotel.
Nunca permanecía suficiente tiempo en un mismo empleo como para que alguien empezara a hacer preguntas.
Nunca hablaba de su familia.
Nunca enseñaba fotografías.
Nunca bebía demasiado.
Nunca se metía en peleas.
Y, sobre todo, nunca utilizaba aquello que le habían prohibido utilizar.
Adrián miró su reloj.
22:49.
Continuó caminando.
Su edificio quedaba a quince minutos, pero aquella noche había elegido una ruta distinta.
La Calle Qinghe.
No le gustaba pasar por allí.
No sabía exactamente por qué.
Tal vez porque era una de las pocas calles de Lóngchéng que no había cambiado durante sus ocho años en la ciudad.
O quizá porque siempre había tenido la sensación de que alguien observaba desde los pisos superiores.
Aquella noche la sensación era más fuerte.
Las persianas de los negocios comenzaban a bajar.
Una anciana cerraba un puesto de bollos al vapor.
Dos hombres jugaban xiangqi bajo un toldo improvisado.
Un gato blanco cruzó frente a Adrián y desapareció entre dos edificios.
Todo parecía normal.
Hasta que llegó al número cuarenta y siete.
Adrián se detuvo.
La tienda llevaba cerrada desde antes de que él llegara a Lóngchéng.
Recordaba el letrero.
Pabellón de Caligrafía Qinghe.
Las ventanas siempre estaban cubiertas.
La pintura de la puerta estaba agrietada.
En ocho años jamás había visto entrar o salir a nadie.
Pero aquella noche alguien había escrito algo sobre la madera.
Adrián no se movió.
La lluvia golpeó suavemente su paraguas.
Las letras eran negras.
Tres caracteres trazados con tinta.
Aún brillaban.
Aún estaban húmedos.
Adrián sintió que algo dentro de su pecho se tensaba.
No porque no pudiera leerlos.
Sino porque hacía ocho años que nadie lo llamaba así.
沈御辰
Shen Yuchen.
Durante unos segundos, el ruido de la ciudad desapareció.
Adrián miró hacia ambos extremos de la calle.
La anciana había terminado de guardar su puesto.
Los dos hombres del xiangqi ya no estaban.
Nadie caminaba cerca.
Volvió a mirar las letras.
Shen Yuchen.
Su verdadero nombre.
O, al menos, el único que recordaba haber tenido antes de convertirse en Adrián Valerius.
Una gota de tinta descendió lentamente por la madera.
Adrián retrocedió medio paso.
No debía tocar nada.
Una de las primeras cosas que le enseñaron cuando era niño había sido precisamente esa.
Cuando algo imposible aparece frente a ti, no preguntes primero qué significa.
Pregunta quién quiere que lo veas.
Su mirada descendió.
Había un sobre en el suelo.
Negro.
Completamente seco a pesar de la lluvia.
Eso fue suficiente para confirmar que no llevaba mucho tiempo allí.
Adrián permaneció inmóvil durante casi diez segundos.
Después cerró el paraguas.
Se agachó.
Tomó el sobre por una esquina.
No tenía dirección.
Ni sello.
Solo un emblema dorado.
Nueve estrellas rodeando una corona vacía.
La respiración de Adrián cambió.
Apenas.
Cualquier persona que lo observara habría pensado que seguía tranquilo.
Pero debajo de la manga derecha, los músculos de su antebrazo se habían endurecido.
No había visto aquel símbolo desde la noche en que llegó a Lóngchéng.
Ocho años atrás.
—Así que finalmente aparecieron... —murmuró.
Introdujo un dedo bajo el borde del sobre.
Se detuvo.
Miró nuevamente alrededor.
Nada.
Lo abrió.
Dentro había una sola fotografía.
Adrián caminando frente a una tienda de conveniencia.
La misma chaqueta.
La misma bolsa que llevaba ahora en la mano.
La fotografía había sido tomada esa mañana.
La giró.
En el reverso había dos líneas.
DÍA 2,921.
LA DEUDA HA TERMINADO.
Adrián quedó completamente quieto.
Dos mil novecientos veintiún días.
No necesitaba hacer el cálculo.
Lo conocía.
Cada uno.
Había contado todos.
Ocho años.
Exactamente ocho años desde aquella noche.
El frío de la lluvia dejó de importarle.
Aquella frase, sin embargo, sí.
La deuda ha terminado.
No decía:
La prueba ha terminado.
No decía:
El castigo ha terminado.
No decía:
Puedes regresar.
Decía deuda.
Adrián volvió a guardar la fotografía.
Su expresión se endureció.
—¿Qué deuda?
Una campanilla sonó detrás de él.
Adrián giró de inmediato.
La puerta del número cuarenta y siete estaba abierta.
Solo unos centímetros.
Él estaba seguro de que antes estaba cerrada.
No había visto a nadie acercarse.
Empujó la puerta con la punta del paraguas.
La madera chirrió.
Dentro estaba completamente oscuro.
Un olor antiguo salió del local.
Tinta.
Papel.
Madera húmeda.
Y algo más.
Sándalo.
Adrián conocía ese olor.
Lo había respirado cada mañana durante su infancia.
Por primera vez en años, sintió una punzada en el centro del pecho.
No dolor.
Instinto.
Una sensación casi olvidada.
Peligro.
Su mano izquierda se cerró lentamente.
Respiró una vez.
Profundo.
Durante una fracción de segundo, algo pareció moverse debajo de su piel.
Como una corriente cálida ascendiendo desde el abdomen.
Adrián la reprimió inmediatamente.
No.
Todavía no.
No sabía quién estaba observando.
No sabía por qué habían aparecido esa noche.
Y aún faltaba más de una hora para medianoche.
Dio un paso dentro.
El local era pequeño.
Estanterías cubiertas de polvo.
Rollos de papel.
Pinceles secos.
Una mesa larga al fondo.
No había electricidad.
Adrián utilizó la linterna de su teléfono.
La luz recorrió las paredes.
Caligrafías antiguas.
Montañas.
Dragones.
Poemas.
Entonces vio algo que no correspondía al lugar.
Una silla.
Colocada frente a la mesa.
Sobre ella había una segunda fotografía.
Adrián se acercó.
Esta era mucho más antigua.
La imagen mostraba una estación ferroviaria.
Un joven de dieciocho años bajaba de un tren.
Cabello más largo.
Rostro delgado.
Una mochila al hombro.
Adrián.
Su llegada a Lóngchéng.
Recordaba ese día con absoluta claridad.
Había bajado del tren a las cinco y doce de la mañana.
No tenía dinero.
No conocía a nadie.
Solo llevaba tres mudas de ropa, documentos falsos y una pequeña caja de madera.
Le habían dado tres instrucciones.
Vive.
No regreses.
No abras la caja hasta que hayan pasado ocho años.
Adrián levantó la fotografía.
Algo llamó su atención.
Detrás de su versión más joven, a varios metros de distancia, había una figura.
Una muchacha.
Tal vez quince o dieciséis años.
Cabello largo.
Vestido blanco.
Adrián frunció el ceño.
No la recordaba.
Observó con mayor atención.
El rostro estaba rayado con tinta negra.
Alguien se había tomado la molestia de borrarlo.
Giró la fotografía.
Había una frase.
ELLA TAMBIÉN SOBREVIVIÓ.
Adrián sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío.
—¿Quién?
No obtuvo respuesta.
Su teléfono vibró.
Una vez.
Mensaje desconocido.
Sin número.
Solo cuatro palabras:
NO REGRESES A CASA.
Adrián levantó la mirada.
Demasiado tarde.
Se escuchó un ruido en el piso superior.
Un leve crujido.
Como una tabla soportando peso.
Adrián apagó inmediatamente la linterna.
El local quedó oscuro.
Silencio.
Escuchó.
Nada.
La lluvia.
Una gotera.
Su respiración.
Después...
un segundo crujido.
Había alguien arriba.
Adrián dejó la bolsa de comida sobre el suelo.
No sacó ninguna arma.
No llevaba.
Nunca las necesitaba.
Subió las escaleras.
Cada paso era lento.
Controlado.
El segundo piso estaba dividido en tres habitaciones.
La primera vacía.
La segunda llena de cajas.
La tercera tenía la puerta cerrada.
Debajo se veía una franja de luz.
Adrián se acercó.
La corriente cálida volvió a moverse dentro de su cuerpo.
Esta vez llegó hasta sus hombros.
Durante ocho años había vivido como una persona normal.
Había comido como una persona normal.
Dormido como una persona normal.
Soportado enfermedades, frío, golpes y agotamiento como cualquier otro.
No porque no pudiera hacer otra cosa.
Porque se lo habían ordenado.
No abras ninguna puerta.
Esa había sido la cuarta instrucción.
Una que nunca había comprendido.
Adrián colocó la mano sobre el picaporte.
La luz del interior se apagó.
La puerta se abrió sola.
La habitación estaba vacía.
Solo había una vela roja encendida en el centro del suelo.
Y una caja de madera.
Adrián dejó de respirar.
Era idéntica a la que guardaba en su apartamento.
Exactamente igual.
Mismo tamaño.
Misma madera oscura.
Mismos nueve pequeños círculos grabados en la tapa.
Se acercó.
La caja estaba abierta.
Vacía.
Dentro había un pedazo de papel.
Adrián lo tomó.
Una sola frase.
LO QUE PROTEGÍAS YA NO ESTÁ CONTIGO.
El primer pensamiento de Adrián no fue miedo.
Fue su apartamento.
Salió del edificio sin correr.
Cruzó Qinghe bajo la lluvia.
Tomó un taxi dos calles más adelante.
Durante todo el trayecto no habló.
No miró el teléfono.
Solo observó los reflejos de la ciudad en la ventana.
Veintitrés minutos después llegó a su edificio.
Nada parecía diferente.
La entrada.
El pasillo.
Las cámaras de seguridad.
La señora del segundo piso había dejado nuevamente una bolsa de basura junto al ascensor.
Normal.
Demasiado normal.
Adrián subió por las escaleras.
Cuarto piso.
Apartamento 406.
La cerradura no mostraba daños.
Introdujo la llave.
Giró.
Entró.
No encendió la luz.
Dejó la puerta abierta detrás de él.
Esperó.
Silencio.
Activó el interruptor.
La sala estaba intacta.
La taza que había dejado en el fregadero.
Un libro sobre el sofá.
Dos plantas junto a la ventana.
Nada robado.
Nada movido.
Adrián caminó directamente hacia el dormitorio.
Apartó el armario.
Presionó dos puntos de la pared.
Un panel se liberó.
Detrás había una puerta estrecha.
La abrió.
La habitación oculta tenía menos de cuatro metros cuadrados.
No había joyas.
Ni dinero.
Ni armas.
Solo ocho velas negras colocadas en línea.
Un medallón de jade.
Una fotografía parcialmente quemada.
Un calendario.
Y una pequeña caja de madera.
Adrián se detuvo.
La caja estaba abierta.
Vacía.
Por primera vez aquella noche, su expresión cambió completamente.
Cruzó la habitación.
La tomó.
Nada.
Durante ocho años nunca la había abierto.
Ni una sola vez.
Había dormido a menos de cinco metros de ella cada noche.
Había cambiado de apartamento tres veces y siempre la llevaba personalmente.
No sabía qué contenía.
Solo sabía que debía abrirla cuando terminara el plazo.
Y ahora estaba vacía.
Adrián cerró lentamente los ojos.
Recordó la voz del hombre que se la entregó.
Su padre.
Ocho años antes.
La última noche que lo vio.
—Cuando llegue el momento, la caja te dirá quién eres.
Adrián había hecho una pregunta.
—¿Y si no quiero saberlo?
Su padre había sonreído.
Una sonrisa cansada.
—Entonces tendrás la suerte que ninguno de nosotros tuvo.
No volvió a verlo.
Adrián abrió los ojos.
Miró el calendario.
Solo quedaba un cuadro sin tachar.
La fecha de aquella noche.
Tomó el bolígrafo.
Trazó una línea.
Día 2,921.
Completado.
Su teléfono sonó.
Número oculto.
Adrián lo observó durante tres segundos.
Contestó.
—¿Quién habla?
Silencio.
Después llegó una voz de mujer.
Anciana.
Débil.
Pero firme.
—Han pasado ocho años, joven señor.
Adrián no se movió.
Conocía esa voz.
La había escuchado cientos de veces durante su infancia.
—Pensé que estaba muerta.
Una respiración lenta al otro lado.
—Muchos lo creen.
—¿Abuela Lin?
La mujer rio suavemente.
—Todavía recuerdas.
—¿Dónde está?
—Eso no importa.
—Importa para mí.
—Ya no tienes el lujo de preocuparte por mí.
Adrián apretó la caja vacía.
—¿Usted tomó lo que estaba aquí?
Silencio.
—No.
—Entonces dígame quién.
—No puedo.
—¿No puede o no quiere?
—Ambas.
Adrián caminó hacia la ventana.
Abajo, Lóngchéng continuaba viviendo como cualquier otra noche.
—¿Por qué me contacta ahora?
La anciana tardó unos segundos.
—Porque alguien abrió la Puerta de Jade.
Adrián se quedó inmóvil.
Las palabras parecieron hacer más frío el apartamento.
—Eso es imposible.
—Tú también deberías estar muerto.
—¿Quién la abrió?
—No lo sabemos.
—Entonces ciérrenla.
La anciana guardó silencio.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
—No puede cerrarse.
Por primera vez en muchos años, Adrián sintió que su corazón aceleraba.
—Explíquese.
—No por teléfono.
—Entonces dígame por qué desapareció el contenido de mi caja.
—Porque ya no era seguro dejarlo contigo.
Adrián soltó una risa breve, sin humor.
—Ocho años sin contacto. Ocho años obedeciendo sus reglas. Y ahora deciden que no es seguro dejarme algo que ni siquiera sé qué es.
—Nunca fueron nuestras reglas.
Adrián guardó silencio.
—¿Qué quiere decir?
La anciana no respondió directamente.
—¿Recuerdas tu nombre?
—¿Cuál de todos?
La mujer tardó un instante.
—Bien. Eso significa que todavía puedes pensar.
Adrián miró la fotografía quemada sobre la mesa.
En ella aparecían tres personas.
Una mujer.
Un niño.
Y la mitad de un hombre que había sido consumida por el fuego.
—Dígame qué está pasando.
La anciana suspiró.
—Hay alguien en la capital utilizando tu nombre.
Adrián no reaccionó.
—¿Qué nombre?
—Shen Yuchen.
Silencio.
—No puede.
—Lo hace.
—¿Desde cuándo?
La respuesta llegó de inmediato.
—Desde que tú desapareciste.
Adrián bajó lentamente la mirada.
—Ocho años.
—Ocho años.
—¿Quién es?
—El heredero de la Casa Shen.
Esta vez Adrián sonrió.
No había alegría en aquella sonrisa.
—Yo soy el heredero de la Casa Shen.
La anciana respondió con una frase que cambió por completo la noche.
—Por eso tenemos un problema.
Adrián no dijo nada.
—Mañana será reconocido oficialmente —continuó ella—. Las Nueve Casas han enviado representantes.
—¿Mañana?
—A medianoche.
Adrián miró su reloj.
23:57.
Tres minutos.
—¿Por qué esperaron ocho años?
La anciana respiró.
—Porque hoy termina el plazo.
—¿Mi plazo?
—No.
La palabra lo inquietó más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado aquella noche.
—¿Entonces de quién?
La línea quedó en silencio.
23:58.
Adrián miró las ocho velas negras.
Sin que nadie las tocara, la primera se encendió.
Luego la segunda.
Después la tercera.
Una tras otra.
Ocho pequeñas llamas iluminaron la habitación.
Adrián dio un paso atrás.
Aquello no podía ocurrir.
No sin...
Su respiración cambió.
La corriente cálida dentro de su cuerpo golpeó violentamente contra algo.
Una barrera invisible.
Como si una puerta cerrada en su interior acabara de recibir un impacto desde el otro lado.
Adrián llevó una mano al pecho.
La anciana habló.
—No intentes romper el sello.
—¿Qué hizo?
—Yo no hice nada.
23:59.
Una presión extraña llenó la habitación.
El medallón de jade comenzó a vibrar sobre la mesa.
Adrián lo tomó.
Estaba caliente.
Demasiado caliente.
Y entonces...
las luces se apagaron.
No solo en su apartamento.
Todo el edificio.
Adrián caminó hacia la ventana.
La avenida estaba oscura.
Los rascacielos del centro financiero.
Oscuros.
Los hoteles.
Oscuros.
Las torres residenciales.
Oscuras.
Durante unos segundos, Lóngchéng, una ciudad de más de veinte millones de habitantes, desapareció bajo la noche.
Luego algo comenzó a ocurrir en el Distrito Este.
Un farol rojo se encendió.
Después otro.
Después diez.
Cien.
Miles.
Desde su ventana, Adrián observó cómo aparecían luces sobre antiguos tejados, torres, templos y callejones.
No estaban distribuidas al azar.
Formaban líneas.
Círculos.
Una figura.
Nueve puntos alrededor de un espacio vacío.
El mismo símbolo del sobre.
Nueve estrellas.
Una corona ausente.
La anciana habló en un susurro.
—Ya empezó.
El reloj cambió.
00:00.
Adrián permaneció frente a la ventana.
Ocho años.
Dos mil novecientos veintiún días.
Habían terminado.
Pero no sintió libertad.
Sintió exactamente lo contrario.
Como si durante ocho años hubiera estado encerrado detrás de una puerta...
y alguien acabara de abrirla desde afuera.
La anciana dijo sus últimas palabras antes de cortar la llamada.
—Bienvenido de regreso, joven señor Shen.
La línea murió.
Adrián observó la ciudad.
A varios kilómetros de distancia, en uno de los tejados del viejo Lóngchéng, una figura vestida de negro levantó la cabeza.
Sus ojos se abrieron.
—Lo encontré.
Y debajo de la piel de Adrián...
la primera puerta tembló.